Somos jardineros del tiempo,
segadores de expectativas.
Cada mañana,
el mundo devuelve a la tierra
las malas hierbas que arrancamos ayer.
Hay raíces que no mueren.
Solo esperan.
Crecen en la oscuridad,
alimentadas por el miedo,
por la memoria,
por las heridas que enterramos sin sepultar,
por las mentiras que continúan respirando,
por las decepciones que aprendimos a cargar
como si fueran parte del cuerpo.
Hay dolores que no desaparecen.
Descienden.
Encuentran un lugar dentro de nosotros
y allí construyen sus raíces.
Una palabra.
Un abandono.
Una traición.
Una promesa rota.
Un amor que terminó
sin encontrar jamás un final.
Y seguimos cultivando.
El hombre cultiva su propio jardín
mientras cree que simplemente sobrevive.
Poda aquello que lo hiere,
entierra aquello que se pudre,
riega aquello que todavía espera
y protege pequeñas flores
contra la violencia de las estaciones.
Después contempla las cicatrices
y llama madurez
a lo que el tiempo dejó atrás.
Pero el tiempo no cultiva.
El tiempo consume.
Pasa sobre los pétalos
con la indiferencia de quien camina sobre cadáveres.
No existe estación que permanezca.
No existe flor que haga un pacto con la noche.
No existe raíz suficientemente profunda
para escapar de la hoja de los días.
Aun así, plantamos.
Plantamos después de la traición.
Después del abandono.
Después de la mentira.
Después de descubrir
que algunas personas amaban
solo aquello que podían extraer de nosotros.
Plantamos sobre los escombros
de las cosas que juramos eternas.
Y llamamos esperanza
a aquello que muchas veces
no es más que incapacidad para aceptar la pérdida.
Debajo de cada flor
hay algo enterrado.
Una promesa que se pudrió.
Un nombre que ya no pronunciamos.
Un sueño que murió antes de nacer.
Una versión de nosotros
que quedó atrás
en el instante en que comprendimos
que ciertas puertas no se cierran.
Nos expulsan.
Cada esperanza lleva
una hoja escondida.
Cada deseo abre en el pecho
un lugar para la pérdida.
Cuanto más amamos,
más profundamente cavamos.
Cuanto más esperamos,
más alto construimos
el lugar desde el que caeremos.
Y continuamos.
Arrancamos las malas hierbas
como quien intenta arrancarse
su propia naturaleza.
Pero regresan.
Siempre regresan.
Algunas raíces pertenecen
a aquello que somos.
El resentimiento que alimentamos.
La culpa que escondemos.
La rabia que fingimos haber olvidado.
La necesidad de ser reconocidos
por quienes nunca nos vieron.
Todo aquello que no enfrentamos
encuentra la tierra fértil de la memoria.
Y crece.
Entonces segamos.
Segamos las mentiras
que nos contamos a nosotros mismos.
Las expectativas
que convertimos en cadenas.
Las promesas
que seguimos esperando
de quienes ya se fueron.
Las heridas
que alimentamos durante años
como si el sufrimiento pudiera
resucitar el pasado.
Hay raíces que necesitan morir.
Hay recuerdos que necesitan perder
el alimento de nuestra presencia.
Hay personas que necesitan permanecer
donde el tiempo las dejó.
No toda ausencia es vacío.
No todo final es pérdida.
No toda cicatriz pide ser curada.
Algunas heridas nunca se cierran.
Se convierten en parte de la arquitectura
de quienes hemos sobrevivido.
El jardín crece sobre nuestras ruinas.
Y aquello que llamamos futuro
no es más que el pasado
naciendo con otra apariencia.
Repetimos gestos.
Repetimos deseos.
Repetimos errores.
Repetimos amores.
Cambiamos los rostros.
Cambiamos los nombres.
Cambiamos las estaciones.
Las raíces permanecen.
Esa es la crueldad:
pasamos la vida intentando escapar
de aquello que nos hirió
y, sin darnos cuenta,
construimos nuestra identidad
alrededor de la herida.
El jardín madura
cuando aprendemos a distinguir
la flor de aquello que simplemente
se alimenta de ella.
Entonces cortamos.
Sin odio.
Sin nostalgia.
Sin pedir permiso al pasado.
Cortamos hasta sangrar.
Hay podas
que necesitan alcanzar la raíz.
El tiempo continúa.
No consuela.
No perdona.
No devuelve.
Simplemente pasa.
Y recoge la cosecha.
Flores, fracasos,
amores, ambiciones,
mentiras, pérdidas,
deseos y ruinas.
Todo termina entre sus manos.
Al final,
no somos dueños del jardín.
Somos la tierra.
El tiempo planta en nosotros
sin pedir permiso
y siega sin pedir autorización.
Florecemos sabiendo
que toda flor
lleva consigo su propia ruina.
Y cuando termina la noche,
volvemos a la tierra.
Con las manos heridas,
la memoria llena de muertos
y una nueva semilla entre los dedos.
Plantamos nuevamente.
Aun sabiendo.
Incluso después de todo.
Y entonces comprendemos, demasiado tarde:
no pasamos la vida cultivando un jardín.
Pasamos la vida eligiendo
lo que tendremos que perder.
J. Kasra - Todos los derechos reservados.
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