Sin embargo, al poco andar, su presencia me demostró que no era así. Y sin darme cuenta, un día cualquiera comencé a preguntar. Y ya no pude parar de preguntarle.
Hoy, cuando ella ya no está, irónicamente creo saberlo todo de nuevo. Pero el silencio pesa: ya no tengo a nadie quien me pregunte.
Qué extraño es este vacío. Me quedé con las respuestas que nunca busqué y con las certezas que ya a nadie le importan. Ahora comprendo que lo valioso no era tener la razón, sino el simple hábito de asombrarse a su lado. Y aquí estoy, rodeado de un saber estéril, flotando en una quietud donde el mundo entero cabe en una sola pregunta que ya nadie responde.
Valoración: 0.0/5 (0 votos)
Comentarios
Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.