Llegó temprano a casa de su ex para recoger a los chicos. Al pasar por el jardín, tomó el periódico con sus acostumbradas revistas dominicales; no podía imaginar que, escondido entre las páginas, traía algo que cambiaría su vida. Al entrar, la encontró en la cocina preparando café. La saludó, le entregó el periódico y preguntó por los niños; ella le respondió que habían salido con su abuela, pero que no tardarían en regresar.
Él, movido por la inercia de los viejos tiempos, se dispuso a ayudarla. Prepararon dos tazas de la humeante bebida y las llevaron en una bandeja hacia la pequeña salita de estar. El aroma, exquisito y penetrante, despertó sus sentidos. Se sentaron juntos: él tomó el periódico y ella, las revistas.
Él la observaba con disimulo por el rabillo del ojo. Siempre le había gustado la forma en que ella entrecerraba los ojos para leer; sabía que necesitaba lentes desde hacía años, pero se negaba tajantemente, argumentando que aún era demasiado joven para usarlos. La suave voz de ella lo sacó de su tanda de recuerdos:
-Quiero comprarme estas botas -dijo, mostrándole la página de una revista.
Eran unas botas femeninas, largas, de gamuza arrugada y tacón de aguja.
-Se parecen a las que usó Julia Roberts en Pretty Woman -exclamó él.
-No es mala idea -respondió ella con picardía-. Me las compraré y me pararé en la esquina con una carterita roja.
-Mmm... yo pagaría por ver eso.
-¿Cuánto pagarías? -preguntó ella, desafiante.
-Lo que tú quieras.
-¡Ya está! Te cobro diez mil.
-¡Bueno! -aceptó él.
-No, muy poco... mejor te cobro veinte.
-¡Oye! Ya me habías cobrado diez, no seas usurera -dijo él entre risas.
Ambos rieron espontáneamente. Él sacó un billete de diez mil y se lo acercó. Ella lo miró a los ojos durante unos segundos y, al tomar el dinero, sujetó su mano con fuerza para atraerlo hacia sí. Se besaron durante largos minutos, hasta que, a tropezones y entre risas, llegaron al dormitorio.
No puedo describir lo que ocurrió allí dentro. Lo cierto es que, desde aquel día, él gasta cincuenta mil al mes por tener sexo con su ex; aunque, a decir verdad, cada vez más seguido, lo que hacen es, simplemente, hacer el amor.
Él, movido por la inercia de los viejos tiempos, se dispuso a ayudarla. Prepararon dos tazas de la humeante bebida y las llevaron en una bandeja hacia la pequeña salita de estar. El aroma, exquisito y penetrante, despertó sus sentidos. Se sentaron juntos: él tomó el periódico y ella, las revistas.
Él la observaba con disimulo por el rabillo del ojo. Siempre le había gustado la forma en que ella entrecerraba los ojos para leer; sabía que necesitaba lentes desde hacía años, pero se negaba tajantemente, argumentando que aún era demasiado joven para usarlos. La suave voz de ella lo sacó de su tanda de recuerdos:
-Quiero comprarme estas botas -dijo, mostrándole la página de una revista.
Eran unas botas femeninas, largas, de gamuza arrugada y tacón de aguja.
-Se parecen a las que usó Julia Roberts en Pretty Woman -exclamó él.
-No es mala idea -respondió ella con picardía-. Me las compraré y me pararé en la esquina con una carterita roja.
-Mmm... yo pagaría por ver eso.
-¿Cuánto pagarías? -preguntó ella, desafiante.
-Lo que tú quieras.
-¡Ya está! Te cobro diez mil.
-¡Bueno! -aceptó él.
-No, muy poco... mejor te cobro veinte.
-¡Oye! Ya me habías cobrado diez, no seas usurera -dijo él entre risas.
Ambos rieron espontáneamente. Él sacó un billete de diez mil y se lo acercó. Ella lo miró a los ojos durante unos segundos y, al tomar el dinero, sujetó su mano con fuerza para atraerlo hacia sí. Se besaron durante largos minutos, hasta que, a tropezones y entre risas, llegaron al dormitorio.
No puedo describir lo que ocurrió allí dentro. Lo cierto es que, desde aquel día, él gasta cincuenta mil al mes por tener sexo con su ex; aunque, a decir verdad, cada vez más seguido, lo que hacen es, simplemente, hacer el amor.
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