Es curioso: cuando he intentado iniciar una nueva relación, no entiendo por qué muchas mujeres no comprenden que mi situación es exactamente igual a la de una madre soltera. Cuando una mujer dice que es madre soltera, todo el mundo asume que vive con su hijo. En cambio, en nuestro caso, parece que la sociedad no lo percibe de la misma manera; todos piensan que el niño vive con la madre y que uno solo lo ve cuando el juez lo dispone. Pero no es así: habemos papás que vivimos con nuestros hijos, y ese es mi caso.
Soy un hombre totalmente afortunado. Nadie se puede imaginar lo maravilloso que ha sido ver su primer paso o escuchar su primera palabra. No tuve esa oportunidad con mis otros dos hijos; de hecho, en algún momento, el mayor, que tiene 27 años, me ha comentado —entre la buena onda y la realidad—: "Conmigo no fuiste así". Aunque me duele, le he explicado que él nació fruto del amor incondicional que siempre sentí por ser padre, algo incentivado claramente por el abuelo que tuvo. Pero bueno, entiendo que todos nuestros hijos nacieron en momentos diferentes de nuestras vidas, y eso no significa que uno no los ame por igual.
Hoy en día, es muy difícil comunicarse con ellos, ya que ven la vida de una forma tan distinta. Uno trata de explicar cómo aprendió las cosas y se torna complicado, porque ellos viven en un mundo diferente, donde quieren todo rápido y simplificado. Varias veces debemos callar para no tener un conflicto, pero, aun así, me siento muy feliz de que tengan la posibilidad de exponer sus ideas y pensamientos. Yo no tuve esa opción y no me importa; hay que evolucionar. Sin embargo, me cuesta mucho comunicarme con ellos. Al final de mi vida, soy un agradecido de que sean como son. Mi mayor alegría es saber que se podrán defender en la vida y que no les costará tanto como a mí».
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