Lectura

El Amuleto Rojo

Por Elder J. Ríos · Venezuela · Poesía

El Amuleto Rojo
Entre las olas fluctuando en el mar
danzan las Merrows de piel aceituna,
curiosos secretos han de guardar,
entre ellas, todas mirando a la luna.
Y en bajas mareas se ven como algas,
sus caballeras color esmeralda,
coqueterías que buscan que salgas,
y en su cabeza poner la guirnalda.
Así esperanzadas tejiendo flores,
bajo el agua, aguardan a marineros,
desean declararles sus amores,
para escapar ya de sus pares fieros.
Un día, de joven, vi una doncella,
acicalándose su cabellera,
me pareció que era mujer muy bella,
la vi sentada allí por vez primera.
Muy verde era su piel o su vestido
y llevaba un sombrero carmesí
llegarme hasta ella yo hubiera querido.
¡Ay! Pero ella se fue en cuanto la vi.
Pasaron días o quizás semanas,
y recordaba aún a esa figura,
me dije: ¡bah! ¡son fantasías vanas!
¿En lejana isla una bella criatura?
Otro día en un gran convite vi,
a una extraña mujer de gran belleza,

que llevaba un sombrero carmesí,
¿O más bien era de un color cereza?
De grandes ojos negros almendrados,
bien dispuestos en su rostro cetrino
de gestos y ademanes educados,
de esbelta figura y de un perfil fino.
la observaba con mirada discreta,
y ella, gentilmente me sonreía,
no sospechaba su gracia secreta,
y así me acerqué a ella con gallardía.
Minuetos valses y hasta una pavana,
bailamos juntos en aquella sala,
y dancé con ella hasta la mañana,
mas, ella un profundo suspiro exhala.
Rápido tomó su rojo sombrero,
y corriendo se fue hasta las playas,
corrí detrás de ella con mucho esmero,
para decirle ¡Espera no te vayas!
En el mar ya se había sumergido,
pensé era capricho, locura inquieta,
pero no supe dónde se había ido;
solo vi un gran pez que sacó una aleta.
Un día en la iglesia la volví a ver.
Era ella con su sombrero cereza,
el misal ya no podía leer,
cautivado por su extraña belleza.
Ella, por su parte, muy sonrojada,
con un sutil soslayo me veía,
con cándida sonrisa en la mirada,
Yo, notándolo, también sonreía.
¡Por fin! Terminó aquella larga misa,
y quedamos solos los dos amantes,
ambos esbozamos una sonrisa,
aunque estábamos un tanto distantes.
Ambos reunidos en el presbiterio,
nos dimos solo un saludo sonriente,
mas, la mirada encerraba un misterio,
que en nuestro corazón era evidente.
La lengua pude atar al corazón,
y balbucear un tenue: "Me encantas",
cerramos los ojos con gran pasión,
y hubo muda unión entre cosas santas.
Así un adiós se selló en ese beso,
una vez más, ella corrió muy urgida,
huía así de su corazón confeso,
olvidando el sombrero en su partida.
Regresé meditabundo a la banca,
y guardé el sombrero como un tesoro,
amuleto rojo con pluma blanca,
me llevaría a su corazón de oro.
Recordé la playa hasta allá mis pasos
llegaron, pues, verla era mi esperanza,
ya quería tenerla entre mis brazos,
para amarnos en una sola danza.
Y allí estaba ella tan palidecida,
llorando de ¿amor o desesperanza?
con triste semblante y un tanto aturdida,
rápido a mi corazón se abalanza.
Ella entre mis brazos se estremecía,
alzó su azul mirar triste y lloroso,
y con sus dulces labios me decía,
a media voz en aquel mar brumoso:
¡Amor! ¿puedo yo quedarme contigo?
con tal demanda quedé confundido,
solo la cobijé bajo mi abrigo,
pensé que el corazón tenía herido.
Una vez en mi casa ¿de dónde eres?
así le pregunté muy respetuoso,
con el raro ademán de las mujeres,
enmudecía con rostro medroso.
Al fin dijo ella: "¡No tengo adónde ir!
Pero dime: ¿es que acaso no me quieres?"
yo ahora no sabía qué decir
mas se quedó allí muchos amaneceres.
Junto a ella desde aquel hermoso día,
vivimos vida de tiernos amores,
mi corazón rebosaba alegría,
pero en el de ella vivían dolores.
¡Ay! Dolores que yo no comprendía
Tenían sabor a amarga añoranza,
la mar en lágrimas siempre veía,
en tistes ocasos en lontananza.
Toda oscura noche y diáfano día,
