Pero la cadena no se rompió sola. Yo la corté. Esa noche no la recuerdo bien, pero recuerdo el alicate en mi mano. Recuerdo la bicicleta en el suelo. Recuerdo haber pensado: "Si no sirve, no se la roban." Y al día siguiente, cuando mi hijo preguntó qué pasó, dije que no sabía.
El sol entraba por la ventana de tela clavada con tachuelas. La puerta de madera, con bisagras oxidadas, se abría con un gemido que despertaba al perro de la vecina. Eran las tres de la tarde. Mi hijo había vuelto de la escuela. No había corriente. No había comida. Solo la botella en la mesa.
-¿Por qué no arreglaste la bicicleta? -preguntó, desde el colchón, sin mirarme.
-No tengo dinero.
-Tuviste para la botella.
-La botella es otra cosa.
-¿Qué cosa?
-No sé. Pero es otra.
-La bicicleta era para llevar comida.
-No hay comida.
-La había, antes.
-Antes no bebías.
-Antes no había nada. Ahora tengo esto.
-Esto no es nada, papá. Es una botella.
Y entonces él se levantó. Caminó hasta la bicicleta. La tocó. La cadena rota colgando.
-Yo sé que fue la vecina -dijo, con la voz tensa.
-¿Qué vecina? -pregunté, confundido.
-La que siempre se queja de la música. La que llamó a la policía la otra noche.
-No pongo música.
-La pones. Fuerte. Hasta que ella se cansa y llama a la patrulla.
-No me acuerdo.
-Yo sí. Y la vi. La vi con un alicate en la mano, esa noche. Ella rompió la bicicleta.
-¿Por qué iba a hacer eso?
-Porque te odia. Porque odia la música. Porque odia que bebas. Porque odia todo de ti. Y yo... yo también.
-¿Tú también me odias?
Se quedó callado un momento. Me miró a los ojos.
-Tú eres mi padre. Pero a veces no sé quién eres.
Y entonces él se fue. Salió caminando. Sin bicicleta. Sin cadena. Sin nada.
Yo me quedé en la silla. La botella en la mano. La bicicleta rota en la pared. El perro de la vecina ladró. Y yo, en el silencio, supe que mi hijo no volvería. No porque no tuviera bicicleta. Sino porque yo, con mis propias manos, la había roto. Y con ella, la única posibilidad de que él saliera de aquí. La única posibilidad de que no fuera como yo.
Hijo: Yo sé que tú me odias. Yo sé que quieres culpar a la vecina. Pero la vecina no rompió la bicicleta. La rompí yo. Yo, con mis manos. Con el alicate. Para que no te fueras. Para que no llevaras comida a tu abuela. Para que no pudieras hacer nada sin mí. Pero no te lo voy a decir. Prefiero que odies a la vecina. Prefiero que me odies a mí. Prefiero el silencio.
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