Hay silencios
que no duelen por lo que callan,
sino por lo que esperábamos escuchar de vuelta.
Lanzamos palabras,
gestos,
afectos,
como quien arroja una piedra al agua
confiando en que las ondas regresarán
para confirmar que alguien estaba allí.
Pero a veces no ocurre.
A veces hablamos
y el eco no regresa.
No porque nuestras palabras
carezcan de valor,
sino porque ciertas montañas
ya no saben devolver sonido,
ciertos corazones
han cerrado sus cavernas,
o ciertos caminos
simplemente terminan
donde nosotros aún imaginábamos continuidad.
Entonces comprendemos
que la ausencia de respuesta
también responde.
Que no todo amor es correspondencia.
Que no toda espera encuentra regreso.
Que no todo llamado recibe un nombre.
Y, sin embargo,
el eco que no vuelve
nos deja una enseñanza inesperada:
aprender a escuchar
nuestra propia voz.
Descubrir que algunas palabras
no fueron enviadas para volver,
sino para liberarnos de seguir cargándolas.
Porque llega un momento
en que dejamos de esperar
que el valle nos responda
y seguimos caminando.
No hacia el eco.
Hacia nosotros mismos.
© YGC 2026
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