En la costa colombiana, en esa época de nuestra adolescencia, acostumbrada a ir de fiesta y paseos a algunas poblaciones cercanas donde hacían sus festividades con música de bandas con instrumentos de viento, abundante comida, la respectiva procesión de la parroquia, corridas de toros, baile en la plaza Mayor y otras costumbres propias de esos tiempos casi siempre acompañado de mis dos primos contemporáneos, Daniel y Miguelito (más de setenta años después, aún le seguimos llamando "Miguelito")
En esa oportunidad le tocó el turno a Usiacurí, una pintoresca población situada a tres horas de Barranquilla. Antes de llegar a Usiacurí quedaba Baranoa, que distaba casi una hora por de nuestro destino.
Dado el entusiasmo de nuestra edad y que cada uno bailaba en el Centro de la Plaza animadamente con su respectiva y joven pareja, el tiempo se nos fue volando y el último transporte salió del pueblo dejándonos allí varados casi ya muriendo la tarde.
No había otra alternativa. Tocaba camina más de una hora por el centro de la estrecha y oscura carretera y para resumir, cuando la única compañía era uno cielo tapizado de estrellas y un concierto de grillos, dio la casualidad que un pequeño camión que transitaba a esa hora por la carretera, probablemente compadecido por los tres jóvenes, le pedimos un aventón al pueblo cercano. Las barandas eran de madera y teniendo en cuenta la habilidad propia de la adolescencia, medio se detuvo, cuando rápido saltamos y ya íbamos acomodados allí los tres adolescentes.
En el piso del camión iba amarrado un toro de más de cuatrocientos kilos que iba a ser sacrificado en el pueblo vecino. El transporte por ser utilizado periódicamente como transporte de ganado, debía tener por lo menos una capa de diez centímetros de estiércol líquido en el piso y minutos más tarde el toro barrió el piso del camión con el rabo, como si se tratase de una especie de potente limpia parabrisas. La ola fue absoluta y certera.
Los tres llegamos al pueblo siguiente bañados completamente de pies a cabeza, al ser bautizados por la puntería del toro...
En el primer negocio abierto presurosos, compramos loque hubiese disponible en esa época para improvisar una ligera ducha por lo menos del rostro y un poster gigante pegado en la pared retrataba la bebida refrescante de "Seven Up".
El muñequito Fido Dido de pelo crespo, blanco y rizado, parecía decirnos con sorna: Fresco, ¡¡¡¡Sé tú mismo!!!!
Esos recuerdos de juventud, ciertamente nos trasladan a ese pasado genial,