Lectura

Yegua

Por Wilermi Jance · Chile · Historia real

Yegua
¡Estaba harta ¡
Creía que era por el escaso tiempo para descansar debido al exceso de labores domésticas que se
acumulaban hasta la noche como una amplia lista interminable que por más que hubiese meditado en
la mañana, y practicada respiración consciente para mantenerse regulada, el cuerpo terminaba
flaqueando en un cansancio acumulado que pedía a gritos consideración, a veces lloraba para sacar
el colapso en el desahogo de las lágrimas y podía darse cuenta, que era un cansancio viejo, no sólo: -por las comidas por preparar y dejar listas para la semana -ni por el hecho, que sólo ella saca la basura los días que pasa el aseo -limpia la casa, - tiende y dobla la ropa, -va al mercado, a la carnicería, trabaja, -revisa los pendientes, -paga las cuentas........
Seguía siendo un hartazgo de un cansancio que no lograba reconocer, pero que se desvivía
en descubrir de dónde procedía. Se mostraba curiosa y atenta ante cualquier señal que la llevase a
saber de dónde procedía su cansancio, se decía a sí misma que debía poner más límites a sus hijos
en cuanto a sus responsabilidades, y ante el cansancio matutino y el verse de pie aun en la noche
cuando deseaba dormir, comenzaba con una retahíla de quejas que de algún modo la ayudaban a
verbalizar el descontento de esta fala de equitatividad en las labores domésticas, lo cual es un tema
de por sí bastante controversial, pero nunca le interesó el feminismo como movimiento social, y mucho
menos pertenecer a él.
Entonces comenzaba a quejarse. -nadie me ayuda -ustedes sólo saben estar conectados en su celular - o peor aún se resignaba y terminaba lavando los platos de la comida que trabajó, compró, pagó,
cocinó.
Y una leve resignación de cansancio era la antesala casi a suplicar que, por favor, ya no la llenarán
más de pendientes.
-Ya no quiero hablar, sólo quiero descansar era el lema nocturno de casi todos los días
Sus hijos eran pequeños aún, y en la noche se les elevaba un poco el cortisol y querían hacer
esos típicos juegos nocturnos que a ella le gustaban pero que no se sentía con fuerza para jugar a
las almohadas, o a que el perro se escondiera en las sábanas, Pues solo quería dormir. Aun así, los
niños insistían y ella accedía en ese fiel recordatorio de darle calidad de tiempo a sus hijos, sobre
pesando siempre que la figura paterna estaba ausente, y ella de verdad quería hacer lo imposible por
evitarle traumas del tipo paterno a sus hijos, ¡Dios mío era tanta la responsabilidad!
Entonces se acercaba a jugar un poco con ellos, y se animaba a reír en medio de ese
cansancio ancestral el cual se desvivía por saber de dónde procedía, cuál era su origen. Pero sobre
todo cuál era su solución.
Mantenía aparte de ese viejo cansancio una profunda excitación salvaje, que era arquetípica
y de raíces antiguas que pedían sensualidad y erotismo... lo sabía. Y aun así ardía en su fuego
practicando respiración tántrica y subiendo la kundalini, a veces eso la saciaba, pero otra veces esa
yegua salvaje que se le había revelado como su animal de poder , quería placer compartido, en el
fondo de su alma de forma muy implícita y subconsciente estaba la creencia: " Una buena mujer no
se deja arrastrar por su pasión" su máscara social se lo creía, y eso aparentaba ante los demás, una
mujer buena entregada al sólido y ridículo celibato, la cual debía ser admirada por aguantarse las
ganas de tener sexo crudo y salvaje porque criaba sola a sus hijos, mientras tanto ese espíritu de
bruja que no logró ser recalcinado en el fuego del castigo, se reía de su mascara a carcajadas, y
echaba al suelo la falsedad y la obligaba a ver la verdad, la dura verdad: Es ridículo dejar de vivir, de
disfrutar, de tener una vida sexual plena solo por hacer feliz a los demás y mantener un concepto
ambiguo de pureza que era más castración que otra cosa.
Con la verdad en su cara obligándola a asumir una nueva y más liberadora creencia acerca
del placer, ella seguía resistiéndose, culpándose, sufriendo, con la ansiedad colapsando en su plexo
solar, como si sólo se mereciera vivir en la sobrevivencia y a seguir huyendo de un león que ya no era
real sino un recuerdo de las tantas veces que le tocó correr y huir en sus vidas anteriores.
Seguía negada a escuchar su cuerpo, y prefirió muchas veces vivir en un principio heredado
de sus ancestras que vivir algo nuevo, ese principio sonaba ridículamente así:
Sólo volveré a compartir mi cama con alguien que me ame y que se quedé en mi vida, y todo
ese romanticismo barato que era pura paja para alimentar a aquella yegua salvaje, romanticismo de
hierro que era un muro de contención haciéndose pasar por principios.
