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EL PURIFICADOR

Por Malan · España · Misterio

EL PURIFICADOR
Todo comenzó con el asesinato de un profesor, dos semanas después apareció una enfermera. Luego un taxista, una anciana, un abogado y un vagabundo. No había conexión entre los casos.

El asesino no robaba, no abusaba de de los cuerpos, pero escribía un mensaje en las paredes con la sangre de sus víctimas: "todos son pecadores y deben morir." La policía no tenía ni una sola pista y, los medios, lo bautizaron como "El Purificador".

La última víctima, Daniel Romero, un hombre cualquiera, tenía treinta y ocho años, un trabajo de oficina, una esposa y un hijo de seis años, Marcos.

Vivían en una pequeña casa de dos plantas a las afueras. Su rutina no era gran cosa: el trabajo, recoger a su hijo, las comidas en familia, las películas de los viernes por la noche y los paseo por la playa los domingos. Una vida sencilla.

Cuando las noticias hablaban del Purificador, la esposa cambiaba de canal.

—No quiero que Marcos vea esas cosas, es algo horrible —decía.

Una tarde de noviembre, Daniel compró la pizza favorita de Marcos para celebrar que había aprobado todos sus exámenes y fue a casa. Entró con una sonrisa y la caja con la pizza.

—¡Ya estoy aquí! —exclamó.

Nadie respondió y subió las escaleras. Unos segundo después, gritos desgarradores, rompieron el silencio y varias luces se encendieron en las casas colindantes; los vecinos llamaron a la policía.

Cuando una patrulla llegó, encontró una escena imposible de olvidar: en el dormitorio de Marcos yacían dos cuerpos que habían sido acuchillados brutalmente en la garganta: una madre y un hijo que parecían estar descansando y ni siquiera les dieron opción de defenderse.

En la pared, encima del cabecero, podía leerse claramente un mensaje escrito con sangre:

"Todos son pecadores y deben morir."

Durante los días siguientes, la tragedia ocupó todos los informativos. El Purificador había vuelto y, esta vez, destruyendo a una familia.

Daniel apenas podía mantenerse en pie y lloró durante el funeral, pero pudo hablar con amigos y conocidos aunque nadie veía en él sino a un hombre devastado.

El caso pasó a manos del detective Andrés Salas, quien llevaba meses obsesionado con el asesino. Revisó la casa una y otra vez, estudió informes, fotografías o declaraciones, los resultados de las autopsia. Todo.

Pasaron varios días y, una noche, mientras volvía a leer el expediente del último caso, un detalle llamó su atención:

Se quedó inmóvil observando una página, después cerró lentamente la carpeta y no avisó a ningún compañero ni redactó ningún informe, solo tomó las llaves de su coche y fue hasta la casa de Daniel, quien le abrió la puerta después de escuchar el timbre un par de veces.

—Detective...

—Perdone que venga sin avisar.

—No se preocupe, pase.

Daniel le ofreció café, lo invitó a tomar asiento en la mesa del comedor y hablaron unos minutos del funeral, de la investigación, del tiempo, de varias cosas en general. Hasta que Andrés dejó la taza sobre la mesa y su expresión cambió.

—He descubierto algo —dijo y clavó la vista en el suelo, pensativo. Después se puso en pie y fue hasta el centro de la sala, dando la espalda a Daniel—. Creo que...

—Adelante, por favor. Todo esto me está volviendo loco —dijo Daniel.

—He he estado revisado el caso una última vez, Daniel —Respiró hondo—. Dijiste que habías salido de casa a comprar pizza y que los encontraste, pero en tú versión anterior comentaste que pasaste primero por la pizzería después de salir del trabajo.

—Sí. Bueno, no sé, a veces es todo tan duro que me cuesta centrarme.

—¿A qué hora estuviste en la pizzería, ¿crees que alguien más pudo entrar mientras tú todavía seguías en casa y los asesinó antes de que salieras?

—Pues...

—No sé, hay algo que no cuadra.

Segundos después, unos ojos cambiaron de repente, brillaban. Y una mano elevó un cuchillo y lo hundió en la espalda de Andrés. Otra puñalada, después una tercera, una cuarta. Andrés cayó de rodillas y Daniel se inclinó junto a él para asestar el golpe definitivo por debajo de las costillas.

Días después, la policía encontró el cadáver del detective apoyado en una pared del comedor, en la que se podía leer un mensaje escrito con sangre: "Todos son pecadores y deben morir."

*RELATO ESCRITO DESDE LA IMPROVISACIÓN. ESPERO QUE NO CONTENGA ERRORES O INCONGRUENCIAS Y LES GUSTE. UN SALUDO.

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