Lectura

El quinque vacio

Por Liyanet Caraballo Ulloa · Cuba · Historia real

El quinque vacio
El quinqué estaba en la mesa, pero ya no era mío. Mi hermano lo había traído. Lo había llenado de queroseno. Me lo había dado.
-Para que tengas luz -dijo, con esa voz de hermano mayor que siempre usaba para darme órdenes.
Eran las diez de la mañana. La puerta de lata oxidada, con el agujero en la parte baja por donde se colaban las gallinas del vecino. La ventana con persiana de madera, entreabierta, dejando pasar un hilo de sol. El piso de cemento, lleno de grietas, con hierba mala creciendo en las rendijas.
Yo no quería el quinqué. Quería la botella. Pero mi hermano la había escondido. Había buscado en toda la casa. Había quitado el colchón. Había vaciado la alacena. Había encontrado la botella y la había tirado.
-No vas a beber -dijo, con el quinqué en la mano.
-Voy a beber en cuanto encuentre mi botella.
-No la vas a encontrar. La tiré en el zafacón de la vecina.
-¿Por qué hiciste eso?
-Porque te estás matando.
-Eso no es asunto tuyo.
-Eres mi hermana. Todo lo que te pasa es asunto mío.
-No vine a que me cuidaran. Vine a que me dejaran en paz.
-La paz no es lo que tienes. La paz no es una botella de aguardiente.
-¿Y tú qué sabes de paz? Tú llegas, me quitas lo único que me calma, me dejas un quinqué lleno de queroseno y te vas. ¿Eso es paz para ti?
-Es luz. Es lo único que puedo darte.
-No necesito luz. Necesito olvidar.
-¿Olvidar qué?
-Olvidar que esta casa no tiene nada. Que mis hijos no tienen nada. Que yo no tengo nada.
-Tienes un quinqué.
-Un quinqué no llena el estómago.
-La botella tampoco.
-La botella llena el vacío.
-El vacío no se llena con alcohol. Se llena con los hijos. Con el hermano que te quiere. Con la luz que te traje.
-La luz me muestra lo que tengo. Y lo que tengo no es suficiente.
-Entonces ¿qué quieres?
-Quiero que te vayas.
-No me voy.
-Vete, carajo.
Y entonces él se sentó. En el banco. Al lado del quinqué. Me miró con esos ojos que siempre me miraban como si yo fuera un problema.
-Te voy a contar una historia -dijo.
-No quiero oír ninguna historia.
-La vas a escuchar igual. Cuando yo tenía doce años, mamá se fue.
-Eso ya lo sé.
-No sabes por qué. Mamá se fue porque papá bebía. Y porque tú bebías. Tú bebías igual que él. Y mamá no podía verte convertida en él. Por eso se fue.
-¿Y por qué te quedaste tú?
-Porque alguien tenía que quedarse. Alguien tenía que cuidarte.
-Nunca te pedí que me cuidaras.
-No tuviste que pedirlo. Eres mi hermana.
-Y tú eres mi hermano. Los hermanos no se meten en la vida de los otros.
-Cuando la vida de los otros es un desastre, los hermanos se meten. Así es la familia.
-No quiero familia.
-Pues la tienes.
Hermano: Tú no entiendes. Tú no sabes lo que es tener que elegir entre la luz y la oscuridad. Yo sé que el quinqué alumbra. Pero la botella apaga. Y a veces, apagar es más fácil que alumbrar. Más fácil que enfrentar lo que hay en esta casa. Más fácil que mirar a mis hijos y saber que no puedo darles más que esto. La botella no es mi enemiga. La botella es mi refugio. Y tú, con tu quinqué, me estás quitando el refugio.
-¿Recuerdas aquella noche? -preguntó mi hermano, con la voz más baja-. La noche que mamá se fue.
-No quiero recordarla.
-Pues yo la recuerdo. Llovía. La casa se estaba inundando. Tú te sentaste en el piso con una botella y te pusiste a beber. Yo tenía doce años y no sabía qué hacer. Te grité que te levantaras. No me escuchaste. Te agarré del brazo. Me empujaste. Me caí al charco de agua y me quedé ahí, mirándote. Tú seguías bebiendo como si yo no existiera.
-No recuerdo eso.
-Claro que no. Nunca recuerdas nada. Pero yo sí. Y esa noche aprendí que si no te cuidaba yo, nadie lo haría.
-¿Y ahora? ¿Qué quieres ahora?
-Quiero que enciendas el quinqué.
-No puedo hacer eso.
-Claro que puedes. Solo tienes que hacerlo.
-No sé cómo.
-Prendes un fósforo. Acercas la llama a la mecha. La luz aparece. Así de simple.
-Para ti es simple.
-¿Por qué?
-Porque cuando la luz se enciende, veo todo. Las grietas en el piso. La puerta oxidada. La ropa de mis hijos colgada. La nevera vacía. Veo todo lo que no tengo.
-Y también ves lo que tienes.
-¿Qué tengo? Dime qué tengo.
-Tienes a tus hijos. Tienes a tu hermano. Tienes una casa, aunque esté rota. Tienes un quinqué lleno de queroseno.
-Eso no es suficiente.
-Entonces ¿qué es suficiente?
-No sé. No lo sé.
Me quedé callada. El quinqué en la mesa. Mi hermano en el banco. El sol entrando por la persiana.
-¿Te acuerdas de mamá? -preguntó él.
-A veces.
-Yo todos los días. Me acuerdo de cómo planchaba la ropa. De cómo cantaba mientras cocinaba. De cómo nos abrazaba antes de dormir.
-¿Por qué te acuerdas de eso?
-Porque esas cosas no se olvidan. Porque la luz no se apaga con una botella.
-Pues la mía se apagó.
-No. La tuya está aquí. En este quinqué. Solo tienes que encenderla.
-No puedo con eso.
-Puedes.
-No puedo.
-Puedes.
-No puedo, carajo.
-Puedes, carajo.
Y entonces él se levantó. Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se dio la vuelta.
-El quinqué se queda -dijo.
-No lo quiero.
-Te queda igual. Aunque no lo enciendas, está ahí. Como mamá. Como yo. Como todo lo que no quieres ver pero está.
Y salió.
La puerta de lata se cerró. El agujero en la parte baja. Las gallinas del vecino. El sol entrando por la persiana.
Yo me quedé mirando el quinqué.
Lleno de queroseno. La mecha nueva. La luz esperando.
Pero no la encendí.
Me quedé en la oscuridad. Con la botella que ya no estaba. Con el quinqué que sí estaba.
Y supe que no podía.
No podía con la luz.
No podía sin la botella.
No podía.
El quinqué siguió en la mesa. Días. Semanas. El queroseno se evaporó. La mecha se secó.
Mi hermano no volvió.
Mis hijos, cuando llegaban de la escuela, miraban el quinqué y no preguntaban.
Yo, en el banco, miraba la pared.
Y el quinqué vacío.
Vacío como yo.
Vacío como todo.
Hasta que una noche, la corriente llegó.
Las luces de la casa se encendieron.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, vi el quinqué tal como era.
Un objeto. Un objeto que nunca encendí.
Un objeto que siempre estuvo ahí.
Como mi hermano.
Como la oportunidad.
Como todo lo que dejé apagar.

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