Lectura

La nevera abierta

Por Liyanet Caraballo Ulloa · Cuba · Historia real

La nevera abierta
La nevera estaba abierta. No porque alguien la hubiera dejado así, sino porque no había corriente desde hacía tres días y yo decía que si la cerraba, el olor a podrido se quedaba dentro. La puerta de tablones de madera, con su candado roto. La ventana alta, con rejas de madera podrida. El piso de tierra, con un pedazo de cemento quebrado en el centro.
Pero la nevera no estaba vacía. Yo la había llenado. Con el dinero de la venta de la moto. La moto que mi hermano me había regalado. La que yo vendí sin decirle.
Dentro de la nevera, arroz, frijoles, huevos, leche. Comida para una semana. Comida para mis hijos. Y yo, sentada en la única silla, con la botella de aguardiente en la mano, la miraba.
Mis hijos llegaron de la escuela. El mayor, de nueve años. La niña, de seis.
-Mami, ¿hay comida? -preguntó la niña, con los ojos brillantes.
-Sí, mi amor. En la nevera.
-¿En serio?
-En serio. Abre y mira.
La niña abrió la nevera. Se quedó quieta, mirando. El mayor se acercó, desconfiado.
-¿Cómo compraste esto? -preguntó, con la voz tensa.
-Vendí la moto de tu tío.
-¿La moto que te regaló?
-Sí.
-¿Y él sabe?
-Todavía no.
-¿Y no le vas a decir?
-Todavía no.
-Mami, eso no está bien. Tío te dio la moto para que pudieras trabajar.
-Lo sé.
-Y tú la vendiste.
-Lo sé.
-Sin decirle.
-Lo sé.
-Mami, eso no está bien.
-Lo sé. Pero ustedes tenían hambre. Y yo no podía verlos así. Tío no vive aquí. Tío no tiene hijos que se duermen sin comer. Tío puede esperar. Ustedes, no.
-Pero tío se va a enojar.
-Que se enoje. Yo soy su hermana. Y soy su madre. Y tuve que elegir.
-¿Elegir entre qué?
-Entre la moto y ustedes. Y elegí ustedes.
El mayor se quedó callado. La niña seguía mirando la nevera.
-¿Podemos comer? -preguntó.
-Sí. Claro que sí.
Cociné. Comieron. Yo no. Yo me quedé en la silla. Con la botella. Con el olor a comida que no probaba.
Hijos: Ustedes no saben lo que es tener que elegir entre la vergüenza y el hambre. Entre la lealtad a mi hermano y la vida de ustedes. Yo sé que hice mal. Pero no me arrepiento. Me arrepiento de tener que hacerlo. Me arrepiento de que la nevera esté llena solo porque vendí algo que no era mío. Me arrepiento de que ustedes tengan que verme así. Pero no me arrepiento de haberlos alimentado. Eso nunca.
Al día siguiente, mi hermano llegó. No llamó. No avisó. Llegó.
-¿Dónde está la moto? -preguntó, desde la puerta.
-La vendí.
-¿Qué? ¿Para qué?
-Para comprar comida.
-¿Comida?
-Sí. Para mis hijos. Para que comieran algo más que arroz con sal.
-¿Y por qué no me pediste?
-Porque sabía que ibas a decir que no.
-¿Cómo sabes?
-Porque siempre dices que no. Porque siempre estás ocupado. Porque siempre tienes algo mejor que hacer que preocuparte por nosotros.
-No es verdad.
-Sí es verdad, hermano. Cuando mamá se enfermó, no estabas. Cuando yo me quedé sin trabajo, no estabas. Y ahora tampoco estás.
Caminó hasta la nevera. La abrió. La miró.
-Esto es comida para una semana -dijo.
-Sí.
-Y la moto valía para un mes.
-Lo sé.
-¿Por qué vendiste la moto?
-Porque ustedes no me entienden.
-¿Qué?
-Ustedes no me entienden. Mi hermano, mis hijos, todos. Ustedes no entienden lo que es tener que elegir entre la dignidad y el hambre. No entienden lo que es tener que hacer esto.
-Hacer ¿qué?
-Esto. Sentarme aquí. Con la botella. Con la nevera llena. Con el alma vacía.
-No tienes que hacer esto.
-Sí. Tengo que hacerlo. Porque es lo único que sé hacer.
-No es cierto.
-Sí es cierto.
Se quedó callado. Me miró. No con enojo. Con tristeza.
-¿Por qué no me pediste? -preguntó otra vez.
-Porque no quería deberte nada.
-No me debes nada. Soy tu hermano.
-Eso dices ahora.
-Siempre lo he dicho.
-No siempre. Cuando mamá se enfermó, no estabas. Cuando yo me quedé sin trabajo, no estabas. Cuando los niños estaban enfermos y no tenía para el médico, no estabas.
-Eso no es verdad.
-Sí es verdad. Y lo sabes.
Y entonces él se fue. La nevera llena. Mis hijos mirándome. Yo, en el piso. La botella vacía en la mano.
Me senté en el piso, al lado de la nevera llena. Los hijos me miraron. El mayor, con los brazos cruzados. La niña, con los ojos mojados.
-¿Tío se fue enojado? -preguntó la niña.
-Sí, mi amor.
-¿Y va a volver?
-No sé.
-¿Y la moto?
-Ya no está.
-¿Y nosotros?
-Nosotros estamos aquí. Y vamos a estar bien.
-¿Seguro?
-Seguro.
Pero no era seguro. Nada era seguro. Solo la botella. Solo la nevera llena. Solo el silencio de mi hermano al irse.
La nevera seguía llena. Pero yo, en el piso, estaba vacía. Y no había botella que llenara eso.

Valoración: 0.0/5 (0 votos)

Comentarios

Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.