Lectura

Cuando bajaron los cerros

Por Prof. José Núñez · Venezuela · Historia real

Cuando bajaron los cerros
Cuando bajaron los cerros
(Por el Prof. José Núñez)

Aquel lunes amaneció con el mismo olor a café recalentado y el trajinar detrás de los viejos autobuses que bajaban a Caracas desde Guarenas; pero esa mañana el aire era distinto. Olga lo sintió cuando abrió la ventana de su rancho en Trapichito: había una tensión sorda, como cuando el cielo se parte en dos antes del aguacero.
Su marido, Carmelo, ya se había ido con la lonchera vacía. "Hoy no hay para el pasaje, mi amor. Caminaré hasta el terminal y que Dios me ampare", le había dicho al salir. Olga, acostumbrada a las penurias, no imaginó que ese día marcaría un antes y un después en la vida del país, ni que el ruido de las ollas vacías se convertiría en un eco de pólvora y perdigón.
Hacia media mañana, los gritos comenzaron a subir desde la avenida. Primero uno, luego cien. Los autobuses se detenían; la gente protestaba porque la plata no alcanzaba. Una mujer corría descalza con una barra de pan en la mano y una sonrisa amarga en el rostro; detrás, un grupo de muchachos golpeaba las vidrieras de un abasto. "¡Nos cansamos!", gritaban, como si el alma entera del pueblo despertara, de repente, de un largo sueño.
Olga abrazó a su hijo pequeño, quien lloraba sin entender el porqué de los disparos. Desde la ventana vio el humo extendido sobre Caracas, negro y espeso como la rabia. Esa noche, las luces se apagaron y el retumbar de los fusiles se confundió con llantos y lamentos. Nadie durmió. Solo se rezaba o se contaban nombres al amanecer.
Pasaron los días y el olor a miedo se volvió parte del barrio. Algunos no volvieron jamás; otros bajaron de los cerros buscando justicia o comida, según quién contara la historia. Olga guardó silencio, pero cada 27 de febrero, al moler el maíz para las arepas, aparta un poco de memoria para los ausentes. Ella dice que la masa sabe igual, pero que el país nunca volvió a tener el mismo gusto.
Treinta y siete años después, su nieta le pregunta por qué le dicen "El Caracazo". Olga suspira, mira las montañas que rodean la ciudad y responde con voz cansada:
-Fue el día que el pueblo bajó de los cerros... y nunca más subió igual.

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