-Este año sí -repetía, mientras acomodaba cuidadosamente sus hojas.
Los vecinos lo escuchaban con ternura. Algunos le compraban un ejemplar por compromiso; otros le deseaban suerte sabiendo, en el fondo, que volvería a casa con las manos vacías. Anselmo parecía inmune a las derrotas. Decía que los cuentos no se escribían para vencer a nadie, sino para que alguien, alguna vez, encontrara un rincón donde descansar el alma.
Aquella tarde anunciaron el concurso sorpresa. El ganador sería elegido entre los autores presentes y recibiría un premio importante. La plaza enmudeció. Todos comenzaron a imaginar discursos de agradecimiento, fotografías y entrevistas.
Anselmo respiró hondo.
Era su oportunidad.
Cuando llegó su turno, caminó hasta el escenario con paso sereno. Sacó las hojas de su carpeta, acomodó los lentes y aclaró la garganta.
Entonces ocurrió la tragedia.
Un viento feroz descendió desde el campanario como si hubiera esperado ese instante durante años. Las hojas escaparon de sus manos y emprendieron una carrera delirante por toda la plaza. Unas terminaron pegadas al parabrisas de un colectivo; otras cayeron en la fuente; una fue atrapada por un perro que decidió convertirla en juguete; las últimas desaparecieron rumbo al río.
Anselmo quedó inmóvil, sosteniendo apenas la tapa vacía de la carpeta.
Los presentes no sabían si correr detrás de los papeles o guardar un respetuoso silencio.
La escena era tan absurda que un niño soltó una carcajada.
Luego rio otro.
Y otro.
Hasta que la plaza entera terminó riendo a carcajadas.
Anselmo también comenzó a reír.
Reía con los ojos llenos de lágrimas.
Reía porque entendió que no había manera de pelear contra un viento decidido a convertirse en crítico literario.
El jurado deliberó durante varios minutos. Finalmente, la presidenta del concurso tomó el micrófono.
-Nunca habíamos leído un cuento que se negara con tanto empeño a ser leído.
Las risas volvieron a estallar.
-Por su original forma de escapar del papel y convertirse en un espectáculo inolvidable, otorgamos el premio especial al... cuento menos esperado.
Todos aplaudieron de pie.
Anselmo recibió una pequeña estatuilla mientras todavía intentaban rescatar algunas hojas de los árboles.
Esa noche regresó a su casa sin el cuento.
El viento se lo había llevado para siempre.
Sin embargo, al día siguiente, la gente del pueblo no hablaba de los textos premiados ni de los discursos solemnes.
Todos recordaban al escritor que había perdido su obra frente a cientos de personas y había tenido el coraje de reírse de sí mismo.
Con el tiempo comprendieron que el verdadero cuento nunca estuvo escrito en aquellas páginas dispersas.
Había sucedido en la plaza, entre papeles volando, risas compartidas y un hombre que descubrió que, a veces, el mejor final es aquel que ningún escritor habría imaginado.
Reflexión final: Hay derrotas que el tiempo transforma en las historias más queridas. Cuando somos capaces de reírnos de nuestros tropiezos, dejamos de perder y comenzamos a vivir relatos que ningún premio puede superar.
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