Los siglos pasan - y algo permanece, un fruto secreto que madura en lo imposible, una pulsación que atraviesa la noche hacia lo indecible.
La música abre sus venas, y el infinito se derrama sobre la tierra con la memoria de un beso que nunca murió, el hambre de dos almas sin reposo.
En algún lugar, bajo otra luna, un corazón recoge el mismo ardor, y aquello que jamás tocó la piel convierte la eternidad en su propia carne.
Ah, ese amor que no cabe en el mundo, que rompe las horas con dientes de fuego, que hace de la distancia una herida sagrada y del silencio un océano entre dos bocas.
Ningún siglo pudre sus raíces. Ninguna muerte devora su misterio.
Hay almas que el tiempo separa,
pero ni la eternidad consigue
hacerlas olvidar que se pertenecen.
J. Kasra - Todos los derechos reservados.
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