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Correa, Travesía de una Manda

Por tebo_cl · Chile · Realismo

Correa, Travesía de una Manda
Correa, Travesía de una Manda

El viaje de fe, sacrificio y redención de Maricarmen
En el invierno de 1982, en una pequeña localidad del sur de Chile, comienza la historia de Maricarmen. Tenía poco más de cuarenta años y era madre de dos hijos: Omar, de dieciséis, y Pedro, de doce. Había trabajado desde muy joven y la vida no le había dado muchas pausas. Separada de su esposo, enfrentaba sola la crianza de sus hijos, haciendo todo lo posible por darles comida, abrigo y un futuro mejor.
Cada madrugada, antes de que amaneciera, Maricarmen encendía el fogón de la cocina. Ese momento, breve y silencioso, era casi el único espacio que tenía para pensar antes de salir a trabajar. Era asesora del hogar en la casa de un importante ejecutivo de una línea aérea, en una ciudad cercana. El trabajo estaba bien pagado porque sus patrones confiaban plenamente en ella, pero le exigía demasiado tiempo. La necesitaban de lunes a lunes, incluso fines de semana y noches de eventos. Maricarmen salía cuando aún estaba oscuro y regresaba tarde, muchas veces cuando sus hijos ya dormían. En un Chile marcado por la dictadura, el desempleo y la pobreza, tener un trabajo estable era algo que no se podía soltar fácilmente.
Pero con el tiempo empezó a sentir que el dinero no compensaba su ausencia. Omar, su hijo mayor, comenzó a juntarse con muchachos del pueblo que andaban en malos pasos: cigarrillos, vagancia y pequeños robos. Maricarmen empezó a notar cambios: olor a tabaco, miradas esquivas, llegadas tarde. Pedro, más chico, miraba a su hermano y comenzaba a copiarlo.
Un domingo por la mañana, mientras ella se preparaba para irse otra vez al trabajo, Pedro le preguntó por qué también tenía que trabajar ese día. Maricarmen le respondió que lo hacía para que no les faltara nada, pero la frase le pesó apenas la dijo. Entendió que a sus hijos sí les faltaba algo: ella. Al hacer cuentas, se dio cuenta de que pasaba catorce o quince horas diarias fuera de la casa. Entonces tomó una decisión difícil: buscaría otro empleo, aunque significara arriesgar una estabilidad que muchas familias no tenían.
La oportunidad apareció gracias a una recomendación. Una señora de buena situación buscaba una asesora del hogar de confianza y le ofreció a Maricarmen un trabajo con mejor sueldo y, sobre todo, con horarios más humanos. Podría estar con sus hijos por las tardes y tener libres los fines de semana. El problema era que sus patrones actuales estaban en una etapa de muchos viajes a Brasil y dependían de ella para cuidar la casa. Maricarmen no quería irse de un día para otro ni dejarlos botados. La nueva empleadora valoró esa honestidad y aceptó esperarla.
La espera se hizo larga. Los viajes no terminaban y Omar seguía acercándose a malas compañías. En medio de esa angustia, Maricarmen recurrió a una devoción popular que había llegado desde Argentina por medio de arrieros y camioneros: la Difunta Correa.
Deolinda Correa, según la tradición, murió en el desierto de San Juan en 1840 mientras seguía a la tropa que se había llevado a su esposo. Cuando unos arrieros encontraron su cuerpo, su bebé seguía vivo, alimentándose de su pecho. Maricarmen se sintió profundamente tocada por esa historia de madre y sacrificio. Una noche, frente a una vela, hizo una manda: si la Difunta Correa la ayudaba a cambiarse de trabajo para recuperar a sus hijos, ella cruzaría la cordillera hasta su santuario en Argentina y le llevaría un botellón de agua.
Tres meses después, los viajes de sus patrones disminuyeron y la casa volvió a una rutina más estable. Maricarmen habló con ellos con sinceridad. Les explicó que necesitaba estar más presente para sus hijos. Sus jefes entendieron sus razones, agradecieron sus años de trabajo y la dejaron partir en buenos términos.
El nuevo empleo fue en la casa de una familia francesa que vivía temporalmente en el sur de Chile. Al principio fue difícil. Maricarmen no hablaba francés y ellos apenas manejaban el castellano. Pero poco a poco encontraron una manera de entenderse con gestos, señas y paciencia. Ella aprendió algunas palabras, ellos también. Maricarmen se adaptó a sus gustos y, al mismo tiempo, les compartió comidas chilenas como cazuelas, sopaipillas y pan amasado.
Lo más importante fue que recuperó tiempo para sus hijos. Podía estar en casa por las tardes, recibirlos, conversar, vigilarlos sin dureza pero con presencia. Omar se fue alejando de las malas juntas y retomó sus estudios. Pedro volvió a crecer con la seguridad de tener a su madre cerca. Maricarmen estaba tranquila y agradecida. Pero con esa tranquilidad también fue dejando para después la manda prometida. Pensó que viajaría cuando tuviera más dinero y más tiempo.