Había atravesado largas noches oscuras, había palpado a corazón abierto, sus traumas, sus
dolores, aun así, caía en falsos valores, sentimentalismos, y manipulaciones ajenas, lo cual no tenía
nada que ver con su propósito de vida, en verdad, estaba harta de eso... Harta hasta el hartazgo,
cansada de que decidieran por ella, recordó cuando la hicieron casar en su contra, y como su abuela
se enfadó porque no accedió a casarse por la iglesia católica.
Otra vez, a principios del siglo XXI un matrimonio más por conveniencia, el de ella.
Acostumbrada a obedecer se adaptó a lo que ella creía que era ser una buena mujer, siguiendo el
ejemplo de mujeres dadivosas de su familia que: -planchaban -COCINABAN -Y terminaban con unas batas largas por toda la casa ocultando una gordura que hablaba de sus
cargas, y de cómo se les había olvidado vivir.
Siempre le causó cierta curiosidad y temor aquella vida, y una rebeldía ancestral que no se
atrevía a mostrar delante de su familia, le revelaba que aquello no podía ser la vida, que había algo
más allá en las entrañas del miedo a vivir, que sí era la vida y detrás de ese miedo una vez enfrentado,
allí sí que estaba la vida. Se le venía a la mente aquella mitología griega del Minotauro.
Quizá la clave estaba en ser valiente y atravesar el laberinto del minotauro con o sin la
bendición de Ariadna. Recorrer el laberinto con un impulso rebelde, y una valentía por conquistar.
Rebeldía, ella tenía eso, y la rebeldía es el primer halo que inspira la valentía para poderla
integrar en el alma y en el cuerpo. Por eso se reveló y dio fin a sus 16 años de matrimonio impuesto.
Estaba separada desde hacía cinco años, había tenido escasos encuentros sexuales con dos
parejas que le ofrecían casualidad. Pero terminaba casi jurando que no volvería a acostarse por
placer, se culpaba, y le daba una profunda vergüenza consigo misma de que a sus 46 años, siguiera
sintiendo aquel deseo tórrido, que la confrontaba con su máscara, y con la mujer que aún no se atrevía
a ser. Eso también la tenía harta, el tener que cargar con estereotipos sociales que no había pedido.
Para colmo, tener que caminar por el mundo con la creencia que a los 46 ya se es muy vieja
para sentir, para el placer, `para la vida. Pero no era cierto, su fuego interno se revelaba. Le importaba
un carajo su edad, porque también a sus 46 años, había podido voltear a ver con mirada crítica su
pasado, y pudo ver como se había dedicado a vivir para complacer a su familia, a sus amistades, ser
la que ellos esperaban que fuera, y sobre todo, como su mundo sexual había sido una especie de
estímulo-respuesta, donde el recibir sexualmente (estímulo) fuera a través de la autoestimulación,
sexo en pareja, o en la imaginación, terminaba en culpa, vergüenza asco, y castración(respuesta).
Había leído sobre sexo tántrico, y sabía que el sexo es más que estímulo-resspuesta, es un
acto creativo, mágico, que puede estar al servicio del crecimiento del ser. Pero se abstenía de buscar
respuesta en ese nivel, aunque en el fondo sí quería.
Era de muy pocos amigos, guardaba pocos contactos de hombres para no verse en la
tentación de escribirles en esos momentos en que su fuego se elevaba más de lo acostumbrado.
Entre esos pocos contactos estaba el de un hombre con el que había salido en un par de
ocasiones, pero sin poder aventurarse a ir a la cama con él por el complejo de insuficiencia. Huyó de
aquel hombre que le gustaba, y luego de 5 años después le contactó, sin pensarlo dos veces, era
como si una fuerza antigua no se resignara a morir hasta no ser develada y concretada. Su excitación
no la hizo detenerse a analizar los temas espirituales y enigmas que acostumbraba a armar en su
insaciable sed de llegar a ser quien vino a ser, y no lo que otros esperaban que fuera.
Estaba acostumbrada a relaciones largas. No se daba la oportunidad de nada pasajero, ni
dejarse llevar por ese deseo ardiente que negaba pero que la quemaba por dentro...
Pero ese fuego ancestral seguía llamándola, así que se decidió a escribirle , esta vez, la
decisión no la estaba tomando ella... aquel 2026 impulsado por el caballo, le soltaba las riendas sin
darle si quiera la oportunidad de decidir, se sintió desbocada, y le dio riendas a esa yegua que vivía
dentro de sí, y que ella no lo sabía, pero cuando se percató mínimamente , abrió en Google imágenes
de yegua y se identificó con una color marrón tierra, porque sí ella se identificaba con la tierra, con la
naturaleza, con los árboles, había sentido una fuerte atracción por las mariposas, por las plumas, pero
descubrir en el horno de sus entrañas que ese animal de poder con el que tanto había querido
identificarse era una yegua, la sorprendió, y por supuesto que dudó.
