Lectura

El Terrado del Tiempo

Por Panfilo Garcia · México · Misterio

EL TERRADO DEL TIEMPO


La historia que voy a narrar es por demás extraña y a muchos les parecerá mera ficción. Sin embargo, quienes vivieron aquellos años en la región aseguran que este acontecimiento sucedió realmente.
Asimilarlo no es fácil; dilucidarlo tampoco.
-Octavio, date prisa. Tenemos que terminar de subir el maíz al terrado. Allá por La Florida se mira una nube muy fea. No sea que se nos venga pa'cá y nos arruine la tarde hijo -decía don Agustín a Octavio, su hijo, mientras observaba el horizonte.


-Sí, papá. Estoy terminando de amarrar el último costal para subirlos. A ver si ahora sí, don Martiniano, nos da un buen precio. Nuestro maíz está bien chulo.


-Sí, hijo. Dios mediante, así será. El maíz es de primera calidad y nos urge el dinero, porque en la cooperativa ya no van a esperar más con los pagos del arado; no quiero seguir pagando esos cochinos intereses.


Este era el diálogo que sostenían padre e hijo en la orilla de la parcela. El calor sofocante y el ambiente árido, de la época, envolvían con pequeños remolinitos de polvo la milpa donde trabajaban.


Agustín recién había cumplido setenta años; Octavio estaba cerca de cumplir veinticinco. Su padre le puso Octavio en honor a su abuelo, que durante toda su vida también había amado sus tierras.


Toda su infancia había transcurrido entre la escuela y las labores del campo. Su madre había fallecido cuando él apenas tenía dos años, y don Agustín lo había criado haciendo las veces de padre y madre. Siempre lo llevaba consigo a la tierra de labor. No para que ayudara, sino para no dejarlo solo en casa. Además, la compañía del niño siempre resultaba reconfortante para él.


Así fue como Octavio creció: estudiando por las mañanas y acompañando a su padre a la parcela por las tardes. Le gustaba estar allí. El olor de la hierba, el rocío humedeciendo su ropa y el trinar de los pájaros entre las espigas constituían para él un verdadero remanso de paz. Sin embargo, su constante preocupación era ver cómo su padre se desgastaba cada día más después de tantos años de trabajo.


Pensaba con frecuencia: "No me gusta ver a mi viejo trabajar desde el amanecer hasta el último rayo de sol, agotado y esperando que este año la cosecha tenga un precio justo".


Pero para aquellos campesinos cada año era igual: sembrar, cultivar, cosechar y tratar de negociar un precio aceptable en la cooperativa. Y siempre ocurría lo mismo. El comprador imponía las condiciones, el campesino entregaba un año entero de esfuerzo y apenas recibía lo suficiente para sobrevivir. Luego el ciclo volvía a repetirse.


Octavio observó por un instante la nube que su padre le había señalado y murmuró para sí:


-Tal parece que esa nube es tan negra como la suerte que corremos los hombres del campo.


Embebido en aquellos pensamientos, se echó el costal al hombro y se dispuso a subirlo al terrado.


Al llegar a lo alto de la escalera, lo golpeó de frente ese olor característico a humedad encerrada. Solo subía allí una vez al año, al terminar la cosecha, a depositar el grano. Durante el resto del tiempo, la trampilla permanecía cerrada.


Avanzó unos pasos tratando de acostumbrarse a la penumbra para encontrar dónde descargar el costal. Con esfuerzo lo dejó caer en una esquina. Entonces escuchó un sonido seco y metálico. Intrigado, buscó con la mano aquello que había producido el ruido. En un recoveco del terrado encontró una pequeña caja metálica, oxidada y decolorada por el paso de los años.


-¿Qué podrá ser esto? ¿Algún cachivache de mi papá?


La tomó entre sus manos y trató de abrirla. Las bisagras parecían soldadas por el óxido. Mientras trataba de abrir esa misteriosa caja, su pensamiento evocó sus años de infancia. "Aquí venía con mi primo Miguel, cómo nos divertíamos en venir a poner esas trampas para ratones que inventábamos"; y su rostro se esbozó vagamente con una sonrisa.


Después de varios intentos por fin logró abrirla.
Bajó rápidamente por una linterna y volvió al terrado. A la tenue luz del haz amarillento descubrió que dentro había una vieja libreta con hojas decoloradas.


La abrió. En la primera página encontró una fecha: 1 de junio de 2050.


Octavio sintió un escalofrío. Lo que más le sorprendió no fue la fecha. Fue la caligrafía. No se parecía a la suya; era exactamente la suya. Tembloroso, comenzó a leer:


"Anoche fue una noche tormentosa. El cielo desató toda su furia y dejó caer sobre estas tierras un diluvio como jamás había visto. Hoy vi con profunda tristeza los estragos causados por la tormenta. Todo está perdido".