ella sollozaba muy silenciosa,
de risa risueña a mirada sombría,
como clavel triste o marchita rosa.
Tal era ahora su mustia figura,
poco soñaba, muy poco dormía,
y el amor que le ofrecía, no era cura,
de su doliente y gran melancolía.
Traté de regar esa flor marchita,
con nuestros dulces recuerdos de antaño,
recordé, a la joven bella y exquisita,
que siempre llevaba un sombrero extraño.
Fui a buscarlo en mis tesoros guardados,
ahí estaba aquel sombrero cereza
con la historia de dos enamorados,
que es el marco ideal de su belleza.
Cuando me vio llegar con el sombrero,
esbozó blanca sonrisa de perla,
y en su mirar la chispa de un lucero,
su alegría fue la mía al verla.
como al rostro volvían los colores,
y en un destello miró al horizonte,
quizás ¿recordando nuestros amores?
¡Amuleto haz que la pasión remonte!
Fue así cumplido mi ingenuo deseo,
tierno amor y melancolía, alba y bruna,
manantial de besos como el leteo,
apasionado hechizo bajo la luna,
un polvo de estrellas en alas de hadas,
rociaba la alcoba en sonoras risas;
un lento vals de almas enamoradas,
bailamos la noche entera sin prisas.
Y entre esa música de risa alada,
suspira el hada, y rendido al deseo,
desperté en medio de gris alborada,
Amor ahuyentó el traidor Morfeo.
Se dice que el Sueño alivia dolores,
pero también es un vil traicionero,
su naturaleza disipa amores,
se fue con el alba la que más quiero,
la hermosa dama, belleza de flores,
no estaba ella ni su raro sombrero,
mi corazón palpitó hondos clamores,
lamento herido de un amor postrero.
Mi vida ahora apagó sus colores,
a ella en la playa por siempre la espero,
lloré al ocaso amargos sinsabores...
¡Ay desdichado! ¡De nuevo soltero!
Pasaron meses, quizás varios años,
y aún esperando en el horizonte,
para ver sus grandes ojos castaños,
¡Quizás el dolor, mi corazón no afronte!
Lo ha carcomido la desesperanza,
por no ver a la dama del sombrero,
y es que ella solo vive en mi añoranza,
creo fue sueño y aún la espero.
Dejaré ya de mi barco el timón,
no volveré ya a esta nublada playa,
y perdido como mi corazón,
a un mar de llantos ¡No sé adónde vaya!
En mar de lágrimas a la deriva,
en cubierta iba descorazonado,
morir esperaba en ola nociva,
toda esperanza había abandonado.
De pronto, a estribor algo raro vi,
entre sinuosas aguas un gran pez,
cola aguamarina y era carmesí
su cabeza, mas, por su rapidez,
nada de aquel pez pude distinguir,
más adelante, en un risco cercano,
mujeril figura allí vi salir...
¿De aguas profundas del océano?
Y muy asombrado por esa mujer,
que salida del agua parecía,
llegué hasta el risco donde la creí ver,
mas, al verme, a la mar retornaría.
una vez había desembarcado,
llegué a la roca do la vi primero,
nada vi, tan solo el suelo marcado;
miré a la playa y allí vi su sombrero,
iba flotando entre suave oleaje...
¡Sombrero! ¿Su sombrero? ¡Qué alegría!
En torno vi del gran pez su celaje
y una mano el sombrero tomaría.
Era una verde mano palmeada,
la que tomó aquel amado sombrero,
¿aquello era un pez o un hada encantada?
¿una ninfa del mar de nadar ligero?
Tomé el bote y fui tras esa criatura;
no vi nada más, me paré en el piélago.
Pensé así: "¡Esto es verdadera locura!"
Yo aquí en estas aguas profundas ¿Qué hago?
Ya regresaba de nuevo a la rada,
con mi antigua nostalgia y tristeza,
y de súbito emergió una ninfa o hada,
parecía mi amada en rostro y belleza.
Salvo su rara piel verde escamada,
era igual a ella, y fijo me veía;
con señas de su mano palmeada,
que yo llegara hasta ella me decía.
Dudé un poco por algunos instantes,
si lanzarme a tal encuentro debía,
algo me dijo que era mi amor de antes,
y así fue que me lancé al agua fría.
Quizás en ello hallaría mi muerte
¿Mas, no era eso lo que acaso quería?
Y así es dulce morir con solo verte,
reflejada en un monstruo que amaría.

Valoración: 0.0/5 (0 votos)

Comentarios

Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.