Quince meses después, comenzaron los problemas. Maricarmen, que siempre había sido cuidadosa, empezó a romper cosas sin explicación. Primero fue un plato de porcelana que se le resbaló al secarlo. Después tazas, platillos y una fuente grande. Al principio pensó que era cansancio o mala suerte, pero los accidentes se repetían demasiado.
Se miraba las manos, confundida. No le temblaban, no estaba enferma y veía bien. Aun así, las cosas parecían escapársele. La señora francesa fue amable al comienzo, pero Maricarmen empezó a sentirse nerviosa. Sabía que su reputación como mujer ordenada y responsable se estaba dañando.
El peor momento llegó durante una cena importante que los franceses organizaron para recibir al cónsul de Francia en Chile y a su esposa. Habían contratado un servicio de banquetería y Maricarmen debía supervisar que todo saliera bien. La velada avanzó sin problemas hasta la hora del café. Ella quiso ayudar llevando una bandeja con tazas calientes. En pleno salón, tropezó. El café cayó sobre la espalda del cónsul y sobre el vestido de su esposa. Hubo gritos, servilletas, incomodidad y vergüenza. Sus patrones no la retaron, pero la enviaron a la cocina para que se calmara. Maricarmen lloró sin consuelo. Sentía que aquello ya no era una simple torpeza.
Pocos días después ocurrió otro accidente. Mientras preparaba jugo para el desayuno, metió por error una cuchara de madera en la juguera encendida. Las aspas rompieron la cuchara, el motor se quemó y el jugo salpicó las paredes, el techo y el suelo. Cuando la señora francesa llegó a la cocina, no se enojó. Más bien parecía triste. Maricarmen entendió que ya habían llegado a un límite.
La conversación ocurrió poco después. Con mucho respeto, mezclando español, francés y señas, la señora le explicó que la querían y valoraban su trabajo, pero que los accidentes hacían imposible que siguiera. Le pagaron lo que correspondía y se despidieron con afecto.
Maricarmen salió de esa casa con el bolso en la mano y la cabeza baja. Había perdido el mejor trabajo que había tenido y no lograba entender por qué. En el pueblo, la noticia de los accidentes corrió rápido. Nadie quería contratarla. Volvió a hacer trabajos sueltos de limpieza, mal pagados y escasos. La angustia económica regresó.
Una noche, sin poder dormir, comenzó a repasar cuándo habían empezado sus desgracias. Entonces recordó la manda. La Difunta Correa le había concedido exactamente lo que pidió: un trabajo mejor y la posibilidad de recuperar a sus hijos. Pero ella no había cumplido su parte. En ese momento sintió que los accidentes, el despido y la mala racha no eran casualidad. Había una promesa pendiente.
Arrepentida, pidió perdón y tomó una decisión: cruzaría la cordillera en pleno invierno para pagar su manda en el santuario de la Difunta Correa, en Vallecito, Argentina.
El viaje no era fácil. Los meses sin trabajo habían consumido casi todos sus ahorros. El dinero apenas alcanzaba para los pasajes y algunos gastos mínimos. Preparó un bolso con ropa gruesa para el frío de agosto y dejó la casa organizada. Omar quedó a cargo de Pedro, con la ayuda discreta de una vecina. Para cumplir la promesa, consiguió un botellón de cinco litros, lo llenó de agua y decidió cargarlo durante todo el trayecto. Podría haber llevado una botella pequeña, pero sintió que debía hacer un sacrificio verdadero.
Antes de partir, algunas amigas le entregaron dinero para comprar casacas de cuero en Argentina. Maricarmen aceptó los encargos y guardó el dinero con cuidado. Así emprendió el viaje hacia Santiago, desde donde tomaría el bus internacional.
A las ocho de la mañana abordó un bus de la empresa CATA con destino a Mendoza. A medida que avanzaban hacia la cordillera, el paisaje se volvió más duro: roca, nieve, hielo y frío entrando por las ventanas. Para una mujer acostumbrada a los cerros verdes del sur, la inmensidad de los Andes le produjo admiración y miedo.
La parte más difícil fue la cuesta de los Caracoles, con sus curvas cerradas y precipicios profundos. Maricarmen miraba por la ventana con el corazón apretado. El bus avanzaba lento, esquivando hielo en el camino. Con el botellón entre los pies, rezó para llegar sana y salva.
En el complejo fronterizo de Los Libertadores bajaron a hacer los trámites migratorios. Cuando los funcionarios le preguntaron el motivo del viaje, ella explicó con timidez que iba a pagar una manda a la Difunta Correa. No pareció sorprenderles; estaban acostumbrados al paso de devotos chilenos rumbo a Argentina. Luego el bus siguió su camino hacia el otro lado de la cordillera.
Al descender, la nieve empezó a quedar atrás y el paisaje cambió. Llegó a Mendoza cerca de las seis de la tarde. La ciudad le pareció grande, ordenada, con calles arboladas y acequias. Pero su destino aún estaba lejos: debía llegar a San Juan y luego a Vallecito. En la terminal le dijeron que el último bus a San Juan salía a las siete. Cansada, pero decidida, compró el boleto y subió justo a tiempo.
