Por Fernando Abreu
Me abordó sin rodeos. En estos antros, encontrar a un hombre decidido antes de que el alcohol le afloje las piernas resulta insólito. Se plantó a mi lado: camisa blanca, pelo negro y revuelto, los ojos clavados en mí con una insistencia que daba un poco de lástima y otro poco de morbo. Quise decirle sí de inmediato, largarnos de ahí antes de que la noche se volviera más densa. Ni modo, el protocolo manda: mantuve la indiferencia un par de minutos, paseando la vista por las botellas del mostrador, calculando el espacio entre su mano y mi copa. Cuando por fin le sonreí, noté que tragaba saliva. Salimos del bar tomados de la mano, como dos adolescentes que no saben en qué se están metiendo. Yo iba flotando, sí, pero con el freno de mano puesto. Ya me han roto la ilusión suficientes veces como para no creerme el cuento entero, pero ahí iba, subiéndome a un Uber con un desconocido porque el miedo a dormir sola otra vez era más grande que la prudencia.
Ni te gastes, me había advertido Alfonso. Y el cabrón tenía razón. Llevábamos media hora midiéndola desde nuestra esquina: castaña, de curvas contundentes, con una boca roja que parecía a punto de burlarse de cualquiera. Daba la impresión de estar esperando a alguien que la dejó colgada, o tal vez solo se entretenía humillando a los imbéciles que le tiraban el rollo. Alfonso se reía de mí, pero el puto aburrimiento es peor que el rechazo. Me levanté antes de dudar. Cuando ella aceptó salir conmigo, quedé pasmado por el golpe de suerte. En el Uber, camino a mi departamento por las calles desiertas de San Juan Bautista, el silencio se volvió tirante. Ella iba mirando por la ventanilla. Empecé a dudar. El clásico instinto de cagarla. ¿Qué iba a hacer con ella? ¿De qué íbamos a hablar antes de irnos a la cama? Cada semáforo me daba tiempo de imaginar una forma distinta de hacer el ridículo.
La lencería roja me apretaba donde no debía, detonando la paranoia de siempre. ¿Le iría a gustar mi cuerpo sin la luz tenue del bar? Una estupidez preocuparme por la estética de mis defectos cuando ni siquiera sabía si el tipo que iba a mi lado era un psicópata o un idiota inofensivo. Pero la calentura es así: te atrofia el instinto de supervivencia. El chofer llevaba la música a volumen bajo, creando una banda sonora absurda para el silencio del coche. Mi acompañante apenas abría la boca. Por su postura, parecía arrepentido o simplemente paralizado por el miedo. Cuando entramos a su departamento, respiré aliviada al notar que olía a limpio. Un refugio sorprendentemente sobrio. Me invitó a sentarme en el sofá y le pregunté qué hacíamos ahora. "Hablar", dijo. Casi me río en su cara.
Bendita sea la señora del aseo que fue ese día. El lugar no apestaba a encierro ni a ropa sucia, lo cual ya era un triunfo. Pero ahí estaba yo, con una mujer que me superaba en todo, sentada en mi sofá. Quería coger con ella, claro, pero también quería que no se largara en cuanto termináramos. Había puesto condones cerca de la tele, un movimiento calculado que ahora me parecía lamentable. Cuando preguntó qué hacíamos, solté un "hablar" que sonó a derrota. Fui un cobarde en mi propia casa. Ella miró los condones junto a la tele y bromeó sobre el optimismo de mi decoración. Eso cortó la incomodidad. Le agarré la mano. Yo sudaba frío. Quise huir al baño con la excusa de lavarme la cara, pero ella me sujetó por el cuello y hundió su lengua en mi boca. Estaba a punto de dejarme llevar cuando un ruido seco en la ventana nos congeló.
Afuera, al otro lado, un gato gris de ojos amarillos arañaba el vidrio. No sabía nada de parejas, cobardías ni conexiones cósmicas.
Solo tenía hambre.
Esperaba que alguien abriera, le arrojara un pedazo de comida y lo dejara seguir con su propia noche.
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Comentarios
¡Muchas gracias por leer el cuento!
Interesante! gracias por compartir...!