Lectura

Los globos del olvido y el viento del recuerdo

Por Prof. José Núñez · Venezuela · Historia real

Los globos del olvido y el viento del recuerdo
Los Globos del Olvido y el Viento del Recuerdo (Por el Prof. José Núñez)


Desde que la memoria de Pepe, un muchacho de ojos claros y alma inquieta, tenía recuerdo, su abuelo siempre fue ese faro de colores en medio del bullicio. Su padre, un fantasma sin rostro, y su madre, una sombra en la casa... Para él, sus padres nunca llenaron el vacío que el viejo don Francisco, con sus globos y su sonrisa, había colmado en el corazón del pequeño. Para Pepe, sus padres siempre fueron sus abuelos.
-¡Globos, globos, para los niños y los enamorados! -gritaba don Francisco. Su voz era como un eco familiar en las calles empedradas de Montevideo.
Pepe, pequeño y curioso, lo seguía como un cachorro, a veces vendiendo globos, otras veces saboreando deliciosos helados de dulce de leche.
-No te me vayas, mi muchacho -le decía su abuelo-. Vuelvo en un santiamén.
Y Pepe, con el corazón lleno de admiración, obedecía.
Pero la adolescencia, esa tempestad que arrasa con la inocencia, transformó a Pepe. La vergüenza, como una enredadera venenosa, se apoderó de su alma.
-¡No, abuelo, no! -gritó una vez, hiriendo el aire con sus palabras-. ¡No, tata, no! ¿Qué van a pensar mis amigos si me ven aquí contigo, sin hacer ni medio?
Los ojos de don Francisco, dos pozos de tristeza, se humedecieron. Su caminar, siempre lento, se volvió una procesión de dolor. Pepe, cegado por la vanidad, no vio la daga que clavaba en el corazón de su abuelo.
Los años pasaron, como hojas arrastradas por el viento, y Pepe, ahora un hombre, sintió el llamado del norte, del sueño americano, la promesa de una vida mejor.
-Me rajo, abuelos -anunció una mañana.
La abuela Luz, con lágrimas que parecían ríos, lo abrazó. Don Francisco, con la sabiduría de los años, solo dijo:
-Dale pa' adelante, mijito. Los hijos no son de uno; hacen su camino y ya está.
Y, con los globos al hombro y el corazón roto, se fue. Su figura encorvada se convirtió en una sombra en el horizonte.
Pero antes de partir, Pepe sintió el llamado del arrepentimiento, como un eco lejano de su niñez.
-Tengo que hacer una cosita -dijo, y corrió a la plaza.
Allí estaba don Francisco, con sus pantalones remendados y sus zapatos gastados, un árbol viejo y sabio al costado del camino. Pepe lo abrazó, con lágrimas que lavaban su alma.
-No me voy sin darte una mano, tata -le dijo.
-¡Y cómprame un helado como antes!
Don Francisco emocionado respondió con un esbozo de su antigua sonrisa.
Ese lunes, la plaza revivió viejos tiempos: risas, globos y burritos compartidos, un banquete de recuerdos.
-Me voy, viejo -dijo Pepe-. Pero cada semana te enviaré dinero. ¡No te faltará nada!
Y así fue. Desde Houston, Pepe cumplió su promesa, vistiendo a su abuelo con pantalones nuevos y llenando su vida de alegría.
Pepe siempre recordó esos días con nostalgia y gratitud.
-Cuidé de ellos hasta el final -decía, con la voz quebrada-. Y aprendí que el amor, como los globos, puede elevar el alma y llenar el cielo de colores.
Esta es una de las tantas historias de Pepe y don Francisco, tejida con hilos de arrepentimiento y redención, que se convirtió en una leyenda, una leyenda para todo el pueblo de Uruguay.

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