Lectura

Cenzontle

Por Panfilo Garcia · México · Otros

El cenzontle

Miguel está sentado en el sofá de la habitación que tiene rentada, con los ojos cerrados y la frente apoyada entre las manos.

A su lado hay una guitarra española, un pequeño amplificador y, en él está conectado un micrófono que cuelga desparramado entre el enredo de cables.

Miguel es un músico venido a menos. ¿Su pasión? Es cantar y componer música. Sin embargo, las cosas no van nada bien en su afán por componer y cantar una de sus canciones.
Los fines de semana trabaja en un pequeño bar situado a las afueras de la ciudad, amenizando el ambiente con la música que interpreta.
Pero siendo realistas nadie le presta atención.
En el bar, a esa hora, la mayoría de los clientes están ebrios o ensimismados en sus propios pensamientos.

Recibe una modesta paga, pero es suficiente para cubrir la renta donde vive y con el resto comprar sus alimentos.

Afuera se escuchan los molestos bocinazos de los autos y el estridente volumen del perifoneo anunciando algún evento o, tal vez, un producto de esos que no sirven para nada.

Se levanta molesto, toma su guitarra y una mochila.

"Voy al bosque, tal vez allí encuentre un poco de inspiración" pensó Miguel.

El pequeño bosquecillo que frecuentaba se hallaba a unos treinta o quizá cuarenta minutos desde su casa; pero le gustaba caminar y así despabilar sus sentidos.

Compró unos cigarrillos y una botella con agua en una tienda de conveniencia y siguió su camino.

Llegó al bosque y se sentó en su lugar favorito, bajo la sombra de un frondoso roble a la orilla de un desfiladero, desde donde se observaba en su totalidad la cañada que le decían "del Conejo".
¡Hermoso lugar!
El pequeño bosque de abetos y robles rodeaba a toda la cañada por la cual fluía un prístino riachuelo que parecía jugar al golpear con sus minúsculas olas las rocas que se cruzaban en su camino.

Sacó de la mochila la botella con agua, prendió un cigarrillo y tomó la guitarra.

Pulsó un acorde que le encantaba, un "Bsus4" y notó una pequeña distorsión producida por la segunda cuerda afinada un poco más baja de lo normal.
Afinó un poco la cuerda y tocó otro acorde.

"Bien" pensó.

En esa acción estaba, cuando escuchó un hermoso y fantástico trino de un ave que estaba posada en una rama del roble donde él se recargaba.

Puso la guitarra a un lado y puso atención al canto del pájaro.
"Es un cenzontle", pensó, "el pájaro de cuatrocientas voces", ¡qué precioso trina!
Y se concentró en escuchar la melodía del pájaro.

Un tono, luego otro, después otro.
¡Vaya! Era un sinfín de tonalidades que emitía el bello animalito.

Estaba embelesado escuchando ese mágico coro de voces de aquel pajarillo, que le gritó emocionado.

-¡Qué hermoso cantas, criaturita de Dios! ¡Cuánto daría por cantar como tú!

¡Dios sabe que lo he intentado hasta el cansancio, pero no puedo!

Cómo desearía tener ese rango vocal que tienes. Sería el hombre más feliz del universo. -dijo Miguel.

-¿Por qué quieres cantar como yo?
Tú tienes una voz muy hermosa, fuerte, varonil. -preguntó el ave desde la rama del roble-

La mía es apagada y delicada. Basta un ventarrón para que quede afónico por días.

En cambio tú estás en la flor de la vida, robusto y fuerte como ese roble donde estás recargado.

Miguel sorprendido, le preguntó:
-¿No eres feliz con ese hermoso coro de voces que tienes?

-Voy a confesarte algo, -dijo el cenzontle un poco compungido-:

doy conciertos diariamente y no tengo aplausos, no tengo paga; pero tampoco busco fama.

Sólo quiero llegar sano a casa y un beso del viento para ser feliz.
¡Mira!
Te voy a confiar algo muy íntimo.
Yo a veces me siento triste. ¿Sabes por qué?

Porque no tengo una voz propia y verdadera. Quizá por eso imito todos los sonidos que escucho en el bosque.

En cambio tú tienes una voz que aunque limitada, es muy personal y única. A mí me parece hermosa.

Pero siempre deseamos poseer lo que otros tienen y no valoramos el tesoro intrínseco que portamos en el espíritu.
-Hizo una pirueta en el aire y prosiguió.

Todos los que vivimos en este bosque no nos avergonzamos ni presumimos de lo que somos.
El puerco espín, el sapo del arroyo, el hermano tlacuache: nunca se quejan y dicen, ¡ay, qué feo estoy!

Tampoco el pavo real, el cardenal y el iridiscente quetzal, dicen, ¡Oh, Dios mío, qué bello soy!

Todos, desde el diminuto escarabajo hasta el imponente jaguar, tenemos una función importante en este hábitat. -Concluyó-

Miguel se acomodó un poco en el tronco del árbol y se puso a cavilar lo que aquel pajarito decía.

-¡Absolutamente tienes toda la razón, amigo!

Continuaré esforzándome en alcanzar mis sueños, pero si no se dan; seguiré siempre con firmeza aceptando lo que soy.

Recordaré por siempre la lección. Soy un organismo vivo, único e irrepetible.

Que la verdadera ventura no está en desear los dones ajenos, sino en descubrir los que habitan en nosotros.

¡Hasta la vista, amiguito!

Miguel guardó la botella
vacía en la mochila, tomó su guitarra y emprendió el camino de regreso.

Mientras descendía por la cañada del Conejo, tarareaba una nueva melodía.
Por primera vez en mucho tiempo, no intentaba cantar como alguien más.

Iba cantando como Miguel.

Fin

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