?? ?????? ?í? ?? ??????
No sé exactamente desde qué edad tengo recuerdo de las cosas ocurridas en mi vida, pero debe ser aproximadamente desde los cuatro años porque a esa edad fui por vez primera a la escuela para niños ciegos de mi ciudad natal.
Ese día, inolvidable para mí, recién, por labios de mi profesora, Carolina Llanos, conocí la desgarradora verdad de mi triste situación. Pude ver la realidad y explicarme el por qué, mientras siempre escuchaba a mi hermano, a mis primas y a otros niños gritar y correr con ligereza cuando jugaban llenos de alegría, yo permanecía sentada en un rincón sin moverme, o arrodillada sobre el piso, frotándome los ojos con una de mis manos, o con éstas sobre mis rodillas, sin que se me acercaran los demás a jugar conmigo. Por esto, era preciso que papá o mamá ordenaran en voz alta: ¡Príncipe, juega con tu hermanita! Entonces, éste se acercaba y me acariciaba tratando de hacerme jugar. En ese intento, conversaba por unos momentos conmigo, preguntándome, Luminosa ¿a qué quieres jugar? Pero como la mayoría de veces no le contestaba porque casi no me gustaba conversar, cogía mi mano y me hacía caminar un rato, conversando, hasta conseguir hacerme cambiar de humor. Luego, entregándome una muñeca, me decía ¡toma, juega con tu hijita! Yo me alegraba, empezando a conversar con mi muñeca y con Príncipe. Pero, al poco rato, cuando, según yo, estaba en lo mejor la charla con mi muñeca y con mi hermano, éste me abandonaba para ir a corretear con el resto de niños, y yo volvía a sumirme en la soledad y a pensar, ¡sabe Dios!, en qué cosas propias de una niña ciega.
Además, me preguntaba, por qué mientras las personas mayores hablaban y se desplazaban con presteza, no sólo dentro de casa sino también fuera, como papá, mamá y mis tíos y tías, cuyos pasos escuchaba acercarse y alejarse, así como el sonido de sus voces, a veces conversando, a veces riendo, yo permanecía inmóvil como estatua abandonada. De igual forma, en las reuniones y fiestas, las risas se entremezclaban con la música, las danzas y los zapateos, en frenesí incesante. Bailaban, brindaban, reían y festejaban, con grandes carcajadas, las ocurrencias que de seguro estaban gozando, mientras yo, sentada sobre un sofá o un sillón, permanecía con mi mano derecha o izquierda sobando uno de mis ojos, porque esto me hacía sentir bien. A veces, veía "estrellitas fugaces", como me ha explicado, después, mi profesora Carolina.
Mientras la fiesta continuaba, yo, solita, me consumía dentro de mi aislamiento.
Cuando, de rato en rato, mis papás o alguno de mis tíos o amistades se acercaba y me brindaba alguna caricia, o unas palabras afectuosas; la mayoría de veces trataba de apartarlos con un gesto de rechazo, manoteando el aire, pues, en lo profundo de mi ser, deseaba compartir la reunión, reír, cantar, jugar y bailar, pero, por desconocidos motivos, no podía hacerlo, cosa que me causaba indignación y un irreparable sentimiento de frustración, poniéndome de mal humor. Por eso, a veces me preguntaba si, a lo mejor, me faltaba desarrollar para bailar como mis papás o mis tíos, o como Príncipe y sus amiguitos, pero sola me refutaba. Mis primitas Cinta y Concepción, casi de la misma edad que yo, también jugaban y gritaban, corrían y saltaban, cantaban y bailaban, se acercaban y retiraban con rapidez, en tanto yo, allí, solita, tenía que conformarme con escuchar cómo los demás se divertían. ¡Qué incómoda e irritante situación! Por eso, sufría y me refugiaba en mí misma. Sola con mis pensamientos, tratando de aislarme de los demás que hacían cosas que yo no podía hacer por motivos inexplicables para mí. Papá ni mamá, tal vez por el inmenso amor que me tenían, me explicaron el porqué de mi situación. (...)
Valoración: 0.0/5 (0 votos)
Comentarios
Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.