El bus cruzó la llanura sanjuanina mientras caía la noche. Al mirar la sequedad del paisaje, Maricarmen entendió mejor la historia de Deolinda Correa y el sentido de llevar agua como ofrenda. Cerca de la medianoche llegó a la terminal de San Juan. Estaba sola, cansada y desorientada. El chofer, al verla perdida, le indicó que cerca de la terminal había hospedajes baratos en un sector conocido como el barrio de los buses.
Maricarmen arrendó una pieza sencilla en un hostal. El lugar era ruidoso: motores, voces, bares abiertos, gente entrando y saliendo. El encargado le prometió despertarla a las seis de la mañana para que pudiera tomar el primer bus a Vallecito.
Esa noche casi no durmió. Estaba en otro país, sola, con poco dinero y pensando en sus hijos. Cada ruido del pasillo la ponía alerta. Rezó durante horas, pidiendo protección. Al final no pasó nada. A las seis, el encargado golpeó la puerta. Maricarmen se levantó, se lavó con agua fría, tomó sus cosas y volvió a la terminal.
El viaje entre San Juan y Vallecito atravesó un paisaje seco y polvoriento. Después de una hora, el santuario apareció en medio del desierto. Al bajar del bus, Maricarmen quedó impresionada. Había capillas, placas de agradecimiento, fotografías, vestidos de novia, muletas, patentes, camisetas, cascos y todo tipo de ofrendas dejadas por devotos. Pero lo que más la conmovió fueron las botellas de agua. Había miles, quizás millones, acumuladas por todas partes.
Cuando se acercó a la imagen de la Difunta Correa, que muestra a Deolinda tendida en el desierto con su hijo vivo alimentándose de su pecho, Maricarmen no pudo contener el llanto. Vio en esa figura el dolor de una madre capaz de darlo todo por su hijo. Se sintió acompañada, como si su sufrimiento formara parte de algo más grande.
Con cuidado, buscó un lugar entre las repisas llenas de botellas y dejó su botellón de cinco litros. Se arrodilló y rezó. Pidió perdón por haber olvidado la promesa, agradeció por el trabajo que había recibido y por haber recuperado a sus hijos. También pidió que la mala racha terminara y que pudiera volver a encontrar un empleo digno.
En ese momento sintió alivio. No fue algo espectacular, sino una calma profunda. Como si por fin hubiera soltado un peso que venía cargando desde hacía meses. Se quedó un rato mirando el santuario, respirando tranquila, sintiendo que la deuda estaba pagada.
Mientras permanecía allí, comenzó a llegar más gente. Era 1986 y Argentina acababa de ganar el Mundial de México con Diego Armando Maradona como gran figura. Maricarmen no seguía mucho el fútbol, así que no entendía del todo la emoción que eso provocaba en los argentinos.
Para su sorpresa, llegaron algunos jugadores de la selección argentina campeona del mundo. También venían a cumplir una manda de agradecimiento a la Difunta Correa por el campeonato obtenido. En ese lugar de fe, Maricarmen conversó con ellos de manera sencilla, sin tratarlos como celebridades. Les contó que venía desde Chile y que había cruzado sola la cordillera para cumplir su promesa. Ellos se sorprendieron y le contaron que también estaban allí por una promesa.
Solo con los años Maricarmen entendería la importancia de aquel encuentro. Para ella, en ese momento, fueron simplemente otros devotos agradecidos, igual que ella. Después lo recordaría con orgullo y se lo contaría a sus hijos y nietos.
Con la manda cumplida y el corazón más tranquilo, Maricarmen sintió la urgencia de volver a casa. Quería abrazar a Omar y Pedro. Entonces recordó los encargos de sus amigas: las casacas de cuero que debía comprar. Pero estaba agotada y no quería pasar otra noche fuera. Decidió no comprar nada. Prefería devolver intacto el dinero antes que alargar el viaje.
Con el bolso más liviano, porque ya no cargaba el botellón, tomó el bus de regreso. El camino era el mismo, pero ella lo vivió distinto. La cordillera seguía siendo enorme, fría y peligrosa, pero ya no la miraba con el mismo miedo. Cada curva la acercaba a Chile y a sus hijos.
Después de cruzar nuevamente la frontera, el bus descendió hacia los valles chilenos. Al llegar a su pueblo en el sur, Maricarmen respiró el aire húmedo y frío de su tierra con una alegría difícil de explicar. Volvía cansada, pero en paz.
Seguía siendo la misma mujer humilde y trabajadora de siempre, pero algo había cambiado dentro de ella. Había cumplido su palabra, había enfrentado sus miedos y había cruzado la cordillera en invierno para pagar una promesa. Desde entonces, cargó con una historia que la acompañaría toda la vida: la del viaje a Vallecito, la manda cumplida, el agua dejada en el santuario y aquel inesperado encuentro con los campeones del mundo.

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Comentarios

Prof. José Núñez (editado)

Hermoso relato que nos recuerda lo que dice la palabra de Dios en: Números 30:2: "Cuando alguno hiciere voto a Jehová, o hiciere juramento ligando su alma con obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca".