Con el aire fresco del invierno en mi rostro ingresé a la escuela con algo más de alegría que en los días en que solía jugar en el parque. No dije nada. Entré rápido. Rapidísimo. Alguien gritó. ¿Enano? No me inmuté. Acostumbrado a la burla irónica, a veces hiriente me escabullí por las escaleras. Alguien acercó a sus ojos a los míos. No miré nada. Subí. Arriba, ya en la planta alta del edificio opaco y aburrido decidí caminar por el corredor.
Al acercarme al curso donde debía impartir una clase comencé a percibir los chillidos de los alumnos. Sus palabras fluctuaron entre las risas de las chicas. Mi corazón se agitó. Palpitó con más insistencia. Golpeó fuerte. Golpeó y golpeó una vez más. No dije nada. Caminé un poco más lento. Sólo quedaron unos cuantos pasos... El pánico pareció inmovilizar mi cuerpo. Apenas si respiraba. Duro, durísimo, ingresé al curso.
Estático, paralizado, quedé frente a los treinta y dos bancos desérticos. No había nadie. Nadie. Ni siquiera para escuchar mi simpático ¡Buen día!
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