Todo comenzó un mayo del sesenta y ocho en La Sorbona, París, donde casualmente estábamos con tu abuela paseando por el lugar. Y fue tan casual, escuchame bien, pibe, que nunca más volvimos a Francia, lo que no quita que algún día te pueda llevar.
De entonces, recuerdo mucho la efervescencia de los estudiantes, esos días fríos pero con un sol esplendoroso, donde uno sentía que algo nuevo se gestaba.
Tu abuela y yo éramos jóvenes y veníamos del gobierno de Onganía, un milico golpista que ya nos tenía cansados con persecuciones políticas, censuras y todas esas bellezas de los gobiernos de facto.
Entendés, pibe, pasamos de la noche porteña al día francés.
No nos pudimos resistir: El tres de mayo fueron las primeras corridas en la plaza de La Sorbona, con la cana repartiendo palos como para hacer la fogata de San Juan; el diez, la cosa fue peor porque repartimos de los dos lados, y acordate, pibe, que en el Barrio Latino tu abuela estaba como "La República Guiando al pueblo", arriba de la barricada mostrando las tetas y todo.
Casi nos meten presos, decí que nos hicimos los otarios, dijimos que no entendíamos nada, no hablábamos el idioma, y estábamos ahí turisteando y la policía nos atacó, tal vez confundida, pero hasta el vestido le habían roto a tu abuela, dejándola así, semidesnuda.
La verdad es que mientras decíamos esto veíamos una fila de canas, en bastante peor estado que nosotros, listos para acusarnos.
Y así fue, pibe, nos largaron ese mismo día y nos dijeron que si nos volvían a ver, nos iban a meter directo en chirona, que no saliéramos del hotel hasta que todo se calmara, que no nos metiéramos en temas franceses, y un montón de tonterías más.
El 13 de mayo fuimos a la marcha de reclamo obrero con los estudiantes que ya conocíamos, y de ahí de nuevo a La Sorbona donde la ocupamos.
Esa noche, en un aula oscura, y sin pudor porque estábamos en París, le escribimos una carta a la cigüeña pidiéndole a tu padre.
Tal vez fue más de una, total el correo era local.
Cuando vimos que el tema no daba para más, la violencia ya había cobrado demasiadas víctimas, entonces pensamos con tu abuela que era conveniente conocer otros lugares.
No pibe, no te equivoques, no fue de cagones, nosotros ahí solo éramos turistas y en casa nos necesitaban más.
Así que nos fuimos para Deauville a pasar un par de días en la playa antes de volver y contarle a los nuestros qué se cocinaba acá de primera mano, y reponer el cuerpo de los golpes.
La playa era amplia, como para caminarla disfrutando de la brisa marina, y en eso estábamos cuando se nos unió un perro al que llamamos: "firulais".
Era negro, esbelto, de buena raza y se veía bien criado. Nada de corretear a tontas y locas por cualquier lugar, siempre a nuestro lado. Tu abuela se enamoró de él y él de tu abuela. Era simbiótico.
Estábamos solos en esa playa y tu abuela se quejó de no tener malla para bañarse, miré alrededor y no vi a nadie cerca, así que le dije:
- Metete en ropa interior, total nadie ve.
- ¿En serio, te parece quedar con toda la ropa interior mojada?
- Mi amor, es tu cuerpo, lo que vos decidas está bien.
- ¿Sí?
- Sabés que te amo con tu locura.
Y comenzó a desvestirse lentamente, sonriendo, desafiando, disfrutando la brisa sobre su piel desnuda.
Firulais la cuidaba dándole la espalda, mientras yo observaba tanta belleza, y más la amaba.
No, pibe, no te equivoques, era una mina hecha para no dejarse encasillar por reglas, era La República en la barricada y era Venus en la playa.
Sí pibe, así era tu abuela.
Inspirado en "Women whit the dog" - Henri Cartier Bresson
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