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Testigos

Por Liyanet Caraballo Ulloa · Cuba · Historia real

Testigos
Escribí Despedida en un año donde la muerte me miraba desde todas partes. Doce cartas. Doce personas al borde del abismo, escribiendo lo que nunca iban a poder decir. Fue un libro de adioses. De despedidas que no se dicen en voz alta sino en el papel, donde las palabras pesan más porque saben que no van a llegar a tiempo.
Terminé ese libro y pensé que había dicho todo lo que tenía que decir. Que el dolor, por una vez, se había quedado quieto en las páginas y no me pedía más.
Pero el dolor no se queda quieto. El dolor cambia de cara.
Un día, en el municipio donde trabajo, en Aguada de Pasajeros, escuché a un hombre contar su historia. Un hombre que había dejado de beber después de veinte años. No hablaba de su sufrimiento. Hablaba del de los demás. De su hija, que ya no lo miraba. De su mujer, que había aprendido a dormir con un ojo abierto. De su madre, que le había dicho: "Prefiero que estés muerto a que estés borracho."
Ese hombre no era el centro de su propia historia. Eran los testigos.
Y entonces entendí que el alcoholismo no es una historia de uno. Es una historia de muchos. De los que beben y de los que miran. De los que caen y de los que los levantan. De los que se van y de los que se quedan mirando la puerta que se cierra.
Así nació Testigos.
No es un libro moral. No es un manual de advertencia. Es un libro de voces. Doce voces. Doce alcohólicos que cuentan su historia desde adentro, desde la mentira que se dicen a sí mismos, desde el olvido que les permite seguir bebiendo. No son villanos. Son personas rotas que rompen a otros.
Cada cuento está anclado en un objeto cotidiano. Una bicicleta sin cadena. Una cortina de sábana. Un quinqué vacío. Porque en la pobreza, las cosas hablan. Porque en Cuba, donde las casas no tienen puertas y los colchones están en el suelo, el daño no se puede esconder. Está ahí, a la vista de todos.
Como instructora de artes plásticas, sé que la imagen más poderosa no es la más nítida, sino la que se desdibuja. La que el agua corre y la memoria borra. Por eso este libro no es un retrato fijo. Es una aguada. Un pigmento que se extiende, que se mancha, que se pierde en el borde del papel. Como la memoria de los que beben. Como el dolor de los que miran.
Despedida fue el adiós. Testigos es lo que queda después.
Los que se quedan viendo.
Los que no pueden olvidar.
Los testigos.
Liyanet Caraballo Ulloa (La Aurora)
Aguada de Pasajeros, Cienfuegos, Cuba
2026

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