Lectura

La puerta que daba al baldío

Por Daniel Eduardo Gutierrez · Argentina · No Ficción

La puerta que daba al baldío
La puerta que daba al baldío

Todas las mañanas me siento junto a la ventana con el propósito de escribir.
No digo que escriba. Digo que me siento con ese propósito, que es bastante distinto.
Pongo el cuaderno sobre la mesa, destapo la lapicera y espero. A veces aparece una frase. Otras veces escucho el motor de una moto, el ladrido de un perro que no conozco o el golpe metálico del portón cuando el viento viene desde el sur. Entonces la mañana se llena de cosas ajenas y las palabras se quedan donde estaban.
Desde mi silla puedo ver la vereda, el árbol y el baldío de enfrente. También veo los barrotes de mi propia ventana. Durante mucho tiempo creí que estaban allí para impedir que alguien entrara. Con los años comprendí que también servían para recordarme que yo estaba adentro.
El portón de la casa ocupa casi toda la vista. Es negro, pesado, con las lanzas de hierro apuntando hacia el cielo. A su lado se conserva una columna vieja, cubierta por una pintura amarillenta que se descascara cerca del suelo. En medio tiene una tapa negra, quizá de un timbre que ya no funciona.
Del otro lado de la calle no queda ninguna casa.
Hace unos años había una construcción baja, de adobe, con techo de caña y una galería que miraba hacia el este. La habitaba una mujer llamada Elvira. Yo apenas sabía su nombre. Nos saludábamos desde lejos. Ella levantaba una mano; yo respondía con la cabeza. Era suficiente.
Elvira vivía sola, aunque por las tardes solían visitarla dos nietos. Los chicos jugaban junto a la acequia, empujaban autitos sobre la tierra y se trepaban a un paraíso que ya no existe. En verano, la mujer sacaba una silla a la vereda y desgranaba arvejas dentro de un fuentón de plástico. En invierno permanecía detrás de la ventana, envuelta en una manta marrón.
Cuando murió, la casa estuvo cerrada algunos meses.
Después llegaron unos hombres con una máquina.
Trabajaron dos días. Al tercero, donde había estado la cocina sólo quedaba un montículo de tierra. Al cuarto desapareció la galería. El paraíso resistió un poco más, hasta que uno de los hombres le rodeó el tronco con una cadena.
Yo observé todo desde esta misma silla.
No escribí una palabra.
El terreno fue vendido a una empresa que prometía construir departamentos. Colocaron un cartel con una imagen brillante: dos edificios blancos, balcones de vidrio, familias jóvenes tomando café bajo una pérgola. Decía: Una nueva forma de vivir.
El cartel duró menos que la casa de Elvira.
Primero se despintaron las letras. Luego una tormenta dobló la estructura. Finalmente alguien se llevó las chapas durante la noche. Los departamentos nunca comenzaron. En cambio, la municipalidad abrió una calle de tierra, plantó algunos árboles y dejó unas columnas verdes que nadie supo explicar.
Así quedó el baldío: demasiado intervenido para parecer campo y demasiado vacío para llamarlo barrio.
Fue en agosto cuando vi por primera vez a la muchacha.
Llegó cerca de las once. Tendría unos treinta años. Llevaba una campera azul y el pelo recogido. Se detuvo frente al terreno, miró hacia ambos lados y cruzó la calle. Pensé que buscaba una dirección.
Se quedó varios minutos junto a uno de los árboles jóvenes. Después se agachó y tocó la tierra.
No hizo nada más.
Volvió el miércoles siguiente, a la misma hora. Esta vez traía una bolsa de supermercado. Sacó una botella con agua y regó el árbol. La tierra la absorbió enseguida. Luego se sentó sobre el cordón y permaneció allí, con las manos entre las rodillas.
Durante varias semanas repetimos una ceremonia silenciosa. Yo me sentaba junto a la ventana. Ella llegaba, regaba el árbol y se marchaba.
No sabía si la muchacha podía verme. El vidrio reflejaba el interior de la casa y los barrotes dividían mi rostro en pequeñas partes. A veces me parecía que miraba hacia aquí, pero quizá sólo observaba el árbol.
Una mañana de septiembre encontré un sobre bajo la puerta.
No tenía estampilla ni nombre. En el interior había una hoja doblada.
"Señor de la ventana", comenzaba.
La muchacha explicaba que se llamaba Lucía. Era una de las nietas de Elvira, la mayor, la que solía jugar junto a la acequia. El árbol había sido plantado en el lugar aproximado donde estaba la habitación de su abuela.
"Creo que usted puede verlo desde su casa", decía. "Quería pedirle que, cuando yo no venga, mire si sigue vivo."
Leí la nota varias veces.
No era una gran responsabilidad. Bastaba con observar unas ramas delgadas a través del portón. Sin embargo, sentí que alguien me había confiado algo más difícil que una planta.
Al día siguiente crucé la calle con una botella de agua.
El terreno estaba cubierto de piedras pequeñas y restos de materiales. Caminé hasta el árbol. Era un fresno joven, sostenido por dos estacas. Algunas hojas empezaban a abrirse.
