(De la autora)
Hay un techo de guano en mi memoria
que no ha podido el tiempo derrumbar,
donde aún canta la tarde campesina
y el sol se acuesta oliendo a cañaveral.
Allí, descalza, corre mi niñez
por caminos de polvo y hierba fresca,
con las rodillas llenas de aventuras
y el corazón sin miedo ni tristeza.
Éramos dueños de un mundo pequeño:
un río claro, un árbol, muñecas y un balón,
las manos sucias de trepar mangales
y la risa volando en el terrón.
Los gallos anunciaban la mañana,
las vacas regresaban al corral,
y el perro fiel dormía junto al portal
mientras la luna aprendía a madrugar.
¡Qué inmensa era la sombra de los árboles!,
¡qué eterno parecía aquel solar!,
donde inventábamos barcos con las hojas
y castillos de barro junto al mar...
aunque el mar nos quedara tan lejano,
lo construíamos en la imaginación.
Mis amigos tenían nombres sencillos
y sueños grandes como el horizonte;
corríamos detrás de las chicharras
como quien persigue un milagro escondido.
La lluvia era una fiesta en los charcos,
el viento una canción entre el maíz,
y hasta el silencio hablaba con ternura
cuando llegaba cansado el anochecer.
Y en medio de tanta tierra y esperanza
florecía el abrazo en el jardín familiar,
la mesa humilde reunía los silencios
y hasta el cansancio aprendía a descansar.
Mi madre era luz entre las sombras,
mi padre, un árbol firme en el solar;
y las voces queridas de la casa
tenían el poder de acariciar.
Éramos pobres quizás para el mundo,
pero ricos en cariño y dignidad;
porque donde el amor cuida la infancia,
nunca falta abrigo para el alma.
Hoy la vida me viste de distancias,
de relojes, de prisa y de ciudad,
pero a veces regreso con el alma
a aquella tierra humilde y maternal.
Y bajo el techo dulce de la nostalgia
todavía me siento aquella niña feliz:
la que abrazaba terneros al amanecer,
la que encontraba tesoros en el monte,
la que aprendió entre animales y caminos,
que la riqueza más grande
es recordar de dónde viene el corazón.
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