Estábamos en semana de receso. Yasmany ya vivía en Las Veinte y andaba con esa soltura de quien conoce cada bache, y yo... bueno, yo vivía entre la ansiedad de la secundaria y las ganas de que las tardes no se acabaran nunca.
-¡Pa'l río, no hay de otra! -sentenció alguien, y no hizo falta más.
Partimos como una tropa en retirada hacia el Río de María. Íbamos los de siempre: los jimaguas con su energía inagotable, mi hermana, la sobrina de Yasmany y yo. El camino era una alfombra de polvo caliente bajo las chancletas, pero la promesa del agua nos empujaba. El río de María era el punto de encuentro, el límite invisible donde nos mezclábamos los de Las Veinte con los de Los Tramojos. A esa hora, la orilla era un hervidero de gente buscando un alivio que el aire ya no daba.
Nos metimos al agua y el mundo cambió. Pasamos horas entre el alboroto y la risa. Recuerdo las competencias de resistencia bajo el agua; nos hundíamos con los ojos apretados, aguantando el aire hasta que el pecho parecía que iba a estallar, solo para salir a la superficie jadeando y victoriosos. Tirábamos piedras para ver quién llegaba más lejos, y entre tiro y tiro, desgranábamos el día. Porque eso sí, en aquel grupo no había chisme que nos corriera una cuarta; nos sabíamos la vida y milagros de medio barrio.
Después de tres horas metidos en el agua, el calor se nos había olvidado, pero el frío empezó a pasarnos la cuenta. Teníamos los dedos de las manos, arrugados como pasas y los labios con un tinte azulado que tratábamos de disimular. Nos arrimamos a una piedra grande, todavía tibia por el sol, y el tono de la charla cambió.
-¿Ustedes supieron lo que pasó en el barrio ayer? -soltó uno de los jimaguas, bajando la voz como si el agua pudiera llevarse el secreto.
-¿Qué cosa? -preguntó mi hermana, abrazándose las rodillas para entrar en calor.
-Lo del vecino... el viejo que vivía cerca de la bodega. Dicen que no pudo más y se ahorcó en el patio de su casa.
Un silencio pesado cayó sobre nosotros, roto solo por el murmullo lejano de otros bañistas. La muerte siempre se siente más extraña cuando uno tiene catorce años y el pelo mojado. Yo estaba allí, tiritando, con las neuronas un poco congeladas por el frío y la impresión de la noticia. La imagen del hombre colgado se me instaló en la cabeza, pero de una forma torpe, fragmentada.
-¿Se ahorcó? -pregunté yo, con la voz entrecortada por un escalofrío.
-Sí, Yolaisy, se ahorcó -confirmó Yasmany seriamente.
Y entonces, sin pasar por el filtro del sentido común, solté la duda que me martilleaba el cerebro en ese instante:
-Pero... ¿se ahorcó cabeza y todo?
El silencio que siguió no fue de respeto, fue de incredulidad. Los jimaguas se miraron entre sí. Yasmany me miró como si me hubiera salido una tercera oreja.
-No, mi niña -soltó uno de ellos con una rapidez mental que todavía me duele de la risa-, la cabeza la dejó en la casa para que no le estorbara.
La carcajada que estalló en ese momento debió escucharse hasta Los Tramojos. Fue una explosión de risa liberadora, de esa que te dobla el cuerpo y te hace soltar el aire que te queda. Se me quitó el frío de golpe, pero de la vergüenza.
-¡Ay, Yolaisy, de verdad que tú eres una cosa seria! -decía mi hermana entre hipos de risa.
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