A mediados del siglo XX, Toluca estaba en plena expansión industrial. Ya estaban asentadas aquí muchas fábricas, ya que los empresarios apostaron por este territorio aún virgen para hacerla emerger como una de las ciudades más industrializadas del país.
Ya tenía su estación del ferrocarril y la cercanía con la capital de la República prometía auge y prosperidad. Era el año de 1956.
Nos contaba mi papá que, en ese año, sucedió un hecho que pudo haber cambiado la historia de Toluca en su vida política tal como la conocemos.
Nos relataba cómo dos buenos periodistas habían perdido la vida por querer cambiar y corregir la podredumbre en la vida gubernamental y administrativa de la capital del estado. Sentados alrededor de él, escuchábamos con atención su relato.
Gustavo trabajaba en un periódico de edición semanal en la ciudad de Toluca. -decía mi papá -
Cubría la página de política y, eventualmente, la nota roja.
El editor lo consideraba un buen reportero, aunque algunas veces lo exasperaba el exagerado criterio y juicio moral que Gustavo profesaba.
Era un periódico de tiraje muy pequeño y muy pocos anunciantes. Para ser realistas, el periódico sobrevivía de la compra de voluntades que recibía de parte de las oficinas gubernamentales por las buenas notas que el periódico emitía referentes al trabajo político y social del gobierno en turno.
Pero hay un problema: este día marcará un antes y un después en la angustiosa vida de Gustavo como periodista.
La imagen que tiene el lector de esta noble profesión, es la de una vida espabilada, perspicaz y colmada de juergas y esparcimiento. ¡Nada más carente de realidad! Hay veces que este cometido, el de informar; suele ser un mundo brutal, un mundo casi suicida, en que el columnista, en el afán de informar, no escatima riesgos y busca la primicia, aún a costa de su propia vida.
Por la mañana, Gustavo había tenido una discusión con su editor. Le recriminaba el haber escrito una nota sobre el alcalde de un municipio que no le era favorable y Gustavo defendía que la nota era objetiva, que debía imprimirse tal cual.
Salió de la oficina del editor con un mal sabor de boca; pensando que la noticia que estaba sobre su escritorio iba a incomodar aún más a su jefe.
"Tenía la certeza absoluta de que el candidato a la gubernatura del Estado y líder en las encuestas electorales tenía un horroroso pasado" y que de salir a la luz, irremediablemente perdería en las próximas elecciones; eso, si es que por ese delito no fuese condenado a prisión.
Gustavo, en esa tarde, era un verdadero manojo de nervios debido al estrés al que estaba sometido.
Repiqueteó su teléfono en el escritorio mientras hurgaba en sus archivos algo referente a la nota de ese día que el editor le pedía.
Levantó el auricular -¡hola!
-¿Cómo estás, Gus? -se oyó la voz por el teléfono. Reconoció de inmediato a su amigo Nemesio, reportero que cubría la nota roja en otro periódico-. Tengo una bomba, carnal.
Lo que nuestro informante nos dijo, es absolutamente cierto.
El candidato está involucrado en algo sumamente turbio y ya tenemos las pruebas necesarias para demostrarlo. ¿Nos vemos en el café, a las ocho de la noche? Te las muestro, las analizamos y a ver qué hacemos.
-¡Claro que sí! -respondió Gustavo-. Te veo a las ocho.
Gustavo salió de las oficinas del periódico a las 7:30 p.m.
Estaban ubicadas a un lado de la iglesia del Carmen, a unas...cuatro cuadras de los Portales, lugar donde estaba el café que frecuentaba con su amigo Nemesio.
La noche era fría, pero con poco tráfico. En ese tiempo, en la ciudad de Toluca había poco flujo vehicular. El viento del norte que soplaba del cerro de La Teresona, le golpeaba fuertemente en la cara, como si quisiera evitar su encuentro con Nemesio.
A buen paso llegó al café de Los Portales a las ocho menos diez. Nemesio ya lo esperaba en la mesa que acostumbraban ocupar.
