Lectura

El nombre que dejó atrás

Por Delphina · Uruguay · Drama

El nombre que dejó atrás
Elisa se sentó a la mesa, como cada día, alrededor de las doce. El comedor comenzaba a llenarse de estudiantes ruidosos que llegaban en pequeños grupos, arrastrando mochilas y conversaciones interminables. Ella prefería la mesa del rincón, junto al ventanal. Allí podía acomodar sus carpetas, ordenar sus pensamientos e intentar que el bullicio no interrumpiera demasiado su tranquilidad.
El menú siempre era sencillo, pero muy rico.
-¡Buen día, profesora! Hoy tenemos pollo al horno con vegetales. Sé que es uno de sus favoritos -la saludó el encargado, con una sonrisa.
Elisa correspondió el gesto.
-Entonces hoy es un buen día -respondió.
Disfrutaba de aquella hora de almuerzo. Era una pequeña pausa en medio de sus jornadas de clases, trabajos por corregir y reuniones académicas.
Algunos alumnos la saludaban al pasar. Otros se acercaban para hacerle alguna consulta. Ella siempre tenía una palabra amable, aunque no era demasiado conversadora.
Llevaba el cabello recogido en un rodete desprolijo. Algunos mechones escapaban alrededor de su rostro. Ahora era de color ceniza, muy distinto al castaño oscuro que había tenido años atrás. Usaba unas gafas grandes para leer y parecía llevar encima un sinfín de lapiceros, como si cada uno tuviera una tarea diferente.
Miró por el ventanal, el día estaba gris y algunas gotas de lluvia comenzaban a deslizarse por el cristal.
Era su cumpleaños número treinta.
Sin embargo, si alguien intentaba adivinar su edad, seguramente diría que tenía cincuenta. Había aprendido a disimularse. A esconderse detrás de una apariencia que no le pertenecía. A modificar pequeños detalles de sí misma hasta convertirse en alguien difícil de reconocer.
Se sentía segura en aquel pueblo. Llevaba cinco años viviendo allí. Tenía un trabajo, una casa pequeña, algunos amigos y una rutina que le daba cierta paz.
Pero nunca dejaba de mirar sobre su hombro. El pasado siempre nos alcanza, decían por ahí.
Ella rogaba con todas sus fuerzas que no fuera así.
Se había casado muy joven.
Tenía apenas veinte años cuando conoció a Luis, un hombre unos años mayor que ella, seguro de sí mismo, atento y encantador durante los primeros meses.
Al principio confundió sus celos con amor. Sus preguntas constantes con preocupación. Sus prohibiciones con una forma de protegerla.
Pero después llegaron los insultos, las discusiones por cualquier cosa y no tardaron los golpes.
Siempre llegaban las disculpas con flores y bombones.
Luis siempre encontraba una explicación. Ella siempre encontraba una razón para perdonarlo.
Dejó de visitar a sus amigas, de hablar con su familia, de vestirse como le gustaba.
Aprendió a reconocer el sonido de sus pasos, el modo en que cerraba una puerta y hasta el silencio que precedía a una tormenta.
Vivía pendiente de no equivocarse.
Una noche, después de una discusión especialmente violenta, se miró al espejo del baño. Tenía el labio partido y un pequeño corte sobre la ceja. El ojo negro y el cuerpo dolorido. Se quedó observando su reflejo durante varios minutos.
No reconoció a la mujer que tenía delante.
Por primera vez se hizo una pregunta que cambiaría su vida:
¿Voy a vivir así para siempre?
La respuesta llegó unos días después, cuando una amiga consiguió visitarla a escondidas.
Mariana no hizo demasiadas preguntas. La abrazó y lloró con ella. Luego, junto a su esposo, comenzó a organizar una salida.
No fue tarea fácil. Hubo miedo, dudas y noches enteras sin dormir. Pero una madrugada de abril, mientras Luis estaba fuera de casa, Elisa salió con una pequeña valija, algunos documentos y el dinero que había conseguido guardar.
No se llevó fotografías. Tampoco recuerdos.
Sus amigos la ayudaron a llegar a un pueblo distante, donde nadie conocía su historia. Allí comenzó de nuevo. Cambió su nombre, su aspecto y hasta la forma de presentarse ante los demás.
Elisa era su nuevo nombre ya no era Laura.
Se tiñó el cabello, modificó su estilo de vestir y aprendió a no dar demasiadas explicaciones sobre su pasado.
Durante los primeros meses dormía poco. Cualquier ruido la sobresaltaba. Si un automóvil reducía la velocidad frente a su casa, apagaba las luces y se escondía detrás de las cortinas.
Con el tiempo consiguió trabajo en una institución educativa. Descubrió que enseñar le gustaba y que sus alumnos le devolvían, sin saberlo, algunas ganas de vivir.
Pero había heridas que no desaparecían simplemente porque una se mudara de ciudad.
-¡Profesora Elisa!
La voz de una alumna la devolvió al presente.
-¡Feliz cumpleaños! Nos enteramos en la sala de profesores.
La joven dejó sobre la mesa una pequeña caja envuelta en papel celeste.
-Es algo sencillo. Espero que le guste.
Elisa sintió que algo se le apretaba en el pecho.
-¡Muchas gracias, querida! No tenías que molestarte.
-No es molestia. Usted siempre se acuerda de nuestros cumpleaños.
La muchacha sonrió y regresó con sus compañeras.
Elisa abrió el pequeño paquete. Era una taza blanca con flores azules y una frase escrita en letras delicadas:
"Nunca es tarde para volver a empezar"
Una lágrima cayó sobre la mesa.
Hacía cinco años que había dejado atrás a Luis. Cinco años sin escuchar su voz, sin recibir sus amenazas, sin tener que justificar cada movimiento.
Pero todavía vivía como si él pudiera aparecer en cualquier momento.
Sacó el teléfono del bolso. Tenía un mensaje de Mariana.
"Feliz cumpleaños, amiga. ¿Cómo estás? Espero que hoy puedas sonreír sin miedo. Te quiero mucho".
Elisa escribió una respuesta, pero se detuvo antes de enviarla.
Miró nuevamente por el ventanal. La lluvia había aumentado y los estudiantes corrían para no mojarse.
Por un instante pensó en aquella muchacha de veinte años que había salido de su casa con una valija y el corazón destrozado.
Le hubiera gustado abrazarla. Decirle que no había sido su culpa. Que no merecía ninguno de aquellos golpes. Que el amor no debía doler de esa manera.
Y que algún día volvería a reír.
Se quitó las gafas, se secó las lágrimas y escribió:
"Estoy bien, Mariana. Hoy cumplo treinta años y creo que, por primera vez, voy a celebrarlos de verdad".
Envió el mensaje mientras sonreía.
No sabía si Luis algún día aparecería. Tampoco podía asegurar que el miedo desapareciera por completo.
Pero aquella tarde, al salir del restaurante ,no miró sobre su hombro.
Quizás el pasado siempre nos alcanza, pensó.
Pero también comprendió algo que nadie le había enseñado:
El pasado podía contar su historia, pero ya no tenía derecho a escribir su futuro.
Elisa, por fin, estaba aprendiendo a vivir el suyo.

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