Mima era la dueña de ese calor. Sentada en su sillón de enea bajo el portal, tronaba semillas de girasol con la autoridad implacable de un general que dicta sentencias. Crac, crac, crac. El sonido de sus muelas -o de lo que quedaba de ellas- marcaba el ritmo de mi servidumbre. Yo, agachada en el patio, lavando los calderos, medía la distancia entre su silla y mi cansancio con la precisión de quien calcula los años de una condena.
Su poder residía en la sonrisa. Cuando se la ponía, la mujer marchita se erguía, los ojos se le encendían con un brillo de vidrio cortante y su voz recuperaba el mando. Pero cada noche, al caer el sol, la generala se rendía. Se quitaba la pieza de acrílico, la sumergía en un vaso de vidrio sobre la mesita de noche y la dejaba ahogarse en el agua turbia de la rutina. Sin los dientes, Mima era un pájaro sin pico, una viuda de sí misma, reducida a un bulto de ropas negras que silbaba sus frustraciones a la penumbra.
La noche del apagón, la oscuridad no fue una ausencia de luz, sino un animal que se nos echó encima. El calor se volvió líquido, pudriendo las sábanas y los nervios. Mima, marchita como lechuga fuera de la tierra, se fue a dormir refunfuñando maldiciones contra el gobierno, contra la compañía eléctrica, contra mi respiración. Para sobornar su mal humor y comprar mi propio silencio, preparé una champola de guanábana. La fruta, espesa y blanca, sudaba en el vaso.
Entré a su cuarto guiada por el halo enfermo de una vela. En la mesita, un recipiente con líquido blanquecino. La mente, traicionada por el sueño y la penumbra, no hizo preguntas. Asumí que era el agua donde la anciana ahogaba su dentadura. Tomé el vaso, caminé hasta la cocina y vacié su contenido en la cubeta del sancocho que esperaba para los puercos de Ramón. El líquido se mezcló con los restos de yuca, las cáscaras y la grasa fría. Luego, le llevé la champola. En la oscuridad, escuché el sorbo satisfecho de Mima, el suspiro de la fruta bajando por su garganta seca, y el silencio espeso del batey tragándose el mundo.
El grito de la mañana me sacó del letargo con el corazón incrustado en la garganta.
Corrí al cuarto y la encontré en el borde de la cama, pasándose la mano temblorosa por los labios hundidos. Sin la pieza de acrílico, su rostro era un cráter.
-¡Mit dientet! -silbó, y el ceceo le partía el alma, escupiendo saliva en el aire-. ¡Se me perdieron mit dientet!
Se armó el alboroto. Rastreamos el cuarto como sabuesos ciegos: debajo de la cama, entre las sábanas, detrás del tocador. Abrimos el refrigerador y removimos las cazuelas de sobras, como si los dientes hubieran decidido darse un baño de frío para escapar de su dueña. Nada. El vaso de vidrio sobre la mesita de noche estaba vacío, lavando su inocencia al sol de la mañana.
Yo sabía dónde estaban. O al menos, mi estómago sabía dónde había arrojado el agua sucia. Pero la lengua se me había pegado al paladar.
-¿Cómo voy a comer mi pantito totado? -se lamentaba Mima, mirando al patio con la melancolía de un rey desterrado-. Parecco una bruja de loz cuentot.
La rutina del batey, sin embargo, es un tren que no se detiene por las tragedias domésticas. Cada mañana, Ramón pasaba con su carreta recogiendo el sancocho. Hombre de manos gigantes, cuello de toro y olor a tierra húmeda, medía el éxito de la vida por las libras de carne y el grosor de los costillares.
Mientras le pasaba el balde pesado, el hombre se secó el sudor con el antebrazo y soltó una carcajada que retumbó en el portal, espantando a los gallinazos.
-Oye, muchacha, qué cosa tan grande me pasó el otro día -dijo, apoyándose en el mango de su machete, con los ojos perdidos en un recuerdo que le causaba grima-. Tú sabes que preparo la mezcla con pienso. Pues resulta que estaba echándola en el comedero, y de pronto veo a la puerca, la más grande, la negra, masticando algo que hacía un ruido raro.
Ramón abrió los ojos, y el recuerdo pareció devolverle el espanto.
-¡Qué susto, mi Dios! Pensé: "Se estará comiendo a alguien". Con esos dientes tan blancos y esa mandíbula de plástico, parecía que el animal se había tragado a un cristiano y le estaba sacando la sonrisa. Me dio una risa nerviosa, qué te voy a mentir. De todas formas, le abrí el hocico a la fuerza, metí la mano hasta la campana y se los saqué. Estaban babosos, pero enteritos. Por allá los tiré, en el barrizal del corral, pa' que la tierra se los tragara.
