Lectura

El escribiente de la niebla

Por Prof. José Núñez · Venezuela · Biografía

El escribiente de la niebla
El escribiente de la niebla
(Basado en la vida y obra de Mario Briceño Iragorry) - Por el Prof. José Núñez

> Nota del autor: Este relato rinde tributo a uno de los ensayistas e intelectuales más importantes de Venezuela, un hombre cuyo pensamiento estuvo profundamente arraigado en los Andes venezolanos y que conoció el dolor del destierro político a mediados del siglo XX.
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En Timotes, un pueblo encaramado en los altos Andes venezolanos, la niebla no solo cae: se posaba sobre los tejados como una presencia viva. Mario la veía llegar desde el corredor de su casa, con un libro en las manos y el frío mordiéndole los huesos. No era una bruma ordinaria; parecía guardar memoria. Se enredaba en los aleros, olía a leña y a café recién colado, y a veces, si uno prestaba la atención debida, parecía susurrar historias de los caseríos vecinos, de los páramos donde el tiempo camina despacio.
Mario creció entre montañas empinadas que semejan gigantes dormidos. Su padre lo instruía en leyes e historia universal; su madre le inculcaba los valores y la fe de su tierra. Sin embargo, el muchacho prefería aprender el idioma secreto de la neblina. Una tarde, mientras practicaba sus primeras letras, una racha de bruma entró por la ventana abierta y se posó suavemente sobre su cuaderno. Lejos de mojar las páginas, dejó una palabra trazada con una caligrafía ajena, pulcra y firme: "Justicia".
Mario no se asustó. Quienes crecen en la montaña saben que lo extraordinario posee su propia lógica. Guardó el cuaderno, salió al patio y observó cómo las gallinas picoteaban el barro. Un vecino que pasaba conduciendo una mula cargada de papas lo saludó con respeto:
-Buenos días, niño Mario.
-Buenos días -respondió él, sintiendo que aquella palabra misteriosa le pesaba en el bolsillo del abrigo como una piedra pulida por el río.
Con los años, el muchacho se hizo hombre y el hombre se convirtió en escritor. Los caminos de la vida y las turbulencias políticas lo llevaron primero a Caracas y, más tarde, al exilio en Europa. Conoció grandes salones académicos, tribunas intelectuales y el amargo sabor del destierro. Pero cada vez que se sentaba frente al papel en blanco, la niebla de Timotes lo alcanzaba. Se colaba por las rendijas de cualquier habitación extranjera, traía el aroma de su infancia andina y le dictaba frases que su propia mente no había premeditado. Escribió sobre la libertad, sobre la historia de su patria y sobre el dolor colectivo de su pueblo. En cada página, sin que los críticos europeos pudieran notarlo, latía una gota de aquella humedad sagrada de los Andes.
Una noche, ya en el ocaso de su vida y en la soledad de una fría habitación de hotel, sintió que la niebla volvía a visitarlo. Esta vez no traía palabras escritas, sino rostros. Vio a su madre cosiendo junto a la lámpara, a su padre leyendo los clásicos, a los campesinos labrando los conucos de la montaña. Vio a su país entero, con sus ríos caudalosos y sus heridas abiertas. En ese instante comprendió una verdad ineludible: no era él quien escribía los libros; era la niebla. Él no era más que su humilde amanuense.
Mario Briceño Iragorry murió lejos de las cumbres que lo vieron nacer. Pero los habitantes de Timotes aseguran que, en las madrugadas en que la bruma desciende espesa y helada, todavía se alcanza a escuchar el leve rasgueo de una pluma sobre el papel. Los abuelos cuentan que es el niño Mario, que continúa escribiendo desde el misterio para que su pueblo jamás olvide quién es. Y la niebla, cómplice y eterna, se encarga de sostenerle el tintero.

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