Lectura

Memorias de una niña de campo

Por Idalmis Tejeda · Estados Unidos · Poesía

Memorias de una niña de campo
" La riqueza más grande es recordar de dónde viene el corazón pues en él se guardan los recuerdos que no envejecen, esos que se quedan viviendo para siempre bajo el techo de la nostalgia."
(De la autora)

Hay un techo de guano en mi memoria
que no ha podido el tiempo derrumbar,
donde aún canta la tarde campesina
y el sol se acuesta oliendo a cañaveral.

Allí, descalza, corre mi niñez
por caminos de polvo y hierba fresca,
con las rodillas llenas de aventuras
y el corazón sin miedo ni tristeza.

Éramos dueños de un mundo pequeño:
un río claro, un árbol, muñecas y un balón,
las manos sucias de trepar mangales
y la risa volando en el terrón.

Los gallos anunciaban la mañana,
las vacas regresaban al corral,
y el perro fiel dormía junto al portal
mientras la luna aprendía a madrugar.

¡Qué inmensa era la sombra de los árboles!,
¡qué eterno parecía aquel solar!,
donde inventábamos barcos con las hojas
y castillos de barro junto al mar...
aunque el mar nos quedara tan lejano,
lo construíamos en la imaginación.

Mis amigos tenían nombres sencillos
y sueños grandes como el horizonte;
corríamos detrás de las chicharras
como quien persigue un milagro escondido.

La lluvia era una fiesta en los charcos,
el viento una canción entre el maíz,
y hasta el silencio hablaba con ternura
cuando llegaba cansado el anochecer.

Y en medio de tanta tierra y esperanza
florecía el abrazo en el jardín familiar,
la mesa humilde reunía los silencios
y hasta el cansancio aprendía a descansar.

Mi madre era luz entre las sombras,
mi padre, un árbol firme en el solar;
y las voces queridas de la casa
tenían el poder de acariciar.

Éramos pobres quizás para el mundo,
pero ricos en cariño y dignidad;
porque donde el amor cuida la infancia,
nunca falta abrigo para el alma.

Hoy la vida me viste de distancias,
de relojes, de prisa y de ciudad,
pero a veces regreso con el alma
a aquella tierra humilde y maternal.

Y bajo el techo dulce de la nostalgia
todavía me siento aquella niña feliz:
la que abrazaba terneros al amanecer,
la que encontraba tesoros en el monte,
la que aprendió entre animales y caminos,
que la riqueza más grande
es recordar de dónde viene el corazón.

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