Dudó de ella, como otras tantas veces, quiso frenar a la yegua, pero a las yeguas no hay quien
las frene sólo descubrirla dio facultades a la yegua de desbocarse, y era el instinto primitivo de la
yegua en el teclado del celular, cada mensaje ardía y corría en forma de un placer por el placer en sus
instintos de yegua recién descubierta...
Se citaron, y acordaron tener ese encuentro pautado por el más puro instinto de la carne, y ya
no era ella, iba desbocada, pero decidida, caminaba erguida como yegua firme y las gríngolas solo
corregían la duda y el autosabotaje. Se integraba la mujer en la yegua y la yegua en la mujer y eran
una sola en su decisión de convertir el pecado en las puertas del cielo. La yegua desbocada encontró su cauce en aquella cama preparada para el momento casual.
El cual había sido diseñado en su mente, con el propósito de abrirle paso a una mujer sensual que
desconocía, pero que se había cansado de estar reprimida.
Contrario a lo que creyó, aquella yegua era toda feminidad en la cama, quería recibir, pero
también daba, era fogosidad encausada al placer, y era en metáfora un dejarse llevar por la sabana
hacía la profundidad de la selva, hacía la nada.
Se preguntó si aquellos encuentros casuales aparte de dejarnos con culpa y remordimientos
de todo tipo, estaban destinados para descubrir algo más. Se había desvivido tanto por darle una
explicación a su cansancio y hartazgo que cuando iba conducida hacia la profundidad del abismo
del placer le surgió la firme idea, aquel cansancio se debía a no haber liberado a la yegua antes, por
haber contenido esa fuerza, por haber disimulado su deseo ancestral de yegua salvaje.
Hubiese deseado quedarse hay en el abismo, en la profundidad, en la nada, no salir de su
sorpresa, pero volvió con más sabiduría, contrario al estigma que la sociedad le ha impuesto a las
relaciones casuales, en su instinto de yegua siempre ardiente, sabía las razones por las que había
elegido a aquel hombre, y la razón, no sólo era por un viejo pacto de encontrarse en esta vida, que
por supuesto que sí, pero la idea de más peso era la que ella había descubierto: aquel hombre le era
familiar, desde que lo vio le recordó a su padre, ese sentido del humor que sacaba a flote todos los
errores que llegó a ver en su padre, y que lo mantenían en la cúspide del amor más puro, porque en
un principio de pasar a enjuiciarlo pasó a aceptarlo, sólo porque la hacía reír, la hacía reír tal como la
hacía reír su padre.
Su padre le había dado un amor intermitente, sin embargo, ella lo quería, lo extrañaba, y aún
estando en vida, ella siempre se fijó en hombres con ciertos rasgos similares a los de su padre, ella
siempre prefirió a los hombres que la hicieran sonreír, al principio de forma subconsciente, y otras
veces se alejó de aquellos hombres por ver patrones familiares como los de su padre, y así la hicieran
reír, ella decidía desde la conciencia de no repetir más patrones en el amor. Pero no siempre
resultaba, a veces ella no se resistía a los designios de su subconsciente.
Aquel hombre lo había elegido su subconsciente y ella estaba consciente de eso, más, sin
embargo, pautó estar con él, porque necesitaba ver cara a cara la culpa sexual que venía cargando y
que le pesaba más que un saco de acero en su espalda, dejar salir a la yegua que la habitaba le dio
valor para encaminarse al encuentro amoroso con determinaciónAquel encuentro sexual, había resultado una experiencia muy divina y placentera para el cuerpo,
pero también un trabajo pendiente para su alma, ya que en los días siguientes tuvo que encarar
creencias que estaban hay y que no sabía que la limitaban tanto en su lívido sexual, creencias del
tipo: - -
Las mujeres sólo tienen sexo para embarazarse
Las mujeres sólo deben acostarse con una pareja estable.
Estas creencias limitaron una vez más su disfrute, y se volvía a repetir la historia vivida con las
parejas anteriores, miedo a quedar embarazada, miedo a contagiarse de enfermedades de
transmisión sexual (ETS) y todo quedaba suspendido en el aire y su descubrimiento sexual seguía
quedando postergado como el de aquellas ancestras que escondían su peso y sus cargas en batas
largas y anchas.
Pero el haber recibido inspiración de la yegua le dio firmeza y determinación, se dijo para sí
misma, soy dueña de mi cuerpo, yo autorizo lo que deseo sentir y vivir a través de él.
Ya tengo ,los hijos que tengo, he dado, me he postergado por años, he hecho a un lado mi
sexualidad sólo para ser madre y dedicarme a mi profesión y a las labores domésticas... estaba
cansada de esto, este era sus hartazgo el no poder integrar a la mujer sexual y sensual a esa yegua
que descubrió herida y abalanzándose por su femineidad con fiereza, tomando decisiones de forma
determinada y arrancando el velo del ego de la falsa vida y de la falsa castidad para vivir en el sexo
la plenitud de encontrarse, de reconocerse yegua, y de validarse como mujer. .

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