Como hoy me he levantado temprano, después de comer, en un duermevela casi inducido por las dos cervezas que he tomado socializando en el bar de la señora de las almendras, he soñado despierto con las calles de Londres. Veía el suelo, un suelo ordenadamente desordenado: unos baches adolescentes arreglados sin ton ni son, sin cubrirlos nunca del todo, solo redondeados con alquitrán; un firme de aspecto lunar, repleto de cráteres suavizados por el desgaste diario, algunos aún con restos de lluvia. En esa visión me llega el olor a cerveza al pasar por delante de un pub, mezclado con el de una polución que ya no es el puré de guisantes de antaño, pero que te deja la ropa y la piel sucias al cabo del día.
A veces echo de menos mi estancia en Londres, a pesar de que la usé como terapia tras un tiempo agitado y de que donde vivo ahora no puedo oler la cerveza de los pubs. Sin embargo, aquí podría ir con los ojos vendados recorriendo las calles, guiado solo por los efluvios de unos contenedores de basura que no hay forma humana de que este Ayuntamiento limpie. No hace falta que intentes averiguar de qué pueblo hablo: en este y en muchos otros de la comarca ocurre lo mismo, para desgracia de nuestras pituitarias.
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