La tierra alrededor del tronco estaba seca.
Vertí el agua lentamente. Una parte formó un charco; otra se perdió hacia un costado. Mientras esperaba que se absorbiera, traté de calcular dónde habría estado la habitación de Elvira.
Quizá allí.
Quizá un poco más al norte.
Entonces recordé una tarde que creía olvidada.
Había llovido durante horas y la acequia se desbordó. El agua entró en varias casas de la cuadra. Yo estaba solo, intentando levantar los muebles, cuando Elvira apareció en mi puerta con dos baldes y una escoba.
No me preguntó si necesitaba ayuda.
Entró.
Trabajamos hasta que anocheció. Ella empujaba el barro hacia la vereda. Yo llenaba los baldes. En un momento le ofrecí café y respondió que primero había que sacar el agua, porque el café no se iba a escapar.
Nunca le agradecí como correspondía.
Después de la tormenta volvimos a saludarnos desde lejos, ella con la mano y yo con la cabeza. Como si esa tarde no hubiera ocurrido. Como si no hubiésemos compartido el cansancio, el barro y el olor de las paredes mojadas.
Regresé a mi casa y me senté junto a la ventana.
El cuaderno seguía abierto.
Escribí el nombre de Elvira.
Nada más.
Las semanas siguientes regué el fresno los días en que Lucía no aparecía. Nunca nos encontramos. Ella iba los miércoles; yo cruzaba los sábados temprano. Dejábamos la tierra húmeda como una señal.
En noviembre, el árbol ya tenía sombra.
Era una sombra pequeña, apenas una mancha irregular sobre el suelo. Aun así, al mediodía algunos pájaros se posaban en sus ramas. Uno construyó un nido demasiado frágil, hecho con hilos, pasto seco y un pedazo de bolsa.
Una tarde encontré a Lucía frente al portón de mi casa.
-Vengo a agradecerle -dijo.
La invité a pasar, pero prefirió quedarse en la vereda. Miró hacia la ventana desde la cual yo solía observarla.
-Mi abuela decía que usted escribía.
-Su abuela exageraba.
-Decía que siempre estaba sentado con un cuaderno.
-Eso no significa que escribiera.
Lucía sonrió. Después miró el baldío.
-Ella también escribía.
No supe qué contestar.
La muchacha abrió su bolso y sacó un cuaderno de tapas verdes, deformado por la humedad. Me explicó que lo había encontrado dentro de una caja con fotografías, recibos y documentos viejos. La mayoría de las páginas contenía listas de compras, remedios, cuentas de electricidad y fechas de cumpleaños. Pero en algunas había pequeñas historias.
Me entregó el cuaderno.
-Quisiera que las leyera.
-¿Por qué yo?
Lucía se encogió de hombros.
-Porque usted vio la casa.
Abrí el cuaderno al azar.
La letra era grande, inclinada. En la página había tres líneas:
"Hoy el vecino de enfrente peleó contra el agua. No sabe usar una escoba. Tampoco sabe pedir ayuda. Pero cuida las plantas como si fueran gente."
Sentí algo incómodo en el pecho.
Miré mi jardín: las piedras blancas, la lavanda, las hojas carnosas junto a la pared. Durante años había pensado que nadie prestaba atención a esas cosas.
-Puede quedárselo unos días -dijo Lucía.
La vi cruzar la calle. Antes de irse tocó una de las ramas del fresno, con la delicadeza con que se comprueba la frente de un niño.
Esa noche leí todo el cuaderno.
Elvira había escrito sobre los perros del barrio, los cortes de luz, el precio de la carne, el colectivo que pasaba tarde, los nietos que crecían demasiado rápido. Escribía sobre cosas pequeñas sin volverlas extraordinarias. No intentaba salvarlas. Apenas las dejaba allí, sobre el papel, para que no desaparecieran del todo.
En una página hablaba de la futura demolición de su casa.
"Dicen que aquí harán edificios. Tal vez sea mejor. Las casas también se cansan. Lo único que me preocupa es que nadie recuerde dónde estaba la puerta."
Al día siguiente me senté frente a la ventana.
Afuera, el sol atravesaba los barrotes y dibujaba una cuadrícula sobre el piso. El fresno se movía bajo un viento leve. Los cables temblaban entre los postes. El portón proyectaba su sombra sobre la vereda.
Pensé en la puerta de Elvira.
No podía señalar su lugar exacto. Tal vez había estado cerca del árbol, quizá unos metros más allá. Pero comprendí que una puerta no desaparece cuando derriban una pared. A veces cambia de sitio. Queda en la memoria de quien entró sin pedir permiso para ayudar. En una nieta que regresa todos los miércoles. En un cuaderno húmedo. En la mirada de un vecino que, demasiado tarde, aprende a agradecer.
Destapé la lapicera.
Durante un largo rato no ocurrió nada.
Luego escribí:
"Todas las mañanas me siento junto a la ventana con el propósito de escribir."
Esta vez continué.

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Comentarios

Prof. José Núñez

¡Hermoso relato! Realmente hay hilos invisibles que conectan a las personas. Gracias por publicarlo.