Lectura

Detrás de la nube.

Por Norma Beatriz Castillo · Argentina · Otros

Detrás de la nube.
Cuando Elías era niño, su abuelo le señalaba una nube blanca que, todas las tardes, permanecía inmóvil sobre la montaña más alta.

-No mires su forma -le decía-. Mira lo que esconde.

Elías entrecerraba los ojos durante largos minutos, pero solo veía vapor iluminado por el sol.

Con los años dejó de buscar respuestas. Creció, estudió, trabajó y, como tantos otros, aprendió a caminar con la vista clavada en el suelo. Sin embargo, aquella nube jamás abandonó el horizonte.

Una mañana, impulsado por una nostalgia que no supo explicar, decidió subir la montaña.

El ascenso fue largo. El sendero desaparecía entre helechos gigantes, arroyos cristalinos y piedras cubiertas de musgo. Cuanto más avanzaba, más liviano sentía el cuerpo, como si la montaña fuera quitándole de los hombros el peso de los años.

Al llegar a la cima, la nube descendió lentamente hasta envolverlo por completo.

No era fría.

Tenía la tibieza de un abrazo esperado durante mucho tiempo.

Cuando la niebla comenzó a disiparse, Elías descubrió que estaba de pie sobre un puente de cristal suspendido en el cielo.

Del otro lado lo esperaba un paisaje imposible.

Árboles cuyas hojas eran transparentes dejaban escapar melodías cuando el viento las acariciaba. Los ríos corrían hacia arriba para alimentar lagos flotantes. Peces luminosos nadaban entre las nubes como si el cielo fuera un inmenso océano, mientras enormes mariposas de colores transportaban pequeñas semillas de estrella.

Un zorro de pelaje plateado se acercó caminando con absoluta naturalidad.

-Llegas justo a tiempo.

-¿Tiempo para qué?

-Para recordar.

Elías sonrió confundido.

-No entiendo.

El zorro señaló el horizonte.

Miles de puertas suspendidas en el aire aparecían abiertas, comunicando mundos distintos. Detrás de una había un bosque donde los árboles cambiaban de lugar al anochecer. Detrás de otra, un océano donde los barcos navegaban sobre constelaciones. En una tercera, niños construían cometas capaces de volar hasta los sueños de quienes habían dejado de imaginar.

-Todo esto existe gracias a las personas que aún son capaces de soñar -explicó el zorro-. Pero cada vez llegan menos.

Elías sintió un nudo en la garganta.

Comprendió entonces que los adultos no perdían la imaginación porque envejecían.

Envejecían porque dejaban de visitar aquel lugar escondido detrás de la nube.

Antes de regresar, el zorro le entregó una pequeña pluma hecha de luz.

-No podrás mostrar este mundo con fotografías.

-Entonces... ¿cómo sabrán que existe?

El zorro sonrió.

-Cuéntalo.

Porque cada historia abre una ventana.

Cada libro se convierte en una nube.

Y detrás de cada nube siempre habrá un niño dispuesto a descubrir un nuevo cielo.

Cuando Elías descendió de la montaña, la nube seguía allí, inmóvil como el primer día.

Los vecinos le preguntaron si había encontrado algo en la cumbre.

Él levantó la vista, sonrió con la serenidad de quien guarda un secreto maravilloso y respondió:

-No encontré un lugar...

Encontré el camino de regreso a la imaginación.

Desde entonces escribió un cuento cada vez que sintió que el mundo se volvía demasiado gris, convencido de que, mientras exista alguien dispuesto a soñar, siempre habrá una nube esperando revelar el universo que esconde detrás de su blancura.

Reflexión final: La fantasía no vive lejos de nosotros; espera pacientemente detrás de aquello que creemos conocer. Basta con levantar la mirada, conservar la curiosidad y permitir que la imaginación vuelva a guiarnos para descubrir que los mayores tesoros siempre estuvieron ocultos detrás de una nube.

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Comentarios

caballodefuegoazul

"¡Hermoso, Norma...! Tan hermoso como que ese lugar es una realidad que todos los que escribimos con el corazón alguna vez visitamos... ¡Gracias por compartir, un encanto!"