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GUARDADO EN EL PATIO

Por Francisco Araya Pizarro · Chile · Ciencia Ficción

GUARDADO EN EL PATIO
Este año el cuervo del tendedero aprendió a abrir el cerrojo del gallinero, y yo todavía no sé si debo sentirme orgullosa de él o asustada de mí. Me llamo Remi Arteaga y tengo cincuenta y ocho años. Durante treinta años fui correctora de pruebas en una editorial pequeña de Valdemora. Mi trabajo consistía en cazar erratas, las comas fuera de sitio, las palabras que se parecían tanto entre sí que nadie notaba la trampa. Ahora tengo una libreta en la cocina donde apunto las palabras que se me escapan. Ayer escribí "sartén" y "cuchara" en la primera página, porque se me habían ido durante el desayuno y tardaron casi una hora en volver. Nadie lo dice en voz alta, pero todos lo sabemos. Primero fue lo de los animales, y eso lo celebramos como si fuera un regalo. Los perros empezaron a entender frases largas. Las gallinas se organizaban en turnos para vigilar el corral. Un biólogo salió en la tele muy emocionado hablando de "una aceleración evolutiva sin precedentes", y mi hermana Luz brindó con vino. Tardamos en conectar los hilos. La gente olvidaba las claves del banco, se saltaba pasos al hacer una receta, tardaba más en terminar un crucigrama que antes resolvía mientras escuchaba la radio. Se hablaba de cansancio, de estrés, de la edad. Hasta que los números llegaron a los periódicos y ya no hubo manera de llamarlo cansancio.
Los médicos lo llaman la regresión, un nombre feo, pero exacto. No duele. Desconcierta, no hay fiebre, ni temblores, ni urgencias, solo una marea muy lenta que se lleva las cosas sin ruido, de las más complejas a las más sencillas. Lo curioso es lo que deja atrás. Lo reciente se borra primero: qué día es, si tomé la pastilla, dónde dejé las llaves. Pero la infancia se queda nítida, como si la cabeza, al aligerarse, dejara a la vista los cimientos.
Anoche, por ejemplo, me desperté a las tres sin saber en qué año estaba. El olor me llevó enseguida al patio de la casa de mi abuelo, en la calle de los Naranjos. Tenía un limonero enano en una maceta y una pileta de piedra donde él lavaba las herramientas. Yo tendría seis años y me sentaba en el borde de la pileta a mojarme los pies, con el vestido amarillo que mi madre me había cosido y que me picaba en la espalda. Mi abuelo silbaba siempre la misma canción, una tonada sin letra que no he vuelto a oír en ningún sitio. La recordé entera, nota por nota, a las tres de la mañana, mientras no podía recordar el nombre de mi propia calle.
Lo apunté en la libreta: Abuelo. Pileta. Limonero". Después añadí: "No olvidar la canción". Y entonces la tarareé bajito para que no se perdiera, como quien mete una moneda en un bolsillo hondo.
Mi hija Julina viene los martes y los viernes. Tiene veintiséis años y sigue en forma, por ahora, como casi todos los jóvenes, aunque los análisis dicen que a ellos también les llegará, más despacio. Se sienta a mi lado, me trae la compra y me hace preguntas disfrazadas de conversación para medir hasta dónde ha avanzado la marea. Hace como que no las mide. Yo hago como que no lo noto. Es un pacto muy delicado, de esos que se sostienen con cariño y con un poco de teatro.
-"Mamá, ¿te acuerdas de lo que cenaste ayer?".
-"Sopa" -dije el viernes, porque era la respuesta más probable.
-"Eso fue el martes".
-"Entonces algo parecido".
Se rió, y yo me reí también; la risa todavía me sale. Luego le conté lo del patio, el vestido, la tonada. Ella escuchaba muy quieta, con la barbilla apoyada en la mano.
-"Tararéamela" -me pidió.
La tarareé. Me salió algo temblona, pero era la misma. Julina cerró los ojos.
-"Me suena" -dijo-. "Creo que me la cantabas tú cuando eras pequeña".
No me acordaba de eso. Fue un descubrimiento extraño, saber que yo había heredado una canción y se la había pasado a mi hija sin darme cuenta. Que ya viajaba por dentro de ella, incluso aunque a mí se me acabara el camino.
Aquella tarde, mientras ella fregaba los platos, salí al balcón y miré al cuervo. Estaba posado en la barandilla con la cabeza ladeada, evaluándome con un ojo oscuro y brillante. Llevaba en el pico un trozo de alambre doblado en gancho. Me observó un rato largo, soltó un graznido corto y se fue volando hacia los tejados sin prisa, con la seguridad de quien tiene asuntos importantes que atender. No sentí envidia. Me sorprendió no sentirla. Pensé que alguien tenía que heredar la tierra, y que quizá no estaba mal que lo hiciera una criatura capaz de abrir cerrojos con paciencia. Lo único que de verdad me dolía era otra cosa más pequeña: que al cuervo nadie le había contado nunca cómo era el limonero de mi abuelo. Por eso empecé a escribirlo todo para Julina, en cuadernos de tapa blanda que compro en la papelería de la esquina, con una letra grande y redonda que cada semana sale un poco más grande. Escribo cómo olía el patio después de la lluvia, el sabor del pan con aceite que me daba el abuelo, el día en que me caí del columpio y él me curó la rodilla con agua y una mentira piadosa. Escribo la tonada con palabras inventadas, a ver si así se queda: "Tararí, tararí, tara".
Hay noches en que no me reconozco en lo que escribo. Pero la niña del vestido amarillo, esa sí, esa es mía. Me espera siempre en el borde de la pila, con los pies colgando y el sol de mediodía en la cara.
El viernes pasado Julina se llevó el primer cuaderno. Lo guardó en su bolso con las dos manos, como se guarda algo que puede romperse.
-"Lo leeré despacio" -prometió.
-"Léelo en voz alta" -le dije-. "Las cosas se quedan mejor cuando alguien las dice".
Se me hizo un nudo en la garganta, y no supe cómo se llamaba aquello, esa mezcla de gratitud y de miedo. Ya no tenía la palabra. Pero el nudo seguía allí, tan exacto como siempre, y comprendí que algunas cosas no necesitan nombre para quedarse.
Esa noche me dormí tarareando. Y en el sueño volví al patio, donde mi abuelo silbaba mientras lavaba las herramientas, y no me preguntó qué día era, ni cómo me llamaba, ni cuánto había olvidado. Solo levantó la vista y me dijo, como entonces:
-"Ven, niña. Moja los pies, que hace calor".

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Comentarios

Prof. José Núñez

¡Qué bueno!
Más que ficción, es vida real.
Gracias por compartirlo. Recibe un abrazo desde Venezuela.

Francisco Araya Pizarro

Gracias por tus comentarios....

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