Encontrarse en estos tiempos resulta casi un verdadero milagro. Quizá siempre lo haya sido. Solo que en una ciudad con toda esa gente deambulando de un lado para el otro, sin mirarse, movidos como por el capricho de un demiurgo, la posibilidad de encuentro
se reduce a su mínima expresión. Sin embargo cada tanto algo se rebela, entonces se cambian los recorridos prefijados. Y cuando nos alejamos, en realidad nos estamos acercando. No recuerdo bien cuando comenzó este juego de perdernos con la secreta esperanza de volver a encontrarnos. Con la leve sospecha de burlar al demiurgo, simulamos no buscarnos, andamos con un aparente desinterés. Nos perdemos en un laberinto de calles, en esa profusa telaraña de atajos y desvíos, de callejones sin salida y rutas que llevan peligrosamente lejos. Y vos en medio de toda esa gente. Y yo que voy detrás de la estela que deja tu cuerpo, el aroma que flota en el aire en medio de
otros miles de aromas y que sin embargo distingo y sigo como una señal inequívoca. Entonces cruzo calles y avenidas desatendiendo señales y direcciones. Llego a la esquina, doblo, con la certeza de que estarás allí. Que ahí estaremos.
Bernardo Suárez
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