Abraham engendró a Isaac, y éste a Jacob, el cual engendró a Judá, que engendró a Tramar, Farás y Zará... De los tres, Farás engendró a Hesrom, del cual nació Aram. Aram engendró a Aminadab, que engendró a Naasón. Éste engendró a Salmón, el cual engendró a Rahab y Booz... De éste y Ruth nació Jobed, del cual nació Jesé. Jesé engendró al rey David, que, junto a la mujer de Urías (tuvo castañas la cosa) salió el sabio Salomón... De Salomón (no se sabe si con la reina de Saba) nació Roboam, y de éste, Abías. Éste engendró a Asá, y Asá a Josafat; Josafat a Joram, y Joram a Ozías, del que nació Joatam, que engendra a Acaz, el cual engendra a Ezequías, el cual engendra a Manasés... Luego, Manasés tuvo a Amós, y Amós a Josías; el cual engendra a Joconías y sus hermanos, durante la deportación del pueblo judío a Babilonia.
Tras dicha deportación, la ralea siguió: Joconías engendra a Salatel, así como éste a Zorobabel, y éste a Abinel, que a su vez tuvo a Eliaquim... Eliaquim engendra a Azor, Azor a Sadoc, Sador a Aquín, Aquín a Elinol - ya vamos llegando - Elinol a Eleazar, éste a Matán, Matán a Jacob, y - ya estamos - Jacob a José, "esposo de María, madre de Jesús, llamado el Ungido", que así termina.
Perdonen la retahíla, pero no he querido perderme un solo eslabón de la cadena, para que ustedes no se llamen a engaño, y aprecien el esfuerzo de investigación que realizó el tal Mateo, para demostrar el linaje puro de Jesús, naciendo desde el tronco fundacional del judaísmo, y pasando por ser de la estirpe real del rey David. En esas trabajadas 42 generaciones aparece cuatro mujeres que se las traen: Tamar, sucesivamente viuda de los hermanos Er y Onán, se disfraza de meretriz para acostarse con su suegro, Judá, y poder quedar embarazada (Génesis,38)... Otra de ellas, Rahab, era prostituta en Jericó, y trabajó de espía para Josué en la matanza y toma de la ciudad: "hombres y mujeres, viejos y jóvenes, bueyes y ovejas, y hasta los niños y bestias de carga, menos a Rahab y su familia" (Josué, 21,23)... Luego, ésta abandona el oficio, y es la que se casa con Salmón.
La más virtuosa, Ruth, ya la conocen ustedes: era una viuda pobre que apechaba con su suegra y recogía las espigas dejadas por los segadores de un campo que pertenecía a un lejano pariente suyo, con el que - como la Cenicienta - acaba casándose. Es, tras recibir las bendiciones de Noemí, su madre política, como era debido, ya que tenía en depósito su anterior voto matrimonial. Todo legal. (Ruth, 1.4). Ésta es la historia que más se cuenta, y será, digo yo, por lo virtuosa de la heroína de tal historia.
Betsabé, sin embargo, era la mujer de Urías, uno de los generales del Rey David, de la que se prendó el monarca. Tras enviar al marido a una operación suicida bélica para librarse de él, se encamó con la tal, y tuvieron un niño que murió a la semana de nacer (castigo de Dios, naturalmente). Luego, después, vendría nuestro sabio rey Salomón (Samuel, 11.12)... Este bendecido rey David tuvo más de sesenta hijos con las incontables mujeres de su serrallo, por lo que, bien se puede deducir que, catorce generaciones después, casi todo su pueblo de Israel fuera descendiente suyo. Escaso mérito entonces el ser galgo de su casta.
Cuento todo esto, aparte de sus pintorescas y agitadas vidas, porque, los estudios más avanzados en genética descubren que los caracteres hereditarios se transmiten por vía de mujer, no de varón. Las mitocondrias femeninas son las encargadas de transportar y traspasar el parentesco. Los hombres no somos mitocondriales... Así que la misoginia patriarcal puesta en el linaje de Jesús, que tanto trabajo costó al Mateo que fuera, fue un derroche inútil. Y las escasas mujeres aparecidas, a saber qué casta tenían, y de qué genealogía venían. No lo digo en plan de cachondeo, no me malinterpreten, es tan solo que la constatación de unos hechos muy derechos.
Pero la guinda del pastel, tras tamaño esfuerzo, es que, según la propia Iglesia que se apropió del relato para dogmatizarlo y venderlo, no cayó en la cuenta de que, según ellos mismos, san José no fue el padre biológico de aquél zagal, por lo que todo el constructo nobiliario se les viene abajo... La Casa de David, como tantas, tan solo es una etiqueta dinástica para lucir coronita en las tarjetas de visita... Leyendas aparte, el Hijo de Dios que vino a hacerse Hijo del Hombre (o al revés, que también vale) no tiene necesidad alguna de tales pamplinas. Su mensaje trasciende toda estirpe terrena. Su Evangelio no depende de genealogía terrestre ni pedestre alguna.
Uno de los lastres, y no pequeño, que aún arrastramos de nuestras creencias, es supeditar lo espiritual a lo material, cuando es precisamente todo lo contrario. Es la energía la que da forma a la masa, y conforma la materia, no al revés... El linaje, como el cuerpo, es "polvo que vuelve al polvo", pero no terminamos de entenderlo. De ahí nos viene nuestra adoración por las imágenes, nuestras procesiones y tradiciones. Pura imaginería, pura idolatría, pura materiología... Lo transcendente no reside en esas bagatelas a las que nos agarramos y nos esclavizamos, si no en aquello que nos libera el alma. Lo que está lleno de ritos y de mitos, de formas y normas, por lo contrario, nos la ata. Por eso y para eso mismo existen los dogmas.
"La repetición interminable, con cualquier excusa, nos ha estropeado la frescura, la ingenuidad y genuinicidad, y el sencillo encanto romántico del Evangelio. Cuando uno vuelve al original, es como salir de una casa estrecha y oscura para entrar a un jardín de lirios".
(De Profundis, de Oscar Wilde)
MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com
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