(prosa poética)
No son vasijas vacías esperando el agua de nuestra costumbre, sino manantiales que brotan con una sed propia, una que nosotros ya olvidamos entre el polvo de los calendarios. Los niños caminan con la levedad de quien no conoce el peso de las fronteras; en sus bolsillos guardan tesoros que el mundo adulto desprecia: una piedra con forma de galaxia, un hilo que sostiene el viento, la risa que desmantela, en un segundo, la arquitectura del miedo.
Míralos bien. Son el único puente que todavía no ha sido dinamitado por la lógica. En sus manos, el barro no es suciedad, es el génesis de una ciudad donde todos están invitados. No hablan el idioma del "no se puede", prefieren la gramática del asombro, ese dialecto de luz donde las preguntas son más valiosas que las respuestas de cemento. Son la esperanza no porque vayan a corregir nuestros errores, sino porque traen consigo la capacidad de inventar errores nuevos, más humanos, más verdes, más vivos.
Cuando un niño corre tras una mariposa, no está persiguiendo un insecto, está persiguiendo la libertad que nosotros canjeamos por relojes. Ellos son la tregua en medio de nuestra guerra contra el tiempo. Son pequeños faros que no necesitan combustible, pues brillan con la combustión interna del juego. Mientras haya un niño que mire al cielo y vea un dragón donde nosotros vemos una nube, el mundo tendrá una prórroga, una oportunidad de empezar de nuevo, de desaprender el frío y volver a habitar el fuego tibio de la inocencia.
Ellos no son el futuro que aguarda en una estación lejana; son el presente que nos sacude los hombros, recordándonos que, bajo las cicatrices de la madurez, todavía late un corazón capaz de estrenar el universo cada mañana. Ellos son la esperanza del mundo.
Imagen tomada de Pinterest
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