Caminaba calle abajo, la mochila al hombro. Los 500 pesos que le había dado Felipe seguían en su bolsillo delantero. Aún no los había gastado. Eran para el próximo jugo de Melisa.
De repente, dos sombras le cortaron el paso. Salieron de detrás de una guásima vieja. El más alto, camiseta negra sin mangas, brazos cruzados. Cristian lo reconoció: Yosvani. 19 años. Famoso por las peleas, y por haber salido con Melisa unos meses atrás.
Yosvani no sonreía. Tenía la mandíbula apretada.
-Oye, tú. El que anda detrás de Melisa -dijo Yosvani.
Cristian se detuvo. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero se mantuvo firme. No era de los que huían.
-No ando detrás de nadie. Somos amigos -dijo Cristian.
-¿Amigos? La vi ayer en la biblioteca contigo. Y en la fiesta de Dayán bailando. ¿Tú crees que soy comemierda? -preguntó Yosvani, dando un paso al frente.
El otro tipo, un flaco de camisa roja, se rió por lo bajo y bloqueó la salida. Entre la guásima y la pared de ladrillos, tenían a Cristian acorralado.
-Yosvani, si Melisa no quiere estar contigo, no es mi culpa -dijo Cristian.
-¿Ah, no? Pues te voy a enseñar lo que es hacer algo malo -dijo Yosvani.
Yosvani levantó el puño. Un golpe directo a la cara. Fue rápido. Pero Cristian, acostumbrado a cargar sacos y a manejar el carretón, tenía reflejos. Esquivó el golpe hacia la izquierda. El puño de Yosvani chocó contra la pared de ladrillos. Un gruñido de dolor, la mano ensangrentada.
-¡Te voy a romper! -dijo Yosvani.
Cristian sabía que no podía ganar una pelea contra dos. Soltó la mochila y agarró una piedra del suelo. No era grande, pero pesaba lo suficiente como para partir una cabeza.
-Escúchame, Yosvani. Esta piedra es más dura que tus puños. Si das un paso, te la estampo en la cara. No quiero pelear. Pero no me voy a dejar patear como un perro -dijo Cristian, la voz fría, la piedra en alto.
Yosvani se detuvo. El flaco se quedó quieto. No esperaban que Cristian respondiera con tanta dureza.
Entonces, un silbido desde la esquina. Era Yander, con su bicicleta y un bastón de madera en la mano.
-¡Oye, Yosvani! ¡Déjalo tranquilo, que ya voy a llamar al policía del barrio! -dijo Yander.
Yosvani miró a Yander, luego a la piedra en la mano de Cristian, y luego a su amigo. Una pelea con testigos era un problema. Escupió en el suelo y retrocedió.
-Esto no se acaba aquí, Cristian. Te voy a vigilar. Y si te vuelvo a ver con Melisa, la próxima vez no habrá piedras -dijo Yosvani.
Se fue calle abajo con su amigo. Cristian soltó la piedra. Las manos le temblaban, pero no de miedo; era adrenalina pura. Yander llegó a su lado.
-Asere, ¿estás bien? ¡Casi te revientan! -dijo Yander.
-Estoy bien -dijo Cristian.
-No te preocupes por él. Yosvani es un gallina. Cuando ve que le plantan cara, se achica. Pero ten cuidado. No es buena idea meterte en líos por una muchacha.
Cristian se secó el sudor. Tenía el codo raspado. Guardó su mochila. En la cabeza, le retumbaban las palabras de Alexander: "Eso no se compra. Eso se da estando aquí, al lado." Y estar al lado, pensó, también era esto.
Esa noche, llegó a casa con la camisa rota y el codo sangrando. Yadira lo vio y se alarmó.
-¡Ay, Cristian! ¿Te peleaste? -preguntó Yadira.
-No pasó nada. Un malentendido con un tipo del barrio de al lado -dijo Cristian.
Felipe, desde el corral, lo observó. Cuando Cristian pasó a su lado, Felipe alargó el brazo y lo detuvo.
-¿Ganaste? -preguntó Felipe.
Cristian se quedó quieto. Luego esbozó una media sonrisa.
-No empecé la pelea. Pero no me corrí -dijo Cristian.
Felipe soltó un gruñido, una especie de risa contenida, y volvió a sus arneses.
-Eso está bien. A veces, pararse firme es mejor que ganar -dijo Felipe.
Cristian subió a su cuarto. Se sentó en la cama y miró el codo. El dolor era real. Desde la cocina llegó la risa corta de Felipe, la que casi nadie le oía.
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