Porque incluso en el campo más cuidado aparecen los mercaderes de semillas imposibles. Llegan con palabras brillantes, promesas rápidas, frutos sin esfuerzo. No pisan la tierra: la señalan. No conocen la espera: la desprecian. Y su engaño no está en la semilla, sino en la prisa que despiertan en quien duda de su propio cultivo.
El campo de la existencia exige paciencia, silencio y discernimiento. No todo lo que brota alto da buen fruto, ni todo lo que tarda es estéril. Hay semillas que crecen lentas porque echan raíces profundas, y otras que germinan rápido porque no piensan quedarse.
La sabiduría no consiste en sembrar más, sino en aprender a proteger lo sembrado. Y quizá la verdadera madurez del alma sea esta: dejar de buscar semillas mágicas y confiar, por fin, en la verdad humilde de la propia tierra.
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