Lectura

La cortina de sábana

Por Liyanet Caraballo Ulloa · Cuba · Historia real

La cortina de sábana
La cortina colgaba de un alambre que mi mujer había tendido de una pared a otra. No era una puerta. Era una sábana vieja, desteñida, con un agujero en el centro por donde se colaba la luz de la vela.
Detrás, mi mujer y mis dos hijos. Adelante, yo. Esa era la división. Los que dormían en el colchón grande y el que dormía en el catre, al otro lado. La puerta de madera contrachapada, con un hueco en la parte baja. La ventana sin marco, solo un hueco en la pared. El piso de tierra apisonada. La cortina era lo único que nos separaba. Y ni siquiera eso funcionaba.
Eran las siete de la mañana. El sol ya quemaba. Yo ya llevaba una hora bebiendo. Mi mujer se levantó del colchón. Caminó hasta la cortina. La movió con un gesto cansado.
-Los niños van a la escuela -dijo, sin mirarme.
-¿Y qué? -pregunté, con la voz ronca.
-Y tú vas a la calle. A buscar trabajo.
-No hay trabajo.
-Sí hay. Donde sea. En la obra, en el mercado, en la casa de la vecina. Donde sea.
-No hay.
-Tú no sabes.
-Sí sé. Sé que te sientas aquí todos los días con esa botella. Que te quedas viendo la cortina como si fuera a moverse sola. Y mientras tanto, los niños se van sin desayunar.
-No es mi culpa.
-¿De quién es, entonces?
-De la vida. De la mala suerte. De todo menos de mí.
-Eso dices siempre.
-Porque siempre es igual.
-No, no es igual. Cada día es peor. Cada día te levantas más temprano para beber. Cada día llegas más tarde. Cada día...
Se detuvo. No terminó la frase. No hacía falta. Yo sabía lo que iba a decir.
-¿Qué? -pregunté-. ¿Cada día qué?
-Cada día te pareces más a él.
-¿A quién?
-A tu padre.
Esa palabra me golpeó más fuerte que cualquier puño. Mi padre. El que bebía hasta caerse. El que nos dejó en la calle. El que nunca volvió.
-No me compares con él.
-No te comparo. Solo digo lo que veo.
-No ves nada.
-Veo que la cortina está rota.
-Está bien.
-Tiene un agujero. Y cada día es más grande.
-¿Y qué quieres que haga?
-Que la arregles. Que arregles algo. Cualquier cosa.
-No sé arreglar cortinas.
-Sí sabes. Lo que pasa es que no quieres.
-No quiero, entonces.
-¿Y qué quieres?
-Quiero que me dejes en paz.
-Eso no puedo. Porque cuando te dejo en paz, te quedas solo con la botella. Y la botella no te va a arreglar la cortina.
Mujer: Yo sé que la cortina está rota. Yo sé que el agujero se hace más grande cada día. Pero no es la cortina lo que se rompe. Soy yo. Soy yo la que se deshace cada vez que te veo beber. La que se deshace cada vez que los niños preguntan por ti. La que se deshace cada vez que me doy cuenta de que tú ya no ves la cortina. Solo ves la botella. Yo no te pido que arregles la cortina. Te pido que me veas a mí. Que veas a tus hijos. Que veas que todavía estamos aquí. Pero tú no ves. No ves nada.
-Voy a la calle -dije, levantándome.
-¿Cuándo?
-Ahora.
-¿Ahora? ¿Con la botella en la mano?
-¿Qué quieres, que la deje?
-Sí.
-No puedo.
-Puedes.
-No puedo. Si la dejo, no vuelvo.
-Si la llevas, tampoco vuelves.
-¿Qué quieres decir?
-Lo que oyes. Si te vas con la botella, no vuelvas. Porque cuando vuelves, no eres tú. Eres otro. Y ese otro me da miedo.
-¿Te doy miedo?
-A veces. Cuando llegas borracho y no sabes quién soy. Cuando me miras como si fuera una desconocida. Cuando le hablas a la cortina como si yo no estuviera.
-No hago eso.
-Sí. Lo haces. La semana pasada, cuando llegaste, te pusiste a hablarle a la cortina. Le pediste que te dejara pasar. Le dijiste que eras su hombre.
-Yo no recuerdo eso.
-Claro que no. Tú nunca recuerdas. Pero yo sí. Y los niños lo ven. Y yo lo veo. Y la cortina lo ve.
-La cortina no ve nada.
-La cortina ve todo. La cortina es lo único que nos separa. Y cuando tú bebes, la cortina se vuelve más delgada. Hasta que un día, va a desaparecer. Y cuando desaparezca, ya no va a haber nada entre nosotros. Nada que te detenga.
-¿Detenerme de qué?
-De lo que sea que quieras hacer.
-No voy a hacer nada.
-Eso dices siempre.
Me quedé callado. La botella en la mano. La cortina al frente. Mi mujer al otro lado.
-Voy a la calle -dije otra vez.
-Sin la botella.
-No puedo.
-Puedes.
-No puedo.
-Puedes, carajo.
Y entonces ella la agarró. No sé cómo. No recuerdo. Pero la botella ya no estaba en mi mano. Estaba en la suya. Y la puso en el piso, al lado de la cortina.
-Vete sin botella -dijo.
-Me voy.
-Vete.
-Me voy.
-Vete, carajo.
Y salí. La puerta de madera contrachapada. El hueco en la parte baja. La ventana sin marco. El sol. Caminé hasta la esquina. El perro de la vecina ladró. Y yo, sin botella, sin nada, supe que no iba a volver. No porque no quisiera. Sino porque ella, sin decirlo, ya había decidido que la cortina no se iba a correr. Nunca más.

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