El ego quiere ser estrella.
La conciencia conoce el abismo.
Uno exige el universo a sus pies.
La otra contempla galaxias
y reconoce su propio tamaño ante el infinito.
El ego erige monumentos
con su propio nombre
y llama eternidad
al miedo de desaparecer.
La conciencia permanece
cuando el último aplauso se extingue.
Ninguna constelación se inclina.
Ningún planeta abandona su órbita.
Ninguna estrella interrumpe su muerte
para alimentar una vanidad humana.
Y aun así,
el ego construye tronos
sobre un suelo hecho de polvo cósmico.
Hasta que llega el silencio.
Y desgarra.
La máscara cae.
El nombre pierde importancia.
El orgullo se deshace
como una estrella colapsando
dentro de su propia oscuridad.
Queda la conciencia.
Desnuda.
Sin público.
Sin pedestal.
Sin testigos.
Solo el ser humano
ante su propio abismo,
bajo un cielo indiferente
e infinitamente hermoso.
En ese instante,
todo aquello que parecía grande
se vuelve pequeño.
Y aquello que permanecía oculto
comienza a respirar.
No hay trono.
No hay aplauso.
No hay universo particular.
Solo hay conciencia
contemplando el infinito
sin necesitar ser el centro de él.
J. Kasra - Todos los derechos reservados
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