Lectura

¿Dónde está Dios cuando mueren millones?

Por Oscar Jose Cagnolatti · Argentina · Otros

¿Dónde está Dios cuando mueren millones?
¿Dónde está Dios cuando mueren millones?
Cada vez que ocurre una tragedia, como un terremoto que deja miles de muertos y desaparecidos -como sucedió recientemente en Venezuela- vuelve a surgir la misma pregunta que la humanidad se hace desde hace siglos, aunque muchos prefieran evitarla.
¿Dónde estaba Dios?
No hablo solamente de un terremoto. Hablo de todos los terremotos de la historia. De los tsunamis, las inundaciones, las epidemias, las hambrunas y de cada desastre natural que, desde que existe la humanidad, ha sepultado bajo los escombros a millones de personas, sin distinguir entre ricos y pobres, creyentes y ateos, buenos y malos, ancianos o niños.
La naturaleza jamás preguntó en qué religión creía cada víctima antes de quitarle la vida.
Sin embargo, cuando alguien logra sobrevivir después de pasar días atrapado bajo los escombros, suele decir que Dios lo protegió, que Jesús estuvo a su lado o que su fe lo mantuvo con vida.
Y entonces aparece una pregunta que casi nadie quiere responder:
¿Y los miles que murieron? ¿Dios no estuvo con ellos?
La naturaleza no es la única responsable del sufrimiento humano. También lo es el propio hombre.
Las guerras han cubierto de sangre la historia. El Holocausto, los genocidios, las dictaduras, los regímenes que asesinan a su propio pueblo, el narcotráfico, los sicarios, las bandas criminales, los ejércitos revolucionarios y las masacres que todavía hoy ocurren en distintos lugares del mundo, especialmente en regiones muy pobres de África, donde aldeas enteras desaparecen sin que el resto del planeta siquiera las recuerde.
A eso debemos sumar las epidemias, las enfermedades y todas las formas de muerte que acompañan a la humanidad desde su origen.
Nuestra historia está escrita con sangre.
Frente a todo esto, creo que existe una lógica que muchos no quieren aceptar porque heredaron una determinada manera de entender a Dios.
Respeto profundamente la fe.
No me parece malo que una persona crea. Al contrario. Estoy convencido de que la fe puede ayudar psicológicamente, dar esperanza, aliviar el sufrimiento e incluso provocar recuperaciones que algunos consideran milagrosas.
Pero también creo que debemos observar la realidad completa.
Porque mientras algunos pocos sobreviven, la inmensa mayoría muere de manera trágica. Y, además, todos, absolutamente todos, estamos destinados a morir algún día.
Siempre utilizo un ejemplo muy simple.
Un padre ama a sus hijos y, si fuera necesario, daría la vida por ellos.
Entonces me pregunto:
¿Por qué ese Padre Celestial, al que millones llaman "Padre Nuestro", permitió durante miles de años la muerte de incontables niños, ancianos e inocentes?
Sé que existen muchas respuestas desde la religión.
Las escuché durante toda mi vida.
Pero mi conciencia no logra aceptarlas.
Y creo profundamente que la conciencia debe ser libre. Solo una conciencia libre puede hacerse preguntas incómodas sin miedo a romper las ideas heredadas.
Nada puede justificar tanto sufrimiento.
Nada puede justificar la tortura.
Nada puede justificar la muerte de un niño.
Nada puede justificar que millones de personas hayan nacido únicamente para conocer el dolor.
Por eso pienso que debemos quitarnos las máscaras y animarnos a contemplar otra posibilidad.
Tal vez el Dios que nos enseñaron simplemente no exista.
Y basta también de afirmar que todo es culpa del ser humano.
Ninguno de nosotros pidió nacer.
Somos el resultado de una evolución o de una creación -cada uno elegirá la palabra que prefiera- que hizo posible tanto el amor como el odio; la compasión y la crueldad; la solidaridad y el egoísmo; la capacidad de salvar vidas y también la de destruirlas.
Vivimos, además, en un año 2026 cuya numeración incluso podría ser discutible, porque fue construida tomando como referencia el nacimiento de Cristo. La historia fue modificada muchas veces. También el conocimiento. También las creencias. Durante más de dos mil años se moldeó la conciencia de millones de personas según intereses humanos.
Por eso creo que debemos aprender a pensar por nosotros mismos.
No digo que no exista nada superior.
Todo lo contrario.
Creo posible que existan otras inteligencias, seres de luz, ángeles o incluso civilizaciones mucho más avanzadas, quizás procedentes de otros mundos o de otras dimensiones que todavía no comprendemos.
Tal vez ellos respeten la evolución natural de este planeta sin intervenir constantemente.
Quizás la Tierra sea una experiencia, un inmenso laboratorio donde una civilización aprende por sí sola hasta dónde puede llegar.
Como nosotros observamos una colmena o un hormiguero.
Porque, a pesar de tanta violencia, también hemos evolucionado. La ciencia avanzó. El conocimiento creció. Y la conciencia, lentamente, también evoluciona.
Quizás sea justamente esa evolución de la conciencia la que algún día nos permita comprender quiénes somos, de dónde venimos y cuál es el verdadero sentido de nuestra existencia.
Tal vez muchas de las verdades que hoy damos por ciertas caigan algún día como un castillo de naipes.
Quizás el Dios que nos enseñaron nunca fue más que una construcción humana para responder preguntas que todavía nadie podía contestar.
Y quizás existan creadores, inteligencias o formas de vida muy superiores que hicieron posible nuestra existencia sin intervenir permanentemente en nuestro destino.
A esta altura de la historia, me cuesta creer que exista un Dios que decida salvar a unos pocos mientras deja morir a millones.
Porque si realmente pudiera evitarlo y no lo hiciera, sería mucho más difícil comprender ese supuesto amor infinito que tantas religiones predican.
En cambio, sí puedo imaginar otra posibilidad: que alguien haya dado origen a este mundo y luego haya permitido que evolucionara por sí mismo, observando hasta dónde podía llegar la humanidad.
Esa explicación me resulta mucho más coherente.
Sé que estas palabras pueden incomodar.
Todos nacimos dentro de una cultura que nos enseñó determinadas respuestas antes de que siquiera pudiéramos formular las preguntas.
Pero pensar nunca debería ser un pecado.
Tal vez exista algo después de la muerte.
Tal vez la muerte no sea el final.
Tal vez existan realidades que todavía somos incapaces de comprender.
Por eso creo que debemos abrir la conciencia, cuestionar aquello que siempre dimos por verdadero y atrevernos a mirar más allá de las creencias heredadas.
No para destruir la fe de nadie.
Sino para buscar, con honestidad, una verdad que todavía sigue esperando ser descubierta.

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