La parcela de don Agustín, antes fértil y vigorosa, yacía bajo el agua acumulada por la tormenta.


Eso era todo lo que decía la primera página. Con creciente nerviosismo pasó a la siguiente: 11 de junio de 2050.


"No se pudo rescatar nada de la cosecha. Hoy tuve que vender los terrenos de la barranca a don Juan de la Portilla. Cuánto dolor le habría causado esto a mi mujer si aún estuviera conmigo".


Octavio tragó saliva. Volvió a pasar la hoja: 21 de junio de 2050.


"Yo, Octavio Serrano, dejo a mi hijo Agustín Serrano, todo cuanto poseo. Le dejo el contenido del baúl que he escondido en el terrado, justo bajo el pilar que sostiene la lumbrera del pesebre, así como la parcela y esta casa. Todo cuanto tengo es producto de la venta de mis tierras realizada días atrás. La gente está desesperada. Las cosechas se perdieron. Han comenzado los saqueos y los robos en toda la región. Por eso escondí mis bienes en este lugar. Espero que mi hijo tenga con qué sobrevivir a estos tiempos tan difíciles".


Octavio quedó lívido. Sentía que el corazón iba a salírsele del pecho. Aquella libreta estaba escrita con su letra, llevaba su nombre y estaba fechada varias décadas en el futuro.


Con la linterna en la mano se dirigió al fondo del terrado. Buscó el pilar mencionado en el texto y tiró de él con todas sus fuerzas. Tras varios intentos logró moverlo. Entonces lo vio: un pequeño cofre de madera reforzado con dos cinchos metálicos. Corrió por una barreta y consiguió abrirlo. Dentro encontró una considerable cantidad de monedas antiguas. Más de las que jamás había visto reunidas en toda su vida. Bastaba para asegurar los gastos de la finca por muchos años.


En ese momento escuchó la voz de su padre.


-¡Octavio, hijo! ¿Por qué tardas tanto?
-¡Ya voy, papá! ¡Enseguida bajo!
Apagó la linterna, tomó el pequeño baúl de madera y descendió por la escalera.


-Mira, papá. Encontré esto en el terrado.


Don Agustín observó el contenido del cofre con asombro y frotándose los ojos como si despertara de un sueño, preguntó:


-Pero, ¿qué es esto, m'hijo? Creo que esa caja se utilizaba para guardar ahí las tijeras y cosas que se requerían para trasquilar las borregas. En esta casa nunca hemos tenido una moneda de más... Esto debe ser un verdadero milagro del cielo.


Padre e hijo se abrazaron emocionados. Por un caprichoso azar del destino, los problemas económicos se resolvieron en ese instante y en ese terrado.


Los años siguieron su curso. A don Agustín, poco a poco le fue mermando la salud y, en una fría noche de julio, murió pacíficamente rodeado de todos aquellos que lo amaban.


Octavio, desde ese momento se hizo cargo de todos los menesteres de la finca y la parcela. Sin embargo, hubo un tiempo en que siguió una vida desordenada y de libertinaje.


Tomaba alcohol en exceso y le dio por las apuestas y las carreras de caballos. Situación que lo puso en verdaderos apuros de salud y de dinero.


Ya sin la autoridad de don Agustín, no había quién le impusiera respeto.


Pero llegó el momento en que alcanzó un grado de consciencia y madurez, que le hizo cambiar ese nefasto estilo de vida que ya llevaba.


Por fin, un buen día, se casó con una linda jovencita del pueblo; tuvo hijos y, en memoria de su padre, llamó Agustín al mayor de ellos. Octavio, poco a poco, también fue envejeciendo.


Una tarde, ya convertido en un anciano y habiendo reunido una nueva fortuna para reponer lo que usó en su juventud, subió al terrado. Llevaba en una mano una libreta y, bajo el brazo un pequeño cofre metálico. Con la otra sostenía fatigado un viejo baúl de madera.


Se secó el sudor de la frente con un pañuelo y tomó un minuto para recuperar el aliento.


Localizó la viga que soportaba el pesebre y, en silencio, acomodó el baúl de madera bajo ella.


Luego colocó cuidadosamente la libreta dentro de la pequeña caja metálica oxidada y la dejó en el mismo recoveco donde la había encontrado tantos años atrás.


Observó por última vez la milpa a través de la trampilla. Sonrió. Todo estaba hecho.


-Te amo, papá.


Cerró la trampilla y sepultó en la oscuridad el misterio de aquel cuaderno, cuyo verdadero origen jamás perteneció al pasado ni al futuro, sino al bucle eterno de la vida.


FIN

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Comentarios

Hugonote

La historia es real, pues todas las capsulas del tiempo que he ido dejando se han perdido o han sido ya abiertas.