Ella ya estaba en la esquina de la bodega. Una "Rusita" vieja de color azul descolorido. Llevaba un short y una blusa de tirantes. El pelo recogido en una cola alta. Al verlo, sonrió.
-¿Listo para caminar por el río? -preguntó Melisa.
-Listo -dijo Cristian.
Pedalearon juntos. El sendero de tierra entre matorrales. Las bicicletas saltaban sobre raíces y piedras. Cristian sonreía al ver a Melisa reír mientras su vieja Rusita botaba.
Llegaron al río. Agua clara y fresca. Una poza grande rodeada de piedras lisas y negras. Árboles frondosos daban sombra. El lugar era un refugio.
Dejaron las bicicletas. Se quitaron las zapatillas y se sentaron en una roca grande. El agua corría. Un pájaro cantaba. Melisa metió los pies en el agua.
-Qué fresca está. Hacía falta esto -dijo Melisa.
-Sí. Después de la semana que pasé, es un baño de paz -dijo Cristian.
Ella sabía a lo que se refería. Yander le había contado lo de Yosvani.
-Cristian, lo de Yosvani... siento que hayas tenido que pasar por eso. Cuando yo corté con él, me juró que me iba a buscar. Es un loco -dijo Melisa.
-¿Por qué cortaste con él? -preguntó Cristian.
-Porque quería controlarme. Cuando le dije que quería estudiar medicina, se puso furioso. Dijo que las mujeres no debían irse tan lejos. Ahí entendí que no iba a ser mi pareja. Iba a ser mi carcelero -dijo Melisa, mirando el agua.
-No le tengas miedo. Si vuelve, me buscas a mí.
Melisa lo miró a los ojos. Por un momento, el mundo se redujo a aquella roca y al rumor del agua.
-¿Por qué eres tan diferente? Tú trabajas en un carretón, ayudas a tu madre, cocinas, y te plantas como un hombre -dijo Melisa.
-Porque mi papá está en Miami mandando dinero, pero no está aquí. Yo no quiero ser como él -dijo Cristian.
De repente, un perro callejero, flaco y marrón, se metió en el agua y bebió. Se sentó en la orilla y los miró.
-Mira. Hasta los perros saben que este es un buen lugar -dijo Melisa.
Cristian le tiró un mendrugo que llevaba en el bolsillo. El perro lo atrapó en el aire y se tumbó a la sombra.
-Vamos a cruzarlo -dijo Melisa.
Se levantó y empezó a saltar por las piedras. Estaba a medio camino cuando su pie resbaló en el musgo.
-¡Ay! -dijo Melisa.
Cristian reaccionó. Un salto desde la orilla, un brazo en su cintura, un tirón. Perdieron el equilibrio y cayeron juntos a la poza. Un gran chapoteo. El agua fría, cristalina. Salieron a la superficie, tosiendo y riendo.
-¡Casi me ahogo! ¡Y tú me arrastraste! -dijo Melisa, a carcajadas.
-¡No iba a dejar que te cayeras sola! -dijo Cristian.
Se quedaron en el agua, de pie, con el frío hasta la cintura. La risa se fue calmando. Cristian dio un paso. El agua susurró. Melisa dejó de reír.
-Melisa... en la fiesta dijiste que te gustaba la gente que se queda. Yo voy a quedarme. No solo por mi mamá. También porque quiero ver qué pasa contigo -dijo Cristian.
Ella se acercó un paso. El agua se movió. En medio del río, bajo el sol cubano y con un perro mirándolos desde la orilla, Cristian la besó. Fue un beso real. Un beso que no se compró con 4.000 pesos ni se ganó con una pelea. Fue de dos personas que habían elegido quedarse.
Cuando se separaron, ella sonrió, el agua en el pelo.
-Esto no significa que vaya a dejar de irme a La Habana -dijo Melisa.
-Ni yo voy a dejar de cocinar arroz con carbón. Pero mientras tanto... compartimos el río -dijo Cristian.
Subieron a la orilla. Se secaron con las camisetas. El perro se tumbó entre ellos.
Esa tarde, regresaron al pueblo mojados y felices. En la tienda, Cristian sacó los 500 pesos de su bolsillo y compró dos jugos en bolsa.
-Pensé que ibas a invitar con el dinero de tu papá -dijo Melisa.
-Mi papá me manda 4.000 a la semana, pero no toco ese dinero. Esto lo gané yo. Los 4.000 de mi papá duermen en el cajón. Este jugo es mío -dijo Cristian.
Melisa pinchó la boquilla y bebió.
-Es el jugo más rico que he tomado -dijo Melisa.
-Espera a que gane más y te invite un pastelito -dijo Cristian.
-Mejor guarda para el carretón.
Se rieron y se separaron. Él se quedó mirándola hasta que la Rusita azul se perdió detrás de los almendros.
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