Publicado en Plumagrafito — 03-11-2026 18:19 · 1 min de lectura
En Montfloreal, hacia 1898, Leonor Vidal aprendió que el amor moderno también tenía sus rituales. Su pretendiente, el joven poeta Ramiro Solís, no se atrevía a hablarle frente a frente: le enviaba versos doblados dentro de un pañuelo bordado, entregados por la doncella de la casa, quien fingía no saber nada. El noviazgo, en esa época, era una silenciosa coreografía. Las visitas ocurrían los jueves, siempre con la madre presente, bordando junto a la ventana como testigo obligado. Ramiro llegaba con su melancolía de moda, citando a los poetas que nadie más en el pueblo había leído, y Leonor aprendía a responder con miradas breves, porque una sonrisa demasiado larga podía arruinar su reputación. El abanico se convirtió en su idioma secreto: abierto despacio significaba esperanza; cerrado de golpe, prudencia. Nadie enseñaba esas reglas, y sin embargo todas las jóvenes las conocían.
Cuando por fin Ramiro pidió su mano, no lo hizo con palabras propias, sino recitando un poema que Leonor ya había memorizado semanas antes, robado en secreto de su cuaderno.
Así se amaba con máscaras, papel y una timidez disfrazada de elegancia.
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