Lectura

Estrellas de cincuenta centavos

Por Diasmany · Cuba · Historia real

Estrellas de cincuenta centavos
La voz de Magalis no entraba por los oídos; entraba por las paredes. Era mi maestra
de primer grado. Magalis hablaba con el volumen de quien tiene que hacerse escuchar por
encima del rumor de la arboleda de mangos, por encima del gallo que cantaba en el patio,
por encima de diez niños que no sabían quedarse callados. Fue ella quien me enseñó que las
letras no eran garabatos, sino sonidos atrapados en el papel, esperando a que alguien les
diera voz.
Pero la lección más dura que me dio Magalis no estaba en los libros de lectura.
Se acercaba el Día del Educador, y en aquella Cuba de los noventa, conseguir un
regalo era una operación de guerra. Todos los niños queríamos llevarle algo a nuestra
maestra. No era solo cariño; era honor, era demostrar que aunque éramos pobres, no
éramos miserables. Mi madre, haciendo un esfuerzo que solo comprendí años después,
consiguió los cincuenta centavos. No sé de dónde los sacó. Quizás los ahorró del mercado
negro, quizás los pidió prestados, quizás dejó de comprar algo que necesitaba.
Fuimos a la bodega. En la vitrina, detrás del mostrador de madera gastada, brillaban
los aretes plásticos. Había flores amarillas, azules, verdes. Pero mis ojos se clavaron en unos
con forma de estrellas rosadas. Brillaban con esa luz de plástico barato que a los seis años
parece la luz de las estrellas de verdad. Pagué mis cincuenta centavos. La dependienta me
dio los aretes envueltos en un pedazo de papel de periódico. Salí de la bodega apretándolos
contra el pecho, con el corazón inflado de un orgullo que hoy me parece casi doloroso.
El día de la fiesta, el escritorio de Magalis se llenó de regalos. Algunos llevaron
regalos que costaban más que el salario de un mes de mi madre. Pero no faltamos los que,
con el mismo presupuesto de miseria, coincidimos en el obsequio de la bodega. Las
jimaguas, Mirielkis y Lisuán también habían comprado los aretes de las estrellas rosadas.
Todos estábamos radiantes, convencidos de que habíamos coronado a nuestra maestra con
las joyas más finas del mundo.
La decepción llegó tres días después, sin aviso, con la frialdad de un cubo de agua
helada en plena espalda.
Magalis entró al aula con una caja de cartón. No traía libros de lectura. Traía trozos
de plastilina. Repartió la plastilina en silencio. Luego, con un gesto que no era de desprecio
sino de pragmatismo absoluto, sacó los aretes de la caja y los fue devolviendo uno por uno.
-Tomen -dijo, con esa voz suya que siempre retumbaba como un trueno lejano-,
usen esto para jugar con la plastilina.
Me quedé mirando mis estrellas rosas en la palma de la mano. Ya no eran joyas. Eran
herramientas. Eran instrumentos para aplastar plastilina, para marcar puntos en la masa
gris, para hacer huecos y formas. Enterré las estrellas en la plastilina. Sentí la resistencia de
la masa, el modo en que el plástico se hundía hasta desaparecer, hasta convertirse en parte
de algo informe y gris. Sentí un nudo en la garganta. No era tristeza. Era algo peor: era la
primera vez que entendía que el valor de las cosas no estaba en las cosas mismas, sino en los
ojos de quien las miraba.
Años después, cuando yo mismo me paré frente a un aula, entendí que Magalis no
nos había enseñado a leer las palabras. Nos había enseñado la primera lección verdadera del
mundo: que el amor, a veces, no es reconocido. Que el sacrificio, a veces, se convierte en
herramienta. Que las personas que nos enseñan a leer los libros, a veces olvidan leer los
corazones que les ofrecen esos libros.
Pero esa lección, aunque dolorosa, fue necesaria. Porque ese día, mientras enterraba
mis estrellas rosadas en la plastilina gris, dejé de ser el niño que cree que el mundo le debe
gratitud, y empecé a ser el hombre que aprende a dar sin esperar nada a cambio.

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Comentarios

Rey Neira Bustamante Admin

Linda historia...