El príncipe duerme exhausto y feliz
luego de una noche nupcial,
su rostro níveo alumbra el cielo gris
y sueña con su caza virtual.
La calurosa estación lo despierta
y baña su cuerpo en fría agua para calmar
lo sofocante del clima y del instinto
que siempre el príncipe busca saciar.
Llama, bizarro, a jugar a la doncella
y ella accede diligente y dichosa
ante el privilegio que él la desee
en vez de una anglosajona mosa.
Terminado el verborreo ingente y procaz
ella vuela, anhela y él duerme normal.
Al siguiente día, la boba espera y empieza a llorar,
en tanto el príncipe goza de una mundana superficial.
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