El tiempo se detuvo. Miré la cubeta de sancocho que Ramón acababa de cargar en su carreta. El líquido blanquecino de la vela. La champola. La guanábana. No había tirado agua de enjuague. Había tirado la sonrisa de Mima. Había alimentado a la bestia con la vanidad de la tirana.
-¡Ay, Ramón! -grité, con un entusiasmo febril que lo hizo dar un paso atrás y llevar la mano al machete-. ¡Esos son los dientes de Mima!
Ramón me miró como si me hubiera brotado una segunda cabeza.
-¿Los de la vieja? ¿Y qué hacían en el sancocho, muchacha? ¿Tú estás loca o es el calor?
No me detuve a explicar la ceguera de las mañanas apresuradas, ni la oscuridad traicionera de la vela, ni la culpa que me carcomía las entrañas. Solté el balde, que rodó derramando un chorro de agua grisácea por el patio, y eché a correr hacia el camino.
-¡Espérame! -le grité por encima del hombro, aunque no sabía a quién.
El polvo rojo se me metía en la garganta, pero yo solo podía reír, con una risa sin aire, mientras el sol me quemaba la nuca. Crucé el portón de tablas del corral. El olor a mierda, a amoníaco y a humedad milenaria me golpeó el rostro como un mazo.
Allí estaba. La puerca gigante, revolcándose en el lodazal con una placidez obscena.
Me arrodillé en el lodo. La inmundicia me caló el vestido hasta los huesos, helada y viscosa. Hundí las manos en la masa fétida, apartando cáscaras de plátano, estiércol y gusanos, guiada por una locura que ya no me pertenecía. Buscaba el destello blanco entre la podredumbre.
Y entonces, lo vi.
No venía de la puerca. Venía del barro. Dos piezas de acrílico asomaban entre la inmundicia, lavadas por alguna saliva imposible, brillando con una perfección obscena contra la negrura del corral. Sonreían. No era la sonrisa de Mima. Era una sonrisa nueva, ancha, desalmada.
Las saqué a la luz del mediodía. Las apreté contra mi pecho, oliendo a pienso y a gloria, y eché a correr de vuelta a la casa.
Entré al portal como una furia. Mima estaba sentada en su sillón de enea, con el rostro hundido, pareciendo un trapo viejo.
-¡Tome! -jadeé, escupiendo barro y palabras-. ¡Aquí están! ¡Lávalas y póngaselas!
Mima me miró con sus ojos de vidrio opaco. Tomó las piezas con manos temblorosas. Las enjuagó en su vaso de siempre, con una lentitud que me desesperaba, y se las llevó a la boca.
El encaje fue perfecto. Un chasquido seco.
Mima cerró la boca. Pasó la lengua por el acrílico. Luego, lentamente, levantó la cabeza y me miró.
Sonrió.
Pero algo había cambiado. No supe decir qué. Tal vez la sonrisa era demasiado ancha. Tal vez sus ojos, por un segundo, tuvieron el brillo húmedo de un animal que acaba de comer. O tal vez era yo la que ya no podía mirar sin ver el barro, el pienso, la bestia.
-El sancocho... -dijo Mima, con su ceceo de siempre, silbando entre los dientes nuevos-. El sancocho... está listo.
Retrocedí, topándome con la pared. Quise gritar, pero la garganta se me cerró.
Mima se levantó del sillón de enea. Caminó hacia la cocina arrastrando los pies, con esa pesadez nueva que antes no tenía.
Desde la cocina, escuché el sonido de Mima tronando semillas de girasol. Crac, crac, crac. El mismo ritmo de siempre. El mismo sonido de sus muelas -o de lo que quedaba de ellas- marcando el compás de mi servidumbre.
Pero ahora, cada vez que crujía, me parecía escuchar debajo, muy abajo, el ruido de una bestia masticando en el barro.
Y supe, con la claridad espantosa de los condenados, que el batey siempre cobra lo que se le debe. Que los dientes que le devolví a Mima ya no eran suyos. Y que yo, desde esa mañana, cargaba con los suyos antiguos: los que se perdió en el sancocho, los que la bestia reclamó, los que ahora masticaban dentro de mí cada vez que cerraba los ojos.
¡Qué buen relato! Gracias por compartirlo, lo disfruté mucho.