Autora: Idalmis Tejeda
Cuba_USA
Una mañana me paré frente al espejo, me habló en silencio,
no lo hizo con palabras,
sino con el destello de una hebra plateada
que se abrió paso entre la oscuridad de mi cabello
como un río de luna atravesando la noche;
entonces comprendí que el tiempo no llega de golpe;
sino que entra despacio,
se sienta a nuestro lado,
y nos peina con manos invisibles.
Mi cabellera se viste de nieve,
no de invierno triste,
ni de abandono,
sino de la nieve que cae sobre las montañas antiguas
y las vuelve más majestuosas,
cada hilo blanco es una historia que sobrevivió al viento,
una cicatriz que aprendió a cantar,
un recuerdo que se negó a morir.
Hubo un tiempo en que corría detrás de los días
como quien teme perder el último tren del verano,
mi pelo era un bosque oscuro,
lleno de pájaros impacientes y sueños encendidos,
creía que la juventud era un territorio eterno,
un jardín sin otoño,
pero la vida, sabia y paciente,
me enseñó que hasta las flores más hermosas
necesitan inclinarse para entregar su semilla.
La primera cana llegó sin permiso,
como llegan las cartas importantes.
La miré con desconfianza,
intenté esconderla entre los mechones negros,
como si ocultar la evidencia pudiera detener el reloj,
¡qué ingenua era!
el tiempo no se combate,
se abraza.
Después vinieron otras,
una aquí, otra allá,
hasta formar un sendero de plata sobre mi cabeza,
y mientras aparecían,
también aparecían nuevas certezas:
aprendí que el amor verdadero no necesita disfraces,
ni la paz vale más que la prisa,
y que hay victorias que nadie aplaude
pero, sin embargo, sostienen el alma.
Ya no la escondo,
la llevo como se lleva una corona humilde,
tejida no con oro,
sino con amaneceres, pérdidas y esperanzas,
en cada hebra blanca duerme una madrugada de desvelo,
un hijo abrazado en la fiebre,
una oración susurrada cuando todo parecía derrumbarse,
una risa compartida alrededor de una mesa sencilla.
Estas canas conocen secretos que la juventud ignora,
han visto partir a quienes amábamos,
han aprendido a despedirse sin dejar de amar,
han descubierto que el corazón puede romperse
y aun así seguir latiendo con ternura.
A veces el viento juega con mi cabello
y las hebras plateadas brillan bajo el sol
como si llevara un puñado de estrellas en la cabeza,
entonces siento que la edad no me resta belleza,
sino me revela,
que la juventud deslumbra; la madurez ilumina.
He dejado de contar los años
y he comenzado a contar los milagros:
las veces que me levanté después de caer,
las personas que permanecieron cuando el mundo se alejaba,
los abrazos que llegaron justo a tiempo,
la fe que sostuvo mis pasos en los días más oscuros.
Aunque mi cabello se viste de nieve
como se viste la tierra antes de una nueva estación,
sé que no es el final del camino,
es la evidencia de que el camino ha sido recorrido,
y que cada cana es un kilómetro de experiencia,
una lámpara encendida en la memoria,
una página escrita con tinta de paciencia.
Ya no temo al espejo,
ahora lo miro como se mira un álbum antiguo,
con gratitud,
veo en mi rostro las huellas de lo vivido,
y en mi cabello la geografía del tiempo,
ya no deseo borrar esas marcas,
porque fueron ellas quienes me enseñaron a ser quien soy.
Hay quienes persiguen la eterna primavera; yo he aprendido a amar la nieve,
esa que no enfría el alma,
sino que la vuelve serena.
como la que cubre los campos después de la tormenta
y les concede un silencio sagrado.
Mi cabellera se viste de nieve,
y en lugar de tristeza siento plenitud,
porque he comprendido que envejecer es un privilegio que muchos no alcanzaron,
un regalo escondido en la rutina de los días
y que cada cabello blanco es un testimonio de permanencia,
una pequeña bandera de resistencia sobre la frente del tiempo.
Y cuando llegue la última tarde
y el sol descanse detrás de los árboles,
quiero que mis canas brillen todavía,
como un campo nevado bajo la luz del crepúsculo,
que quien me mire no vea derrota,
sino una vida entera convertida en plata.
Mi cabellera se viste de nieve,
y en esa nieve
no hay muerte, hay memoria.
No hay ocaso, hay sabiduría.
No hay pérdida de belleza,
hay una belleza más profunda,
la que nace cuando el alma ha aprendido a florecer incluso en invierno.
Así camino ahora,
con la cabeza cubierta de luces plateadas
y el corazón en paz,
dejo que el viento peine mis años,
que el Señor bendiga mis canas,
y que la vida siga escribiendo sobre mí
su historia más honesta.
Al final de todo,
cuando las prisas se apaguen y solo quede la verdad,
podré decir sin temor y con gratitud infinita:
"Mi cabellera se viste de nieve,
y cada copo es una victoria del alma sobre el tiempo".
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