Lectura

Los que ya estabamos

Por Prof. José Núñez · Venezuela · Histórico

Los que ya estabamos
Los que ya estábamos (Por el Prof. José Núñez)

El calendario de nuestra escuela marcaba el inicio de octubre y, con él, el aire se saturaba con el olor a pegamento, creyones y cartulina. En las paredes, descascaradas por el tiempo y el calor, las maestras colgaban carabelas de papel que parecían flotar sobre un mar de tizas de colores. La Niña, la Pinta y la Santa María conformaban la coreografía de cada año: trazar rutas de viajes oceánicos y repetir, como un rezo costumbrista, que en 1492 el mundo finalmente se había completado porque alguien, desde la proa de un barco, decidió "descubrir" este lado del planeta.
Mariela, la vieja bedel de nuestra escuela -quien había visto pasar generaciones de estudiantes con las suelas de los zapatos desgastadas-, observaba los mapas con un desdén que era mitad cansancio y mitad sabiduría. Para ella, esa palabra, "descubrimiento", pesaba más que un ancla. Decir que estas tierras fueron descubiertas era como afirmar que los ríos no corrían hasta que alguien les puso nombre, o que nuestros Quiriquires vivían en una pausa eterna, esperando que una mirada ajena les diera el permiso de existir.

En el salón de sexto grado, la maestra Arelys sostenía el libro de texto. Las páginas presentaban un hallazgo heroico, casi solemne, omitiendo la tensión del choque violento. No se leía allí sobre la invasión que desarticuló lenguas y creencias, sino sobre un encuentro de vecinos que parecían compartir un café en lugar de una tragedia. Arelys miró a sus muchachos: rostros de pómulos altos y ojos azabaches que luchaban por reconocerse en el espejo de una historia que siempre los ponía del lado del espectador. Se les enseñaba a identificarse con el que llega, relegando lo ancestral a lo pintoresco, un adorno del pasado frente a la "civilización" que siempre venía de afuera.

-¿Saben? -dijo la maestra Arelys, cerrando el libro con un golpe seco que levantó una mota de polvo-. La resistencia no solo fueron lanzas. Fue la capacidad de nuestros abuelos para susurrar sus saberes y mantener vivos sus idiomas y costumbres a pesar de la imposición.

Mariela, desde el pasillo, asintió en silencio. Entendía que mantener el relato del descubrimiento era el camino sencillo, pero que condenaba a los muchachos a una identidad fragmentada. Reconocer la herida era el primer paso para sanarla.

Aquel octubre, las carabelas de cartulina siguieron allí; pero, en el centro del salón, la maestra Arelys permitió que brotara otra historia. Una donde la escuela dejaba de ser un eco de la conquista para convertirse en un puente. Porque la verdadera pregunta no era qué pasó hace cinco siglos, sino si aquellos niños seguirían creyendo que su historia comenzó desde un barco o si se atreverían, por fin, a contar la crónica de quienes nunca dejaron de mirarse a sí mismos.

Valoración: 5.0/5 (1 votos)

Comentarios

Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.