Publicado en Plumagrafito — 28-07-2026 09:45 · 2 min de lectura
Una foto en colores pálidos muestra a tres mujeres de espaldas, cansadas pero altivas, enfundadas en capuchas blancas. La perspectiva se abre delante. A lo lejos, una hilera de policías montados observa. Sus caballos se impacientan. Algunos se encabritan. De fondo, la pirámide corona la Plaza de Mayo. Aquella cuyo nombre hace alusión al mes en que ocurrieron los acontecimientos que marcaron el inicio de la gesta en la que el pueblo argentino se unió para reclamar por la libertad y la constitución de un gobierno propio. Pero este día, el de la foto, en la casa pintada de rosa que se encuentra al final de la escena, otros han usurpado el poder para gobernar a hierro y muerte. Parece una foto tomada con esas cámaras de los setenta. Esas cámaras con las que, lejos de la experiencia instantánea que brinda el teléfono celular, había que esperar pacientemente el revelado. La escena se asemeja a un duelo, un duelo desproporcionado. Todos esos policías montados que en cualquier momento comienzan su carrera alocada para envestir a estas mujeres de a pie, abrazadas, amuchadas. Debe ser la tarde. El sol ilumina desde el oeste las espaldas de las mujeres y hace relucir el pañuelo blanco que cubre sus cabezas. El epígrafe dice: "Cuando algo te dé mucho miedo, mirá esta foto".
En tiempos en que desde algún resquicio reaccionario y mezquino se empecinan en armar zancadillas a la ya difícil tarea de la memoria por transformarse en huella y abrir senda, mientras que para algunos pueden considerarse ya próceres contemporáneas y se las imaginan como busto de entrada en alguna escuela o ilustrando los libros de historia, tal vez sea tiempo de repetir, de repetirnos: "siga a ese pañuelo blanco".
Texto completo en: https://archive.org/details/siga-a-ese-panuelo-blanco
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