Casi una niña con enorme ilusión,
era como tocar estrellas con los dedos,
Quería zarpar en ese barco,
pero no sabía por qué tal, vehemencia.
Alborozo en el alma de la joven,
que no lograba entender,
suspiraba a solas,
sonreía a la inocencia del deseo.
Siendo mujer, el deseo era ansiedad.
La loba cuidando a Rómulo y Remo,
jamás pudo atrapar los luceros,
ocupada,
cultivaba el amor en tres porciones.
Etapa inolvidable en su grandeza,
esperanzas cubiertas de paciencia,
un lugar en el pecho reservado,
y se hace realidad en época dorada.
Y al final, cuando la nieve tejía,
escarchas en su pelo,
pudo abordar el barco de sus sueños,
siempre supo que allí se escondían,
todos los sentidos que la rutina,
adormecía.
Olió la brisa suave que acariciaba su cuerpo,
acarició las mansas y fuertes olas,
como cuna en vaivén se adormecía.
Muy a lo lejos saboreo el olor,
a Cumaná y su salitre fresco.
Escuchó el graznido de alcatraces al sacar,
su presa fresca.
Aurora y ocaso hacían de la piel un erizo,
los ojos una vigilia permanente,
y en el fondo una tonada en sinfonía.
Miró como el mar se hacía infinito,
y la vida tan solo un instante de dulce miel,
si el corazón abrazaba los sentidos,
bien despiertos.
Al bajarse la mujer del barco amado,
exclamó con éxtasis cumplido,
que desde joven ese barco era suyo,
y su nombre por siempre había sido:
¡Despertar de los sentidos!
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