-¿Cómo estás, amigo? -saludó Gustavo- ¿Tenemos una bronca, verdad? -¡Cállate la boca, Gus, estamos en un problemón! Nos quieren callar por las buenas o por las malas, -respondió Nemesio dando una bocanada a su cigarro y mirando visiblemente nervioso a su alrededor-. Están enterados de todo, amigo. Yo, la mera verdad, temo por mi vida y la de mi familia. ¿Qué hacemos, Gus? ¡Mira! Nos mandan esto. Y le mostró a Gustavo un sobre manila. Dentro había un fajo de cien billetes de a cien pesos, liados con una liga de hule.
Una pequeña fortuna para esos tiempos en que el sueldo de un reportero era de $600.00 a $800.00 mensuales. -La mitad para ti y la otra para mí -Añadió Nemesio-
Nos mandan decir, que si esto no cubre el silencio, quizá nos alcance para nuestro funeral.
¿Qué dices? ¿Nos la jugamos?
-¡no lo sé, Nemesio! -replicó Gustavo-. Ante todo está el deber y nuestros principios. -¿Dónde tienes el rollo de las fotografías, amigo? -preguntó Gustavo-. Ese material es una dinamita pura y si no tenemos cuidado en manejar como se debe este asunto, puede explotarnos en la cara -. Lo tengo bajo resguardo, no te preocupes -contestó Nemesio-. Esto es algo que marcará nuestras vidas por siempre, Nemesio. Ya hasta estoy pensando que hay algunas crónicas en el periodismo que es preferible ignorar.
Pero en fin, Dios dirá.
¡Vámonos, amigo! Mañana, con más calma, pensaremos qué hacer.
-¿Dónde está tu coche? -preguntó Gustavo-. En Pedro Asencio...vámonos.
Salieron del café pasadas las nueve de la noche y caminaron por los Portales hacia Pedro Asencio, donde estaba el automóvil de Nemesio.
Los dos iban callados y taciturnos, embebidos en sus propios pensamientos. ¿Qué deberían hacer? ¿Cumplir con su deber? ¿Tomar el dinero y largarse? Las ideas se agolpaban cruelmente en su cerebro y no se ponían en orden para desenmarañar el lío en que se habían metido.
Abordaron el auto de Nemesio, un bonito Ford Fairlane modelo 1950. Tomaron la calle de Hidalgo hasta La Alameda y dieron vuelta en Andrés Quintana Roo, rumbo a la colonia Sánchez, que era donde vivían. De hecho eran vecinos, los separaba sólo una calle.
En el auto, cada quién iba pensando cómo dar solución a la maraña donde se habían metido, conscientes del peligro que corrían por haber metido la nariz donde no debían.
Pasaron por La Alameda y llegaron a Lerdo; fue lo último que vieron sus ojos. Se escuchó una dantesca explosión que hizo volar el automóvil por los aires...
A la mañana siguiente, los diarios daban la noticia a ocho columnas. "Mueren dos periodistas". El automóvil en el que viajaban explotó debido a una fuga de combustible. Según la versión de las autoridades de tránsito; un corto circuito, alcanzó la manguera que alimenta al carburador y, como consecuencia, sobrevino la explosión donde de manera inmediata murieron sus ocupantes.
Cabe señalar que en los restos del vehículo fueron encontrados numerosos billetes de cien pesos, parcialmente quemados, lo que según las autoridades hace pensar que era dinero mal habido.
Por otro lado...el candidato a la gubernatura del Estado de México por el partido en el poder mantiene una ventaja inalcanzable de sus más cercanos adversarios. "Decía la anotación en el periódico".
-Eso es exactamente lo que pasó, hijos. Nos dijo mi papá. Nadie se acordó de ellos jamás. El candidato ganó las elecciones y la vida siguió su curso como si nada.
Mi padre guardó silencio unos segundos antes de concluir:
-Por eso les digo que hay crónicas que es mejor olvidar.
Fin.
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